País bermejo

Por Igor García

En aquella nación lloviznaba tenuemente, al punto de que sus habitantes no percibían que las tejas de sus casas habían intensificado su color y que los blancos se tornaban pálidos. Tampoco notaban que aspiraban aquel matiz impreso en el aire que se unía a su sangre en los pulmones. Mucho menos se daban cuenta de que todo cambiaba. Los seres no se abrazaban como antes; por el contrario, se rechazaban cuando se topaban en los autobuses, en el metro, en la calle, en los trabajos, en los organismos públicos. Era común calificar al otro de “igualado”, de “niche”, de “alpargatúo” y a no mirarlos siquiera cuando se le acercaban a pedir una limosna, un momento de atención o una sonrisa.

Durante años esa garúa impregnó las paredes, las aceras, las ventanas y los caminos y aquello que se inició como un rocío, ahora caía como lluvia, al punto de que la gente sintió sobre su cuerpo una humedad extraña que inducía a muchos a la violencia y a mantenerse alertas ante un sospechado peligro. Los ciudadanos cuestionaron a Dios y se alejaron de las iglesias; cuestionaron el conocimiento y obviaron los libros, detestaron los méritos que otorgan la experiencia y el trabajo y se refugiaron en edificios  pintados de color bermejo.

Con el tiempo, todo se hizo distinto. En aquel país la paz huyó por sus fronteras. Muchos trataron de guardarla como palabra en sus bocas y se usaron para acumular el dinero que el temor hacía esconder en almacenes y rincones. Las familias se desmembraron. Muchos viajaron al infinito atrapados en la violencia y otros, los más jóvenes, buscaban en los aviones la esperanza que sus padres habían perdido con sus riquezas súbitas del pasado.

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La nación avanzaba por campos mustios. Sus árboles no florecían como antaño; perdieron el colorido y los troncos secos fueron los únicos adornos de los desiertos golpeados por la calina. Como nunca antes, los niños empolvaban sus pies descalzos atravesando caminos, las mujeres clamaban por leche y medicinas para sus pequeños y los ancianos morían por la ausencia de atención.

Aquello que se inició como un rocío imperceptible, había impregnado todo. De los rincones menos esperados surgían los hombres bermejos atizando a hermano contra hermano por la obtención de mendrugos de pan. Las armas sustituyeron al martillo y al arado; los cargos públicos a los títulos y al honor, y los ineficientes tomaron para sí la conducción de la nueva sociedad en decrepitud, a sus tribunales y a sus libertades.

Más allá de los  límites patrios, los seres miraban como la nube roja abrazaba palmo a palmo el territorio. Hablaban y callaban, miraban y se escondían. “Pobrecitos”, decían y luego repudiaban a quienes llegaban a sus predios para realizar los trabajos que una vez fueron de ellos.

Durante años los pobladores de aquellas tierras bermejas vieron crecer las colas para la compra de alimentos y después se abstuvieron de obtenerlos, porque lo ganado en el trabajo no alcanzaba para adquirirlos. A ese país se le vio el costillar, el abdomen hundido y la pálida piel del hambre. Su sangre negra y viscosa se quedó dormida en el subsuelo y la otra, la roja, se esparció en asesinatos por las calles, en los pisos y las  paredes de las salas de torturas.

 

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Pero un día como cualquier otro, con la salida del sol, se escuchó un clamor cayendo desde el cielo. Parecía un aguacero de gritos diciendo “ya no más” “ya no más”, mientras avanzaban hacia los hombres bermejos armados de fusiles. Al principio cayeron algunos en hechos aislados, pero los gritos continuaron y el ruido de los disparos se fue apagando. Los rojos corrieron buscando a los vestidos de verde oliva y éstos rompieron filas al ver a hermanos, madres, hijos, amigos y allegados que avanzaban portando una gran balanza.

Ese día llovió a carretadas, también el otro y el otro y el siguiente. Los árboles volvieron a tener sus verdes naturales, las flores mostraron los matices brillantes, luciendo mucho más que en cualquier tiempo. Continuó el agua limpiando los techos, las aceras y ningún edificio mostró fotos con puños izquierdos amenazantes. Ahora se presentaban dibujos de niños con sus sueños.

La gente se olvidó de sus odios. Todos y cada uno obedecía a la necesidad de trabajar para la comunidad, de ayudar al compañero en la carga, en distribuir y dar comida y de llevar la medicina al enfermo. Las escuelas crecían como verdolaga y con ellas los maestros, llegados de todas partes. Unos enseñaban las ciencias de la siembra para que el alimento no faltara nunca más; otros las ciencias y las matemáticas para lo nuevo; otros, la moral y la ética para que no se dieran más los robos a los tesoros públicos, otros hablaban sobre la dignidad del hombre, sobre la igualdad y la poesía.

Todos ellos, independientemente de su lugar de trabajo, inculcaban el conocimiento y el amor a la libertad. A la verdadera, a la que no tiene intereses ocultos detrás de grupos con banderas de colores o de intereses económicos.

Poco a poco y palmo a palmo, el rojo que semeja sangre se fue en círculos concéntricos hacia el infinito, de la misma manera como una piedra al caer despeja en pequeñas olas el agua que choca.

El recuerdo quedó como una lección para la historia que no debía repetirse

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