Por Jennifer Rolong Ibáñez
Recosté mi cabeza sobre la almohada y miré el techo como si quisiera poder ver a través de él, como si quisiera ver las estrellas. No había apagado la tenue luz de la lámpara en mi mesita de noche tal vez por miedo a perderme totalmente en las tinieblas.
Aún era temprano pero ya sabía que no iba a poder conciliar el sueño. Seguía ahí mirando cómo las telarañas del techo formaban figuras extrañas, ¿serán felices las arañas? Tejen todo el día, ¿no se aburrirán? Una leve sonrisa se dibujó en mi rostro por las estupideces que pensaba.
De repente, la puerta del balcón se abrió con violencia haciendo un estrepitoso ruido que logró asustarme y borrar instantáneamente la sonrisa que habían dibujado las telarañas de mi techo. El sonido hizo que me levantara de la cama de un solo golpe.
Observé detenidamente la puerta, y vi la ventisca que había afuera. Llovía muy fuerte, parecía que nunca acabaría. Me dirigí hacia allá con desgano, pero debía cerrar la puerta. La tormenta estaba empeorando, no podía ver ni el árbol que se asomaba cada mañana.
Tome la puerta para cerrarla cuando con asombro noté que había alguien en el balcón. Una mujer. No podía verle el rostro, miraba hacia el jardín.
-¿Quién eres?, ¿Cómo llegaste ahí?, ¿Qué buscas?, pregunté con un poco de desesperación, pero no recibí respuesta alguna.
Di un paso al frente, las gotas de lluvia empezaron a alcanzarme.
– ¿Hola?, ¿Quién eres?, ¿Qué haces aquí?
Pude sentir que luego de hablarle por segunda vez sonrió. No la vi, tal vez lo imaginé, pero sentía que sonreía. Me acerque un poco más.
–Dime algo mujer, no quiero dispararte (como si de verdad tuviera un arma).
Lentamente giró su cuerpo para quedar de frente a mí. Me puse pálido, no podía respirar, mis manos empezaron a temblar.
–¿Elena?
Una lagrima corrió por mi mejilla.
–Elena, mi Elena.
Ahí estaba ella, de pie ante mí, mirándome mientras sonreía. Sus ojos azules parecían tan perfectos, sus labios tan rojos como siempre, tan bella, tan deslumbrante, tan tú, mi Elena.
Me acerqué y puse mi mano en su mejilla, pude sentirla. Las lágrimas en mis ojos no me impedían seguir apreciando su majestuosa belleza. La abracé y sentí que su cuerpo estaba conmigo.
Te volvía a tener en mis brazos Elena (no podía dejar de repetir su nombre).
-Estás aquí Elena.
Sentí como una dulce y suave voz salía de sus hermosos labios.
-Te amo, dijo.
Antes que pudiera responder sentí como se iba, sentí un vacío entre mis brazos.
–No te vayas Elena, no te vayas.
El llanto superaba ahora la fuerte tormenta, me desplomé en el suelo y grité como un desquiciado, grité como nunca antes lo había hecho.
– ¡Elena!