Por Kindy Met
Hace algunos días volví a encontrarme con él.
Teníamos sin vernos algún tiempo, quizás días, quizás meses, quizás años. Fue un lunes temprano en el andén mientras esperaba el tren para ir al trabajo. Lo vi acercarse con una sonrisa retorcida (así como la del sujeto de la canción de Alejandra Guzmán, bueno así).
—Hola ¿qué tal?, dijo.
Quedé paralizada ante su figura (no precisamente escultural pero para mí él siempre ha sido como un príncipe azul o un caballero con una gran armadura —con el tiempo me di cuenta que era un simple mortal sin color y un rufián envuelto en papel aluminio porque según Megan Maxwell “los príncipes azules también destiñen”—. Sin embargo sé que en el fondo desde hace tiempo yo también soy su princesa—solo pude sonreír, en ese instante, sentí que mis ojos se agrandaban cual soles encendidos y un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral, hasta que de repente me di cuenta que no había contestado a su saludo.
—Hola, respondí muy tímida, con una voz débil que creo no escuchó.
—¿Cómo estás? ¿Y la familia?, preguntó.
[the_ad id=”3726″]
Respondí a estas dos preguntas de manera atropellada, mientras escaneaba en mi mente si estaba bien peinada, si mi aliento no apestaba, si me combinaba la ropa que había elegido para ese día, y a la vez queriendo estar callada solamente mirándolo y ahí todo pasó muy rápido — a penas y alcancé a preguntar también por su familia— aunque para mí había transcurrido todo un siglo.
Al fin llegó el tren. Nos costó un poco entrar porque en las mañanas y por lo general de lunes a viernes son muchas las personas que viajan en este espectacular medio de transporte, que ha llegado a ser tan eficiente ganándose la inquietud, zozobra y desagrado por parte de sus usuarios, pero en fin para nosotros los que vivimos no tan en el centro de la ciudad, es la salida con mayores ventajas, como por ejemplo:
- Económico: porque de lo contrario pagas taxi, mototaxi o tienes tu propio vehículo y obviamente todo esto es más caro que un simple boleto de tren.
- Puedes salir a una hora razonable: eso si no hay retraso; llegarás a tiempo para la jornada laboral o a donde vayas, pero en un 90% de las veces el tren tiene fallas, hay fallas de energía o a algún gracioso se le ocurre caminar por las vías del tren en hora pico. Pero si tomas la opción de viajar en carro debes literalmente madrugar para que no te agarre la descomunal tranca vehicular en la autopista (entiéndase ésta como la única salida para vehículos que tiene el pueblo donde vivo).
- Transporte masivo: es para miles de pasajeros y pasajeras. Y si vamos apachurrados cabemos muchos más y muchas más (“entren que caben cien, cincuenta parados, cincuenta de pie”) hasta hay quienes viajan entre vagón y vagón arriesgándose al máximo, lo cual no sé si lo hacen por ir con mayor comodidad.
- Con aire acondicionado: claro, si el vagón está en óptimas condiciones (de estos, 10 entre 1000).
Bueno, bueno, esa no es la historia que les quiero contar, así que volvamos con Verónica y Ricardo… ah, no les había dicho, mi nombre es Verónica, una chica de porte normal, ni gorda ni flaca, o mejor dicho flaca después de una dieta especial, jajaja, y de estatura promedio, cabellera negra abundante, piel canela, ojos negros, trabajadora, estudiosa, de su hogar, amante de las plantas y de los animales, con todas las cualidades de una Betty la Fea, lo cual no sé si sería un cumplido en estos tiempos.
[the_ad id=”3726″]
Ricardo es un chico unos cuantos centímetros más alto que yo, piel blanca aunque un poquitín tostada por el sol, cabello ondulado castaño oscuro, en ocasiones usa una barba tipo candado, de labios gruesos, ojos cafés, de contextura normal, trabajador, diseñador publicitario, fotógrafo y un tanto bohemio, pero de lo que si pueden estar seguros es de que no es de cuerpo escultural ni musculoso, uno más del montón.
El tren comenzó su habitual recorrido —lento—,durante este tiempo conversamos de muchas cosas como para tratar de ponernos al corriente el uno del otro (estudio, trabajo, gustos, familia,) y él pregunta:
—¿Qué tal el trabajo?
—Bastante bien gracias a Dios. Y a ti ¿cómo te va?
—Bien, bien, volviéndome loco de vez en cuando pero bien.
—Eso es normal, a mí también me pasa de vez en cuando, jajaja.
—Sí pero te aseguro que no con tanta frecuencia, jajaja.
Así conversamos y reímos por un rato.
Al llegar a la siguiente estación, el tren se colmó de tanta gente, al punto tal que quedamos apretados uno al lado de otro, era incómodo. En ese instante ambos nos miramos fijamente como pensando y ¿Qué haremos ahora que estamos tan cerca?, pero disimulamos un poco y continuamos la conversa.
—¿Y tus chicos?
—Bien, los dos de vagos… sin hacer nada… ni estudian, ni producen. Cosa que me enferma. Y no sé qué hacer. Ella dejó la universidad y la llevé a trabajar conmigo y él ahorita está sin estudiar. Pero ya verán que deben hacer algo con sus vidas, porque si no me voy y los dejo solos. Ellos no me quieren.
—Uy, que cruel eres ¿Cómo puedes decir que no te quieren? Dales su tiempo ya entenderán.
—No, no lo permito.
—No seas tan severo, pero ¿Has indagado?, ¿Has conversado con ellos?
—No, porque no me dejan, ya lo he intentado todo y nada funciona con ellos.
—Tranquilo, yo también pasé por algo así, pero con el tiempo como que entendieron, jajaja.
Lo interesante de este viaje es que logré sentarme y él se quedó parado junto a mí, noté en más de una ocasión que dejaba su cabeza gacha para mirarme detenidamente, hasta llegué a creer que lo hacía de una manera tierna; miradas que por supuesto correspondí muy tímidamente con mi cuello doblado mirando hacia arriba, cual avecilla comiendo de su madre solo que con la boca cerrada.
Al llegar a la estación final, salimos del tren perdiéndonos en el mar de gente y pregunto:
— ¿Acuál estación vas?
—Una más y ya ¿Y tú?
—Unas cuantas al este, así que te puedo acompañar.
—Gracias, caballero.
Comenzamos la travesía hasta esa estación en la cual me bajaría y donde había que hacer un trasbordo. Al llegar al andén donde esperaríamos el tren siguiente hizo algo que de tantas veces que nos habíamos encontrado tiempo atrás jamás de los jamases pensé que haría.
Se acercó a mí, subió su mano y muy lentamente abrió su coala buscando algo, era una tarjeta con su número de teléfono y su dirección de correo electrónica, me entregó una equivocada, se dio cuenta luego de que yo la había leído, se sonrojó un poco y buscó otra que si era la correcta, me dijo:
—Guárdala. Escríbeme para guardar tu número y envíame un correo para guardar tu dirección.
—Seguro.
Entramos al tren del cual me bajaría a tan solo una estación, esta vez más cerca que antes, ambos sin decir ni una palabra. Se podía deducir que solo un mínimo roce encendería entre los dos la llama más ardiente de pasión desenfrenada.
Luego de esta alucinante travesía en tren, escuché al operador decir el nombre de la estación en la cual me tocaba bajar. No me quedó otra opción que despertar, abrir los ojos, salir del tren y continuar rumbo a mi trabajo.