Una vez encontré a la mujer de mi vida. Lo sabemos desde el primer momento porque nos sentimos muy felices. Demasiado felices. Presentimos que mientras estemos juntos no moriremos jamás y seremos inmortales. Vamos a su apartamento. Me siento en la sala mientras ella hace café. Desde la cocina me grita que juegue con el doberman y una pelota de goma. “Trátalo con cariño, es como si fuera mi hijo”, me dice. Lanzo la pelota dos veces y él me la trae de vuelta, con mucha gracia. Es un perrazo simpático. Se derrumba de bruces sobre el sofá y parece un chiquillo alegre. La tercera vez regresa corriendo muy rápido, y al saltar vuela sin control sobre el sofá, se estrella contra la persiana de cristales y se precipita en el vacío. Estamos en el piso veintiuno. Bajo, traigo el cadáver de regreso, todo se mancha de sangre, y me voy.
Autor: Pedro Juan Gutiérrez