La tercera

Por Jennifer Rolong Ibañez

Ahí estaba yo, sentado en esa silla con muchos cojines que cubrían gran parte de mi cuerpo; luz cálida, que buscaba transmitir una tranquilidad que yo no era capaz de encontrar; dulces aromas se percibían, leves, suaves, muy agradables; música ambiental con toques orientales queriendo mandarte directamente a la meditación. Cada cosa estaba puesta cuidadosamente para cada uno de los sentidos, cada cosa buscando descubrir que no era un ser inerte, cada aroma, cada sonido, cada juego de luces y objetos, buscando darme la paz que me fue imposible adoptar.

La llegada de seis mujeres interrumpió mis pensamientos (aunque ninguno fue nunca claro, fueron interrumpidos), la voz de una de ellas logró que levantara la mirada.

-Caballero, puede escoger a la que desee.

Vi al resto de ellas presentarse una a una sin decir ni media palabra, daban un paso al frente, inclinaban su rostro ante mi como señal de respeto, retrocedían el mismo paso y se retiraban sin darme la espalda. Quedé con la boca entreabierta, mirando un punto fijo, no podía creer lo que acababa de presenciar, no podía creer que mostraran ante mí un respeto que claramente no merecía.  Nuevamente la voz, de la misma mujer, me sacó de mis pensamientos.

-¿Ha hecho su elección?

-No lo tengo claro, creo que quisiera volver a verlas- dije con una leve sonrisa retorcida que se dibujó en mi rostro.

La mujer me devolvió la sonrisa y fue en busca de las otras cinco.

Volvieron ante mí e hicieron lo que parecía un ritual aprendido, repitiéndolo sin ningún cambio.

-¿Está listo para decidir?

-La tercera

– Buena decisión, en un momento estará con usted.

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Volví a mirar las figuras del piso, esculcando entre ellas las razones que me habían llevado a ese lugar. Coloqué la mano en mi boca como si quisiera evitar que saliera palabra alguna, con la otra juguetee con el poco cabello que me quedaba.

-Puede pasar por acá- exclamó una voz femenina que provenía de una habitación con poca luz

Levanté la mirada pero no tuve ninguna otra reacción.

Repitió de una manera dulce mientras sonreía. – puedes venir acá-.

Me levanté tambaleándome un poco, con paso torpe y dudoso avancé hasta ella. No caminé más de cinco metros, pero fueron eternos. Cerró la puerta, me sonrió falsamente y tuvo un derroche de amabilidad innecesaria.

-Puedes ponerte cómodo, dejar tus cosas en ese rincón.

Coloqué cuidadosamente mi maletín cargado de cosas inútiles en el lugar donde me fue indicado.

-¿Tomarás el masaje? – me preguntó sin ningún tipo de preámbulos ni adornos.

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Miré cada centímetro de la habitación con ganas de encontrar lo desconocido. Una mesa, un sofá, una cama, luces que intentaban dar un toque de misterio, dibujos en las paredes bastante sutiles, nuevos aromas, sombras, un ambiente enrarecido por las personas que imaginé habían ocupado mi lugar antes de mí.

Aflojé el nudo de mi corbata como si me impidiera respirar y toqué torpemente la barba de tres días que había sido incapaz de afeitarme.

– Sí, creo que sí-. Respondí tartamudeando y visiblemente nervioso

– Estás intranquilo. ¿Te pasa algo?

– No, solo creo que necesito el masaje.

Cruzamos un par de palabras, me pidió que me retirara la ropa y me recostara boca abajo en la extraña cama que se encontraba a mi lado. No pasó mucho tiempo cuando empecé a sentir sus manos en mi espalda, frotando suavemente aceites desconocidos, generando una sensación dolorosa pero agradable. Unos segundos después sentí el roce de sus pechos en mi espalda, su cuerpo desnudo tan cerca del mío, sus calientes manos paseando sin freno. Podía escuchar su respiración tranquila, pude escuchar mi corazón latir. – cuando quieras empezamos –  dijo con voz suave, casi un susurro. No pude pronunciar palabra, estaba medianamente paralizado, lleno de ideas, de pensamientos, de miedos. Continúo como si no hubiera mencionado nada, tocó mi cuerpo con más dedicación, hizo comentarios que no escuché, pero fingí hacerlo.

-¿Puedes girarte? – sin responder a su pregunta cumplí su petición, estaba ruborizado, sentía que mi cuerpo emanaba un calor insoportable.

Acercó su rostro al mío, su boca a mi oído – ¿Quieres que empecemos? – esta vez no pude ignora su interrogante. Tímidamente asentí sin emitir sonido. Inmediatamente cambió la manera de tocarme, llevó su boca a mi cuello, lo acarició con sus labios. Siguió explorando por mi cuerpo de maneras indescriptibles, poco a poco fue liberando mis instintos más básicos.

Ahí estuve, creando un lazo efímero, conectándome a alguien que no volvería a ver, uniendo mi alma a un ser desconocido.

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