Puros relatos

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Es raro ver torneos internacionales con tanto nivel. El drama aparece cada día: las historias de los jugadores, de los técnicos, de los árbitros, de los equipos, de los hinchas, de las mascotas.

Por Lizandro Samuel 

Cuando Corea del Sur marcó el descuento ante México, las alarmas se encendieron. No era lo mismo un 2-0 que con un 2-1. Pronto, los latinos mostraron la ansiedad con la que se vive en su continente. A falta de cinco minutos para el final, en un partido que habían dominado desde el principio, buscaron con fanática insistencia a Javier Hernández, acaso para que honrara el apodo con el que los escépticos se burlan de él –o, más bien, de la tendencia a exagerar virtudes de la prensa amarillista mexicana– y más que nunca se convirtiera en un Chicha Dios que pisa la pelota como quien congela el planeta bajo su suela.

Pero hacer eso tres veces seguidas no tenía sentido: México se había impuesto con otros caminos y pervertir un partido tan limpio –en el que Corea solo logró marcar por el ingenio de un Heung-Min Son que buscaba pasar a octavos para eludir el servicio militar– era como entregar al rival la llave para salir de la cárcel. Entonces, el DT, Juan Carlos Osorio, pegó un grito desde el banco y todo fue calma.

Los jugadores se acordaron que de momento no son victimas sino victimarios y escondieron la pelota para la ansiedad de un rival condenado a muerte. El momento más ilustrativo fue con un Héctor Herrera, que está cuajando un gran Mundial, recibió un balón con el apuro de sus compañeros para que enviase un pase profundo o se siguiese asociando por la banda derecha. Él hizo un amague con el que hundió un cuchillo en la garganta coreana y pasó la pelota hacia la banda izquierda: hacia el jugador que se encontraba más libre. México rotó la pelota sin dramas y selló una victoria esculpida con el sudor de tres años.

Juan Carlos Osorio murmuró una oración y aplaudió satisfecho: con más tranquilidad que la que mostraban los fanáticos mexicanos que se tropezaron con un orgullo que creían machacado por el pesimismo. La verdad es que el Tri la está pasando bien en Rusia 2018 y mucha de la responsabilidad la tiene el entrenador colombiano, acaso el seleccionador más vilipendiado de la década.

Juan Villoro escribió una vez que ocupar el puesto de seleccionador nacional era la condena mejor paga de México. La prensa amarillista, esa que se impone con fuerza bruta en el país, más que palo disparó con metralletas al cuerpo estoico del buda Osorio. Él se dispuso a responder en la cancha. Y los hinchas mexicanos hacía tiempo que no vivían tan contentos.

Aunque casi toda la prensa, dirigentes y fanáticos de esa nación adicta al picante hagan de todo para quemar las posibilidades de su combinado de encontrar el éxito, Osorio combate la idiotez con ideas y se erige como el sabio de una tierra de hoscos.

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Foto Kienyke

Solo un rato después, Alemania se jugó la vida ante Suecia. Para los más despiertos, que el gigante buscara oxigeno ante el mediano no era una sorpresa. Desde antes del Mundial se viene hablando de los problemas de los actuales campeones del mundo en las transiciones defensivas y del bajo momento de forma de sus centrales.

Una situación que Boateng trató de revertir de la manera en que le enseñó su ex entrenador Pep Guardiola, agarrando el balón como el guerrero que alza la lanza y pasa a dirigir los ataques. Alemania se organizaba en torno a la figura del central, aunque frente a este viviese un tricampeón de Champions llamado Toni Kroos. Toni –que desdeña de las canilleras en su forma más ortodoxa, quizá porque considera que la precisión de un cirujano puede alterarse por el grosor de la camisa que use– se empeñó en demostrarle al mundo que no es un robot fabricado por ingenieros alemanes para dar clases a nivel mundial de cómo pasar el balón.

El gol sueco llegó tras un mal pase suyo y todos nos llevamos las manos a la cabeza: ¡es humano!, gritamos. Quien falló es un tipo acostumbrado a ver como una decepción tener un porcentaje de efectividad del 90%. Para el alumno que siempre saca 20, sacar 18 es un trauma. Pero es que su partido era espeso y Boateng se empeñaba en recordar a Beckenbauer en un guiño a la globalización: jamás se pensó que uno de los más importante futbolistas germanos de la actualidad tendría ascendencia africana.

La realidad, no obstante, se impuso con la violencia a la que nos está acostumbrando en el Mundial y le sacó tarjeta roja al defensor central que cometió tantos errores sin pelota como aciertos con esta en sus pies. Algunos fastidiosos más adelante lo criticarían, no por sus condenables errores, sino por su osadía en ataque. ¿Por qué será que la industria periodística encuentra tanta pasión en injuriar a los bienintencionados e invierte tan poca energía en cuestionar a los tiranos? Con diez sobre el césped, los actuales campeones del mundo veían complicado su futuro con el 1-1 en el marcador y con tantos suecos dentro de su propia área. Alemania, no obstante, ni se desesperó ni tembló.

Todos quisimos ser alemanes en ese momento: unos tipos tan convencidos de sus posibilidades que aunque saben que el fracaso no es imposible, entienden que el temple los acerca al éxito. Y el temple se fragua desde el trabajo diario y la convicción en las ideas y recursos propios. Solo así se explica que Toni se tuviera tanta fe en el último minuto del partido para cobrar un tiro libre cerca del área pero desde un ángulo improbable.

Llevo casi toda mi vida viendo por televisión cómo señores vestidos de corto se empeñan en cobrar una falta hacia un compañero que, colocado a unos pocos centímetros, pisa la pelota para que el cobrador original le pegue desde un mejor ángulo. El 90% de las veces esa jugada acaba con la pelota en la fila 44 del estadio o estrellada frente a la barrera. Una vez pregunté a un futbolista por qué se empeñaban en hacerla. “Porque en la PlayStation sale”, me respondió. Toni hizo lo que tantos han hecho, pero en desventaja: con diez suecos dentro de su área más el portero. Yo vi la pelota moverse y recordé el tiro con chanfle de Súper Campeones. Toni cambió su nombre por el de Oliver Atom, hizo que la pelota lograra el único recorrido posible hacia la red, nos enseñó que todos nos podemos equivocar pero que los verdaderos grandes son los que saben cómo resarcirse, y puso a los germanos a gritar: “Kroooooooooooooool”.

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Foto El Tiempo

Con equiparable emoción, al día siguiente los colombianos saltaron a la cancha ante una Polonia tan entretenida como chupar un clavo, pero que pretendía sorprender a los caribeños con la aspereza de un invierno varsoviano. Aunque al principio se atragantaron, Quintero agarró la pelota y dirigió un conjunto de vallenato que tuvo sentido cuando este se asociaba a James y a Cuadrado.

No faltó quién cuestionase el parado inicial que hizo Pekerman, y es que por estos días cuestionar a los técnicos argentinos no parece difícil: son los que más presencia tienen en el Mundial y los que hasta ahora peor resultados han sacado, pero pronto los caribeños combatieron el sinsabor del hielo con buenas dosis de música y café. Incluso, soltaron a un Tigre llamado Falcao para que gritara su primer gol de la Copa con el desahogo de quien se perdió el que debió ser su Mundial, en el 2014, solo para llegar a este como capitán y líder absoluto.

Esta vez los colombianos no se vieron sorprendidos por sus propios errores y cuajaron un partido tremendo. La alegría desbordó las tribunas y yo sonreí con satisfacción desde mi casa. El Mundial no es que esté divertido, es que está buenísimo: se juega muy bien y abunda en emoción y paridad. Es raro ver torneos internacionales con tanto nivel. El drama aparece cada día: las historias de los jugadores, de los técnicos, de los árbitros, de los equipos, de los hinchas, de las mascotas… todo se mezcla con la pasión y pareciera explicar la vida desde un rectángulo verde. La mejor de las aulas de clase.

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