Por Laura Peña Betancourt
Sus ojos son ventanas que muestran el desorden de mi pequeño aposento donde cada tarde cavilo mientras tomo café. En la oscuridad de mi pequeño espacio, en el sonido repetitivo de las mismas canciones, la colección de muñecas de porcelana parece moverse en el pesado escritorio junto a mis libros, cuadernos y bolígrafos.
Las muñecas caminan sobre las cartas jamás entregadas (quedan huellas de lagrimas secas en la superficie de las hojas amarillas). Ellas envidian mi carne y mis huesos; me obligan a hablarles de mi día, me reclaman las ironías. Acarician mi maraña de cabellos castaños y mis labios con residuos de pintura labial. Clavan sus ojos en mis uñas con bisos de esmalte fresco y, pacientemente, escuchan mi historia, mi repetida historia.
Inertes y danzantes al mismo tiempo, hacen que me vierta en la porcelana de sus rostros opacos, en los perfectos vestiditos antiguos, en los pequeños sombreros que cubren sus cabezas y, entonces, me cuentan sus historias y las vivo como mías, para llorar por ellas, para derramar las lágrimas que no tienen, para enamorarme como ellas lo desean, para reír de las locuras y criticar las pestilencias de la humanidad.
Y entonces salgo a la calle como una mujer cualquiera, como una “mujer humana”, sin parecerme a una muñeca, sin preocuparme de mi peinado, de mis ropas, de mi imagen. Salgo libre para vivir como una muñeca jamás podrá vivir.