Por Alex Black
Una tarde de invierno de esas que no tienen nada de especial, una tarde común que trajo consigo la monotonía de todas las tardes; una de esas tardes donde el sol se niega a trabajar, donde sólo puedes mantenerte en pie por costumbre o por ocio, incluso por masoquismo, yo estaba en una banca de un parque cualquiera leyendo un libro de hojas amarillas, apolilladas y letras borrosas.
De repente sentí, a través de mi grueso abrigo, una mano que tocó mi hombro y se apartó sin darme oportunidad de girar la cabeza. Busqué entre el viento helado y la vi, ahí estaba, una hermosa silueta, un perfecto camino entre su espalda y sus piernas, un cabello largo y un poco alborotado, libre de moverse a donde se le antojara. Su blanca piel sólo podía compararse con el lienzo muriendo de deseo por la mano del artista; piernas no tan largas, pero con la gracia y la armonía que se merecían.
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Sólo transcurrió un segundo cuando, con coquetería innegable, volteó ligeramente hacia mi para que sus ojos se encontrarán con los míos; esos ojos, esos ojos que no puedo describir; color incierto, pero belleza inmensa, profundidad semejante al mar, a un mar donde sólo deseas naufragar, perderte y no volver jamás, donde quieres vivir una eternidad, o dos, o tal vez tres.
Sonrió sin pronunciar palabra, sólo dejó que su mirada hablara mientras la mía se había perdido en ella. Obedecí y de inmediato me puse en pie y la seguí hasta donde quiso, hasta que le provocó detenerse, hasta que volvió a mirarme.
Yo sólo estaba ahí, frente a su encanto, a su perfección, a su sonrisa, a sus ojos; casi sin aliento, inmóvil por tanta belleza, sólo podía mirarla. Tomó mi mano y la desnudó uniéndola a la suya. Seguía sin pronunciar palabra alguna, sólo dejaba ver esa hermosa sonrisa.
Me acerqué lentamente a su cuerpo, uniendo nuestros labios, dejando escapar mi alma hacia su cuerpo, dejando su huella en mi, llegando a un maravilloso éxtasis, enloqueciendo lentamente o tal vez más rápido de lo que creí. De pronto una brisa helada, de esas que te congelan los huesos, me separó de ella y abrí mis ojos.
Y ahí estaba yo, en la misma banca, con el viejo libro, con la sensación de sus labios en los míos, su mano en la mía, y sus ojos en mi. Ahí estaba yo, y ella había vuelto a donde siempre ha pertenecido, ella volvió a mis sueños.