Tómame una foto

Por Julio César Blanco

—Anda, tómame una foto —me decía.

Y volteaba el rostro posando como si no existiese una cámara. Yo tomaba la foto con complicidad y no sabía que hacer. Ella cambiaba de pose, sugestionada por un sonido que imitaba al obturador, pero yo no era un fotógrafo, era un adolescente que no sabía decir que no.

Nunca tuve claro en que edad se pasaba de ser un adolescente a un adulto. En aquel entonces me sentía algo solo, y buscaba reducir el espacio de mi soledad complaciendo el ego de una chica. Ella insistía en ser descendiente de gitanos, practicaba modelaje y tenía siempre una sonrisa pícara. La misma que me hacía a gravitar cerca de ella, no como Mercurio, más bien como Júpiter. Las miradas eran múltiples cámaras enfocadas solo en ella, y ella no despreciaba la atención. Ella posaba la sonrisa, se reía con estruendo y traspasaba ese pequeño espacio privado que cada uno marca con un toque o roce de su mano.

Yo la había invitado a salir. Ven a conocer a mis amigos, le dije, para presentar a la chica que me estaba interesando. Y al término de la reunión, ninguno de mis amigos y yo supimos si flirteaba con uno o con todos. Me causaba una extraña curiosidad su vaivén. Yo la oía hablar por horas sobre sus problemas en casa, después me abrazaba y me sentía confundido.

¿Será que le gusto? Me preguntaba. Mi autoestima no era muy buena; los miedos y la poca experiencia me pasaban factura. No sabía discernir si yo era un capricho de ella o quien más le prestaba atención, pero en medio de la duda me dispuse a experimentar algo que no había hecho antes: robar un beso.

Una noche al acompañarla a la parada de autobús la quise tomar de la mano para buscar una señal, como quien quiere confirmar la reciprocidad del sentimiento, pero de inmediato se deshizo de ella, y yo decidido en mi empresa me lo desmentí. Lo intenté un par de veces más, sin comprender el idioma en que me hablaba, mientras ella se reía del chiste de un amigo.

Al ir llegando a la parada, mis amigos en evidente complicidad se quedaron a un lado (distantes para que me pudiese despedir de ella). Era el ahora o nunca. Me preguntaba cuándo hacerlo. Me abalancé después de un abrazo. Con claridad y lentitud me veía llegar, pero ella adivinó a tiempo, entonces volteó la mejilla, esquivando el intento. Yo volví a dudar de su “No” y lo intenté dos veces más con el mismo resultado.  Hubo una despedida incómoda.

No sabía que decir o hacer después de aquello. Dos días después me llegó un mensaje suyo:

¿Me puedes acompañar al parque? Necesito tomarme unas fotos.

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