Un corazón que no funciona

Por Jennifer Rolong  Ibáñez

Hace algún tiempo, revisando en lugares ocultos de mí mente, encontré muchas cosas olvidadas, recuerdos perdidos y, no voy a negarlo, mucha basura. Entre tantas cosas había un papel amarillento, una hoja arrancada de una libreta cualquiera con pequeños cuadros que querían desaparecer, letra aún legible, tinta negra que parecía se negaba a pasar a la historia. Su aspecto gastado llamó mucho mi atención y tuve ese inexplicable impulso por saber que decía.

Después de sacudirla ligeramente me dispuse a leer las siguientes líneas:

“He pasado mi vida sonriendo, haciendo lo que pensé era bueno; complaciendo a los que quería, caminé al ritmo de los demás, hablé cuando se me pedía, oculté los sentimientos incómodos, callé lo que los demás no querían escuchar, elegí hacer lo que era socialmente correcto; decidí ser buena hija, buena amiga, buena estudiante; aprendí a no cuestionar, a no opinar, a no meterme donde no me habían llamado. Estudié lo que otros querían que estudiara. Hablaba de manera correcta, andaba de manera correcta. Podría decirse que hasta soñaba como los demás querían que soñara.

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Un día me atreví a ser diferente, a hacer lo que yo quería, a sonreír cuando me naciera, a decir lo que pensaba, a amar a quien yo decidía, a ser esa persona que había ocultado por mucho tiempo.  No me fue mejor de esta manera.

Dicen que los seres humanos tienen dones, dones divinos al parecer, que cada quien nació para algo en la vida, que la vida se encarga de poner las cosas en su lugar. Yo por mi parte aprendí que me fue concedido el don de errar, de nunca acertar, de hacer infeliz a quien me rodea, de lastimar. Aun creyendo que hacía bien, estaba todo mal. Cada paso ha sido en falso, cada decisión fue mal tomada. Confié en quienes no debí, amé de la manera equivocada. He sido mala persona. Lastimé por error, o tal vez por placer, ya no lo sé.

Ha sido difícil lastimar a quienes quise, ha sido difícil saber que para ellos no tuve ni tendré sentimiento alguno.

 

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El tiempo me ha mostrado lo inútil que he sido, lo vacía que estoy. Nunca fui buena para nada. Un ser sin alma, o con un alma podrida, un cuerpo desagradable, una voz chillona, una mirada insignificante, un corazón que no funciona, un ente sin importancia, un simple cero a la izquierda.

El tiempo me mostró que no pertenezco ni perteneceré a ningún lugar, que no he sabido querer, que nunca supe actuar de manera correcta, ni mucho menos a expresarme como debía.

Hoy decidí escribir estas cortas líneas con la esperanza de que a alguien le importe en algún momento. Una vez más con las mismas falsas esperanzas, las falsas ilusiones que he tenido a lo largo de mi vida. Finalmente tomaré la decisión correcta.

Probablemente estoy sonriendo en este momento, creo que hoy, finalmente, podré ser feliz.

Ha llegado el momento de separar el alma y el cuerpo”.

 

 

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