Por Julio Blanco Mendoza
Es un día como cualquier otro, sólo que esta vez nuestro personaje está deprimido y cansado de la vida, del trabajo o quizás de luchar contra el mismo. Ya está bastante anciano, tiene su pelo blanco o lo que queda de pelo- la edad no transcurre en vano-, el rostro de cansancio contra todas esas arrugas. Se lamentará el mismo de las cosas que pudo hacer y no las culminó.
Sus ojos ya están grises, casi no tiene memoria. Rápido olvida pero piensa que es uno de los pocos viejos maniáticos que todavía existen. Su mayor orgullo es no haber llegado solo a lo que él cree el final de su vida.
En este mismo instante observa a su lado y ve a la persona que para él es lo mejor y más grande que le ha ocurrido en la vida: ella, de mirada muy suave, bastante anciana pero se ve conservada y se diría que mucho más joven que él, cuando sólo es menor unos pocos años.
Observa y piensa que se le va lo único importante en su vida, aquella persona que está en la cama, que la mira con rostro encantado, su esposo, con quien ha compartido cuarenta y tantos años de su vida. Ella sufre pero ya se siente resignada, lo ve y con sonrisa tenue le aprieta suavemente la mano.
Hace seis meses un ataque cardíaco fue el protagonista, ella, la anciana no pudo sobrevivir, yace en un féretro.