Dicen que todas las tardes, terminada la escuela, los dos hermanos regresaban a casa pasando frente a una antigua librería del pueblo. Y que allí se detenían mirando en éxtasis el sol rebotar como un fuego divino contra el lomo dorado de los libros. Cuentan que ya de adultos uno de ellos se hizo escritor; y el otro, incendiario.
Autor : Daniel Díaz Mantilla