Por Eva Blanco Rangel
Era el día de nuestra primera cita. Teníamos planeado un café, galletas y una fascinante charla. Pero en mi desgracia no encontré café en mi cocina, ni para un sorbo.
-¡Vaya suerte!- Comenzó a llover. Llegué temprano y lo esperé debajo de un quiosco acogedor. Me entretuve con mi libro, una novela muy interesante y cómica, pero de repente, me levanté y miré hacia la parada de autobús. Allí lo vi, no pude evitar sonreír como una idiota. Disimulé un poco como si no hubiese notado su presencia, volteé hacia allá de nuevo y… nada.
¡No estaba! . Me pregunté si sólo eran ilusiones mías, si me estaba volviendo loca por sólo un muchachito más, pero no, él era diferente. Enloquecía de vez en cuando… ¿Y si me estaba enamorando lo suficiente como para verlo en todos lados? ¿Y si no era él y lo confundí?
No, era él.
Volví a voltear a la parada de autobús y estaba ahí, caminando hacia mí. Se había escabullido para sorprenderme y realmente lo logró. Llegó sonriendo y lo primero que hizo fue darme un abrazo tan cálido como el anterior. Luego de allí caminamos un rato hasta el lugar donde comenzó todo, donde compartimos esa química que teníamos con una charla encantadora y miradas compartidas. Fue un día maravilloso.
Simplemente el comienzo, un día lluvioso del mes de abril.