Por eso, mi pasión, antes que la del fútbol, es en realidad la del conocimiento y la vida. Y en ambas, pocas cosas como un balón resultan tan esclarecedoras
Por Lizandro Samuel
El fútbol es aburrido. Yo sé, yo sé: no se alebresten. Respiren, por favor. Entiendo que es un contrasentido que quien vive del fútbol y escribirá sobre Rusia 2018 haga tal afirmación. Pero déjenme ser preciso: no es aburrido, me aburre. Al menos, en su sentido más comercial, cuando hablamos de esa industria que mueve cientos de miles de millones de dólares cada día y que llega a la gente a través de la pervertida maquinaria del periodismo más sensacionalista.
Después de diez años, cualquier espectador regular comprende que siempre habrá un nuevo crack, cada tanto se romperá el récord de fichajes, que el equipo que hoy domina mañana será dominado y luego volverá a dominar. Así hasta el infinito. Es un círculo de hechos en el que los rostros van variando y no tanto las situaciones, a las que cada vez uno les da menos importancia: si el Mundial lo gana España, Alemania o Brasil, en el fondo, nuestra vida no se verá muy alterada. No, al menos, la de la mayoría de nosotros.
¿Qué hago, entonces, contando no los días sino los segundos para que suene el pitazo inicial de Rusia 2018?
A estas alturas solo hay dos cosas que me interesan. La primera, el juego de fútbol: las complejidades que ocurren dentro de una cancha. Me importa más eso que el marcador. El cómo por encima del qué. Quizá porque tengo debilidad por el conocimiento, quizá porque me encanta comprender la construcción de los procesos en la vida.
Y la segunda cosa que me interesa es, acaso, la más importante: el fútbol como medio de expresión social. Las historias, los grandes relatos y dramas de la vida escenificados por esa suerte de héroes griegos contemporáneos que son los jugadores. Cada relato, cada anécdota, habla del pueblo que la origina, muestra rasgos culturales y me enseña a vivir.
Por eso, mi pasión, antes que la del fútbol, es en realidad la del conocimiento y la vida. Y en ambas, pocas cosas como un balón resultan tan esclarecedoras. No en balde, Eduardo Sacheri escribió: “Hay quienes sostienen que el fútbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales; desconozco cuánto sabe esa gente de la vida, pero de algo estoy seguro: no saben nada de fútbol”.
Nos leemos en el Mundial.