El VAR atenta contra el bar

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El fútbol ha sido considerado durante años un deporte de pillos. Uno de los pocos contextos donde engañar a la autoridad es bien visto

Por Lizandro Samuel

Podía haber sido un bar, pero en realidad era una pastelería. Todos estábamos expectantes viendo el penal que se había pitado a favor de Senegal pero que ahora era revisado por el ya famoso VAR. “Es que no fue nada”, dijo un moreno flaco. “Nah, eso no es penal: lo van a anular”, insistió otro, que engullía una trufa de chocolate. El árbitro los escuchó: rectificó la decisión y Colombia se salvó de lo que muy probablemente hubiese significado un gol senegalés. Al final, los cafeteros ganaron el partido, 0-1.

La columna tecnológica: Fútbol y ciencia es un cuento de Roberto Fontanarrosa, en el que el rosarino relata cómo en un partido se estrena una nueva forma de arbitraje: desde una torre, equipada con más de treinta pantallas con tomas distintas, un juez controla el devenir del cotejo. La idea, dice el narrador, es que con esto acaben las largas polémicas y sesiones de reclamo dentro de las canchas: cuando un afectado insista en que el árbitro y la tecnología se equivocan, las dos pantallas gigantes de dentro del estadio reproducirán la acción al detalle para acabar con las dudas.

No solo no hubo debates en la pastelería, sino que tampoco los hubo sobre la cancha. El fútbol ha sido considerado durante años un deporte de pillos. Uno de los pocos contextos donde engañar a la autoridad es bien visto. Los suizos que pagan sus impuestos a tiempo fingen que recibieron una patada dentro del área rival para conseguir un penal, y sus compañeros les festejan la mentira. El fútbol no inventó la artimaña, solo la normalizó: acaba con la hipocresía que reina en tantas sociedades, partiendo de aquél viejo dicho de la prestidigitación: la mano –la caída, el pie– es más rápida que el ojo.

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Foto El Comercio

Pero cuando el árbitro –un tipo estudiado, preparado, que se sabe las reglas mejor que cualquiera de nosotros– ve en una pantalla, desde diferentes ángulos y en cámara lenta, lo que sucedió se pierde todo el derecho a reclamar, se diluye cualquier engaño: lo que el colegiado decide es y no se diga más.

Son tantos los periodistas, entrenadores, futbolistas y hasta directivos que han construido su carrera alrededor de la polémica. Tantos los que tapan sus incapacidades con horas y horas de despotricar contra decisiones arbitrales. Tantos los goleadores que se benefician de penales inexistentes. Ahora todos los que vivimos del fútbol estamos obligados a mejorar: ya no se le puede echar la culpa al otro. O no, al menos, al error humano del árbitro.

Resulta sospechoso que la FIFA haya puesto tantos peros para ayudar a los vilipendiados jueces. El espray se tardó en universalizarse: esa espuma que ahora se rocía para marcar desde dónde se debe cobrar una falta y dónde se debe ubicar la barrera. Recuerdo tantos partidos, pero tantos partidos, en los que el cobrador ponía la pelota donde le daba la gana y la barrera irremediablemente se adelantaba. A mí, de chico, me enseñaron mis entrenadores a dar pasitos hacia adelante cuando formase la barrera. Hoy día eso es imposible: todos se dan cuenta si borras la espuma rociada sobre el piso.

Luego fue el Goal-line technology, ese chip que avisa al reloj del árbitro si la pelota traspasó la línea de gol. Y así, de repente, los bares se quedaron sin la posibilidad de debatir si un gol fue o no. Los programas de TV, resignados, tuvieron que empezar a buscar contenido verdadero para rellenar sus dos horas al aire. Se acabaron los goles fantasmas y con ellos una rara forma de injusticia. En el Colombia vs Japón, el portero nipón detuvo el disparo de Quintero dentro del arco, sacó el balón y luego dijo que no, que no había sido gol. Todos lo vimos con desdén: hoy día no hay forma de engañar a los colegiados con esas cosas. Los vivos o se hacen más sofisticados o tendrán que dedicarse a una ardua labor: ser mejores futbolistas.

El VAR, espero, llegó para quedarse. Es raro pensar en los hubiese. A Alemania la dejó fuera del Mundial una decisión corroborada por el video, mientras que una situación similar metió a España en octavos. Y el destino de portugueses e iraníes cambió hasta tres veces en 90 minutos: las tres veces que el colegiado decidió recurrir al VAR.

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Es obvio lo que pocos se atreven a decir: si un comité de árbitros revisase al detalle todos los partidos de la historia del fútbol, es probable que el 70% de los campeones serían distintos.

Pero pasado pisado. Hay que poner el reloj en cero y hacer una marca en la línea de tiempo. Hasta ahora, la historia del fútbol se dividía en dos eras: Antes de la regla del offside y Después del offside. Habrá que agregar una nueva: Después del VAR.

Quizá llegó el momento de civilizarnos: de que el fútbol deje de ser el deporte de los bárbaros y empiece enseñorearse como el rugby, un juego en el que árbitros y jugadores llevan micrófonos para que todos –por TV– escuchen lo que dicen. Si eso no es transparencia, díganme qué es.

Los bares se calmarán, los “periodistas” tendrán que volver a hablar del peinado de los jugadores y los reclamos bajarán su intensidad. También, supongo, será cada vez más difícil recurrir al amaño de partidos. Quizá no en lo concerniente a jugadores y entrenadores, pero sin duda sí en lo que respecta a los árbitros: ya no existirá la excusa de “es que no lo vi”. A veces me pongo mal pensado y sospecho que por eso hay directivos que se oponen con tanta fuerza al VAR. Luego recuerdo cómo termina el cuento de Fontanarrosa: un par de misiles destruyen la torre y con ella al árbitro que estaba dentro. Todos intuyen que el acto terrorista es obra de un equipo “perjudicado” por la justicia del video. “Ellos también han progresado mucho”, dice, entonces, el propulsor del novedoso sistema.

Releo el cuento y siento escalofrío: temo que ellos también hayan progresado mucho.

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