El alma no basta para ganar partidos

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La cara larga de Lio es la de un hombre que se llevó al máximo, que rompió sus límites y que al parecer sigue teniendo expectativas más altas que todos los imposibles que ha logrado y que logra día a día

Por Lizandro Samuel

Nada empezó bien en este último ciclo. Pero nunca antes hubo tanta esperanza. No solo porque se crea que querer es poder, sino porque se asumió que el destino no podía ser tan malévolo: con tres finales consecutivas perdidas, en algún momento debía llegar el premio, ¿no? El entorno se malacostumbró a buscar culpas a fuera y a creer que la victoria depende de algún poder divino. Si hubiesen mirado para adentro, se habrían dado cuenta de que son niños mancos que quieren agarrar estrellas.

Los jugadores, tipos que han madurado en la derrota, sí estaban muy claros de lo empinado del camino que lleva a la gloria. Empinado por no decir imposible. Pero ellos también creían: muchos están acostumbrados a vencer a la lógica. Además, en su plantilla estaba la leyenda más grande de este juego. Lionel Andrés Messi es un genio que cayó en el campo más fértil para que su talento germinara y que ha construido su historia alrededor de otros genios.

Todo para que el motor que hace latir a su corazón se encontrara a miles de kilómetros de distancia, en su Argentina natal: ese país que tanto extraña, que tanto ama y que tantas veces lo ha obligado a poner los pies sobre la tierra. Leyenda y mito se enfrentan en una nación que, como atinó a escribir Leila Guerriero, en unas cuantas décadas podría olvidar que fue grande. Porque, en fútbol, ya no lo es. Ni aunque lo repita hasta el cansancio el mito más soberbio de su historia, ese gordo de mirada loca que se sienta en cada palco a rememorar el éxito de su vida y su fracaso personal: Diego Armando Maradona vivió años tan alucinantes como futbolista, que todo lo que ha venido después es un patético epílogo que bien podría titularse El curioso caso del hombre que destruye con la boca lo que logró con los pies.

Los que peor fracasan en la vida son los que jamás pueden despegar su memoria de un triunfo. Pero Messi, la leyenda que el pueblo confronta contra el mito, bien podría decir que al menos otros quedaron obsesiones por una victoria mientras que su historia en Mundiales parece marcada por varias derrotas. La cara larga de Lio es la de un hombre que se llevó al máximo, que rompió sus límites y que al parecer sigue teniendo expectativas más altas que todos los imposibles que ha logrado y que logra día a día.

Es que hay que ser sincero: ese anodino humano casi autista, que hace de la vida fuera de la cancha un lugar para tomar siestas y jugar PlayStation, es tan matemáticamente perfecto cuando se calza los tacos que ni un comité dirigido por Guardiola, Cruyff, Galeano, Fontanarrosa y Camus lo hubiese diseñado tan –en apariencia– invencible. En apariencia. Pues aunque con la Albiceleste tampoco lo puedan frenar, sí pueden detener a sus compañeros. La vida ha querido que Messi sea pura literatura y que se siga hablando de lo que pudo haber sido durante épocas. Pues, si se revisa con ojo clínico y estudiado toda la historia del fútbol, si se analiza con las distinciones adecuadas, si se pondera solo lo que sucede dentro de la cancha y se limpia la visión de esa película de mitos y fantasmas, solo un necio podría decir que Lionel Andrés Messi no es el genio más grande que ha visto el fútbol: el mejor jugador de la historia.

Pero como este juego-deporte coquetea con el arte, a efectos sociales lo que más importa es cómo la narrativa nos hace sentir, cómo la percibimos. Y es ahí donde la figura de Messi vive en una pelea a la que podría estar condenado: la realidad de la leyenda versus la fantasía del mito. A Maradona le bastaron un mes, mucho carisma y cuatro o cinco temporadas buenas para que un pueblo construyera una religión alrededor de su opulencia.

A Messi ni 12 años dominando el fútbol mundial, coincidiendo con varios de los mejores jugadores de la historia de sus países, siendo la punta de lanza del mejor equipo de la historia y haciendo sus exhibiciones en el torneo de más nivel del mundo –que es la Champions, no el Mundial– le basta para encontrar la totalidad del afecto del pueblo que ama. Así es la vida: un territorio de historias incompletas. Francia dominó a una Argentina que ya debería entender que el alma no basta para ganar partidos. Yo vi el juego en una pastelería. Un cocinero gordo de dientes torcidos alabó la preparación de los galos y la coordinación que mostraban sobre la cancha.

Él no ha hecho cursos de entrenadores, ni vive de estudiar el fútbol, pero lo obvio es obvio para casi todos. Al final, volvió a su cocina con una sonrisa socarrona y manoteando el aire, cuando la cámara enfocó a Messi. “Un jugador no hace un equipo”, se limitó a decir.

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