Brillar sobre el césped

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Da la sensación de que, quizá porque se empeñó en ser más futbolista que marca, o porque lo suyo era frenar goles ajenos y gestar los de su equipo en vez de marcarlos, en México no se le ha valorado cómo merece.

Por Lizandro Samuel

En el 2007, le preguntaron a Rafael Márquez qué apodo prefería, si el de Káiser o el de El Beckham mexicano. Él rió con buen humor –quizá el que se usa para esconder el desconcierto o maquillar una ofensa– y respondió que obviamente prefería que lo llamaran Káiser. Aunque parezca improbable, al terrenal Rafa lo relacionaban con el adonis inglés que perduró más en las revistas de farándula y moda que en los campos de fútbol.

La comparación venía por el coqueteo con la moda del mexicano y por su elegancia. En esos años era uno de los mejores jugadores del planeta, estrella del Barcelona que acababa de ganar su segunda Liga de Campeones, y en la tierra hiperbolizada de la televisión mexicana su imagen vendía más que los escándalos de las vedettes.

Pero Rafa no se perdió en el camino: aún con los altibajos naturales de cualquier carrera, destiló siempre un profundo amor por el fútbol que lo llevó a instalarse en el territorio de la inmortalidad deportiva. No ha habido mexicano alguno que haya trascendido tanto. Acaso se le acerca Hugo Sánchez, famoso por marcar goles hasta con la nuca en el Real Madrid. Pero es que Rafa no solo compitió más y a más nivel, sino que obligó a los delanteros más letales del planeta a embarrarse para tratar de superarlo.

Sus hazañas atravesaron el tiempo: con mismo tino se enfrentó a un Fenómeno brasileño y un cybor portugués, como si la evolución de los delanteros se midiera por la aparición cada tanto de un Ronaldo. Lo curioso es que fue justo con otro crack bautizado con dicho nombre con quien se amistó en Barcelona para hacer del club un delirio Mundial.

El Barcelona de 2006 fue tan de Ronaldinho, como de Deco, Eto’o, Puyol y Rafa. Dicen que cuando Pep Guardiola llegó al club catalán no paró de preguntarle al central mexicano cómo su ex seleccionador en México, Ricardo Lavolpe, ensayaba la salida. Era una paradoja: la cantera que paría los defensores más duchos con la pelota vivía de los consejos de un latino proveniente de un país en el que la técnica no solía alcanzarle a los futbolistas para enfundarse camisetas de élite. La historia quiso darle un giro cruel al asunto. Pep se convenció a mediados de su histórica primera temporada de que Rafa y Piqué debían ser los centrales titulares: le ofrecían al equipo ventajas con balón dominado que envidiarían todos los clubes del Viejo Continente.

Ningún hombre cuenta siempre con buena fortuna: Rafa se lesionó, Pep alineó a Puyol y a Piqué durante varios partidos, y la pareja de españoles lo mismo ganó dos Champions que un Mundial y una Eurocopa. Rafa, cansado de tanta presión, voló a la MLS para retirarse en Nueva York con la holgura del que descubre que en La Gran Manzana va tan sobrado que podría haber jugado de enganche si le daba la gana. Pero el fútbol lo llamó y siguió insistiendo en tantos clubes, y jugando tan bien, y ganando, que todo acabó cómo debía: en el Atlas de sus amores.

Da la sensación de que, quizá porque se empeñó en ser más futbolista que marca, o porque lo suyo era frenar goles ajenos y gestar los de su equipo en vez de marcarlos, en México no se le ha valorado cómo merece. Sus cinco Mundiales jugados lo ubican en el pedestal de la competición. Aunque nunca pasó de octavos de final. Rafa confirmó su retiro del fútbol tras la derrota ante Brasil. 22 años, como 22 jugadores hay en la cancha. Y aunque en el mundo no lo conozcan tanto como a Beckham, en el Olimpo del fútbol le reservaron un asiento al que no pudo aspirar el inglés.

El mejor jugador de la historia de México cuelga los tacos, orgulloso quizá de haber brillado más sobre el césped que bajo los reflectores. Un lujo que muy pocas estrellas se pueden permitir.

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