Hilos extraños

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Si el fútbol es como la vida, quería decir entonces que el mundo no era un lugar en el que las fantasías se hacían realidad solo con cerrar los ojos.

Por Lizandro Samuel

La vida cada tanto plantea situaciones que me superan. En eso se parece al fútbol. Para vivir con mayor tranquilidad, asumí que hay (muchas) cosas fuera de mi comprensión. Querer saberlo y entenderlo todo es una ambición que coquetea con la arrogancia: si la duda se nos escapa, dejaríamos de ser humanos para convertirnos en Dioses.

Como latinoamericano que soy y enamorado de literatura, fantaseé con lo lindo que sería ver una Copa pintada de Celeste. No solo porque el azul es mi color favorito, sino porque la crónica tendría algo de épico si los muchachos de Oscar Washington Tabárez ganaban el Mundial y devolvían a Uruguay al trono que perdió en una época en la que no había televisores.

Pertenezco a una generación para la que los uruguayos en el fútbol eran piezas de museo antes que peligros presentes. Esto cambió en los últimos diez años. Los jugadores talentosos que siempre salían empezaron a ser guiados por un Maestro que llevó al fútbol charrúa al siglo XXI.

Ver todo lo que ha hecho Tabárez era sentarse a ponderar el argumento de una película de Hollywood. Pero Francia tenía otra historia que contar: la de los europeos que reeditan título 20 años después de su primera –y hasta ahora única– estrella. Aunque más que contar, los franceses querían jugar. A falta de un equipo de escritores, bueno fue uno de futbolistas. No habían pasado ni 20 minutos y lo que debía ser el relato de la épica charrúa se convirtió en un monólogo francés.

Hasta ese momento, el título de esta columna iba a ser El fútbol no entiende de sentimentalismos. No solo porque quiso que el histórico Muslera cometiera un blooper que más que hachárselo a él habría que reprochárselo a las fábricas de balones, sino porque prefirió un análisis que homenajeara a la lógica y no a un éxito taquillero.

Cavani no volverá de su lesión para alzar en hombros a un Maestro Tabárez curado de sus dolencias por la Diosa de la Victoria. Godín, una de las figuras de Rusia 2018, no subirá a recoger un merecido Balón de Oro que, a diferencia de hace cuatro años, premiará al fútbol y no al marketing. Y no veremos en el día de la final a Forlán aplaudiendo en el estadio con rostro de abuelo satisfecho, mientras de fondo suena Gaucho power con una participación especial de Diego Lugano en uno de los coros.

Los franceses, tan buenos, tan talentosos, tan racionales, nos quitaron la posibilidad de escribir el mejor de los guiones. Y en el fondo me contenté. Si el fútbol es como la vida, quería decir entonces que el mundo no era un lugar en el que las fantasías se hacían realidad solo con cerrar los ojos. La Justicia era justa: el que más recursos tenía, el que mejor trabajaba y el que mejor jugaba, era el que avanzaba de ronda.

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Foto La oral deportiva

Pero entonces llegó el partido entre Bélgica y Brasil.

La religión es una de las primeras formas de violencia a las que nos someten. Nadie te pregunta si quieres creer en algo, o te explica las ventajas o desventajas de creer en otras cosas, te imponen un modelo del mundo y se ofenden si creces para decidir que prefieres otro.

Yo tenía diez años cuando asistí a catecismo. Un día, confundido, le pregunté a la facilitadora cómo era posible que solo Adán y Eva se hubiesen dedicado a poblar el mundo. La pobre chica, desnudada por mi curiosidad, solo atinó a decir que el planeta se lleno de adansitos y evitas. Entonces, pregunté cómo era el asunto del incesto. Si solo había una mujer y su marido más los hijos de ambos, la lógica decía que no solo el marido sino también los hijos tuvieron que haberse acostado con ella, ¿no?

Yo no sé para qué le sirvió a la pobre chica su educación religiosa, pero sin duda no fue para despertar el pensamiento lógico. La muchacha titubeó, cambió de tema y yo asumí que más nunca perdería mi tiempo yendo a esas cosas.

Aunque De Bruyne, Hazard y Fellaini tuvieron un gran partido, las figuras de la victoria belga fueron Courtois y un caprichoso Dios que bien podría mentarse Azar. Bélgica, que planteó un partido solvente en las transiciones ofensivas, padeció durante 90 minutos un asedio llamado Brasil.

Tan impresionantes como algunos jugadores belgas fueron las incontables ocasiones de gol brasileñas no concretadas por cracks que acostumbran llenar de proezas los noticieros. El rectángulo de juego fue un lugar donde unos señores vestidos de amarillo estaban tan acostumbrados a hacer lo imposible que no pudieron hacer lo posible y quedaron eliminados ante un equipo que filmó una maravillosa película, antes que un ensayo bien sustentado.

Si tras la victoria francesa sentí el sosiego del que sabe que el que juega bien gana, con la victoria belga me entró el temor de ser tan bueno como Brasil solo para quedar eliminado ante otro que rezó mucho.

Durante la adolescencia el balón fue un refugio lógico de todas las inquietudes que me acosaban. Manuel Vázquez Montalabán escribió una vez que el fútbol es una religión en busca de un Dios. En el Olimpo el trono superior será ocupado por Lionel Messi, el mismo que perdió tres finales seguidas. Si ese es el destino del más grande de los Dioses, ¿de qué sirve la religión para explicar los caprichos de la pelota?

Humildad tiene que ver con asumir nuestras limitaciones. Ya yo superé buena parte de mis crisis existencialistas: hay cosas que no entiendo y no entenderé. El mundo funciona de forma más o menos razonable aun con mi ignorancia. El adolescente que quería usar el fútbol para evadir las crisis cotidianas devino adulto que repite el cliché de Sócrates: yo solo sé que no sé nada.

Y si me torno arrogante, siempre habrá una Bélgica que me ponga los pies en la tierra.

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