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	<title>Relatos &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Relatos &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>Pau</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Eilyn Díaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 05 Nov 2021 16:50:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Educación]]></category>
		<category><![CDATA[Estilos]]></category>
		<category><![CDATA[Historia]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Eilyn Díaz-Romero Es joven, parece que esa es la primera característica en ella entre el grupo de&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Eilyn Díaz-Romero</strong></p>
<p>Es joven, parece que esa es la primera característica en ella entre el grupo de personas de mi edad, tiene un nombre que le dieron al nacer, pero ella prefiere otro con el que siente que es más universal, corto y además unisex. Yo en cambio vi a la artista, al ser humano sensible y a una leona tímida.</p>
<p>Se levanta cada día con una cara de que no puede con el mundo, pero en cambio sí puede con una lista larga de incidencias en la vida de los jóvenes de su comunidad de la etnia indígena, tiene un estado académico como estudiante distinguida, además que participar activamente dentro de los voluntariados, activismo feminista, lucha por los derechos sexuales y reproductivos, entre otros grupos estudiantiles y de juventud.</p>
<p>Esta mañana fui pasiva al ver rodar por su rostro en forma de montaña perfecta, un caudal de rio, una cascada en pleno invierno y yo solo pude contemplar que entre más se quiebra, menos piensa en ella como la de los objetivos logrados y llega a la serenidad que tiene un lago entre apacibles rocas para entender que solo ser un referente del sí se puede y no fui yo, es hallar en cada paso una sociedad más equitativa.</p>
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		<title>Uno, dos, tres amores fallidos</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/12/uno-dos-tres-amores-fallidos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[wmseisgrados]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 19 Dec 2018 16:53:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Juan Briceño Ya era de noche cuando María Laura se acostó en su cama, sin apagar la&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Por Juan Briceño</strong><br></p>



<p>Ya era de noche cuando María Laura se acostó en su cama, sin apagar la luz, abrió sus piernas, se palpó, y, con sumo cuidado, se metió dos pastillas de cytotec en la vagina. Estaría por la tercera semana de embarazo, todavía no había ningún síntoma visible, solo la menstruación ausente y que siempre había sido puntual en su vida, cada 28 días. Sus padres se paseaban en la casa mientras ella lloraba en silencio, sin moverse de la cama, ni siquiera para apagar la luz, pues le daba miedo que fueran a caerse las píldoras si se levantaba. Su novio, a quien tenía semanas sin ver, se había ausentado con sentidas excusas, por lo cual María Laura lloró sola hasta quedarse dormida, sin saber qué esperar. </p>



<p>	Antes
de dormirse, le escribió un mensaje al ausente:</p>



<p>	–Ya me tomé las pastillas. </p>



<p>	–Está bien, avísame cualquier cosa –respondió. </p>



<p>	“Yo lo amaba demasiado, o sea, con él yo hubiese tenido un hijo”, dice en la actualidad. </p>



<p>	La despertó el dolor en el vientre. Podía sentir las contracciones en su abdomen, y el seno derecho se le había inflado desproporcionadamente, y así se quedaría, henchido en su mastitis,por dos semanas más. Se tocó la vagina buscando sangre, pero al verse las manos seguían limpias. El dolor era otra incertidumbre, y con ella se acostó a dormir hasta el día siguiente, cuando amaneció sangrando de forma abundante. Había resultado, podía continuar su vida como estudiante de medicina, su novio no dejaría de quererla, todo estaba bien, de aquello las únicas secuelas serían el sangrado que continuaría por tres semanas, espeso, denso, y la hinchazón en el seno. </p>



<p>	Quedaron en cuidarse, él le dijo que le compraría las pastillas y así podrían seguir en su tranquilidad de noviazgo, pero aquello quedaría solo en palabras, que, como suele escucharse, el viento se lleva. </p>



<p>	Aquella relación había comenzado tres años atrás, cuando ella apenas estaba en el primer año de la carrera y Alberto, ya en los últimos años, le daba clases como preparador. La había invitado a salir varias veces, pero ella se había negado, le parecía feo, pero pese a todo tenía algún atractivo, la actitud, tal vez, o los ojos claros, verdosos, que asemejaban lo dulce del campo. Un día aceptó la invitación y fueron a comer helado, a ella no le pareció ni mal ni bien, de lo que pensó él no sabemos mucho, pero después de ese día siguieron saliendo y lo que de ahí siguió fue que María se enamoró dulcemente de aquel muchacho, su primer novio, propiamente hablando, el que llevó a su casa, el que su padre recibía con un abrazo y sutiles dádivas; el primer amor, ese que, según se dice, nunca se olvida. </p>



<p>	Ya aquella primera escena se había convertido en un olvido cuando, un 21 de diciembre, en pleno día del espíritu navideño y con cuatro años de noviazgos ya cumplidos, el padre les dijo: “Ay, yo quiero un pichón de zamuro de ustedes dos”. Como cuando se echa un chisme en medio de una reunión y se rompe un plato, palabra cierta fue aquella: de esa noche resultó un segundo embarazo, inesperado como el primero, que vino a saberse en enero, cuando la sangre no bajó. </p>



<p>	–Esa vez sí le dije como desesperada, yo me desesperé: “Por favor, no me vayas a dejar sola, la otra vez me dejaste sola, no me vayas a dejar sola nunca en tu vida”. Casi que le rogué que no me fuera a dejar sola, y lo abrazaba aferradísima a él. </p>



<p>Alberto la acompañó a realizarse la prueba de embarazo, y los resultados los mandaron al correo de él. Al momento de enterarse, María cerró los ojos, se apretó a él y escuchó a Alberto decirle: “Sí, fue positivo”. Al día siguiente ya tenían las pastillas. Se las aplicó en el cuarto de Alberto, ella sola y sin que él mirara, y luego se echó a llorar. Su novio fue a socorrerla, se acostó a su lado, la consoló con palabras secas, pero terminaron disgustados porque María no sentía ningún efecto y, al comentarlo, Alberto la acusó de haber botado las pastillas. Muy en lo profundo, María deseaba a ese niño que no nacería. </p>



<p>“En mi mente siempre fue una posibilidad, pero yo ni siquiera se la iba a asomar, porque yo sabía que él no quería, y yo pensaba que él me iba a dejar si yo le decía esa barbaridad”, comenta María. </p>



<p>No las había botado, las había usado, pero al día siguiente, después de una noche de disgusto, no había sangrado ni seno recrecido, ni ningún otro síntoma que avisara del cambio. Por internet encontraron otro proveedor, solo un número de teléfono junto a la palabra “cytotec”, el tan deseado abortivo, usado generalmente para inducir el parto, pero cuya segunda función lo hace un producto deseado en los mercados negros. Quedaron en verse en un centro comercial, y allí, en efecto, se encontraron con el hombre, quien junto a su esposa e hijo fue a venderles la solución para sus problemas. </p>



<p>Esta vez María Laura decidió realizar el procedimiento ella sola. Se fue a su casa, se encerró en su cuarto y allí volvió a hacer lo que le pareció casi una rutina, un ejercicio maquinal, un procedimiento básico; aquella vez no lloró, solo se molestó consigo misma por estar pasando por eso de nuevo. A la mañana siguiente la sangre corría a borbotones, y una tristeza y una felicidad se juntaban en un mismo cuerpo. </p>



<p>Meses después la relación se acababa. María Laura sospechaba de tiempo atrás las infidelidades de Alberto, y terminó por convencerse cuando un día, al revisar el <em>Facebook&nbsp;</em>de él, encontró varias conversaciones en las que su novio flirteaba con otras mujeres. Una conversación en particular le llamó la atención, porque Alberto, el que decía ser de ella, le escribía a otra: “¿A ti no te dan ganas de casarnos? ¿De tener algo bonito?”, era lo mismo que le decía a ella.</p>



<p>“A él eso no le importó. Yo creo que él hoy en día, si piensa en mí,no creo que recuerde eso, no creo que piense que fue chimbo que me hizo abortar dos veces”, piensa María.</p>



<p>Meses después, ya en los últimos años de la carrera, a María le tocó ser residente en la Maternidad Concepción Palacios, donde en varias ocasiones ayudó a las mujeres a parir. Allí, al cargar a los recién nacidos, recordó al que se hubiese llamado Albertico, y que nunca llegó a llamarse. Entristeció, todavía lo amaba, al niño que no existía y al padre que no fue. Pero también agradeció el aprendizaje, y el no estar atada a un muchacho que tanto en el fondo como en la superficie, no la quería. </p>



<p>“A mí tiempo después me hicieron un eco, y no me salió nada. Pero eso fue por casualidad, porque tuve suerte. Pudo haber sido mucho peor.Nosotros nunca nos cuidamos. Y yo nunca se lo pedí porque estaba demasiado preocupada por gustarle a él, en no dañar la relación. De verdad cometí error tras error. El daño que le haces a tu cuerpo con eso puede tener muchas repercusiones. Muchas mujeres después de eso no pueden tener hijos, muchas se mueren por un aborto séptico”, remata María Laura. </p>



<p>No es esta la peor historia, no tuvo que sacarse María al muchacho con un gancho, ni falleció desangrada en una camilla sucia de un cuarto clandestino, pero es la historia de María, a quien por prudencia no llamamos aquí por su nombre real, la que aprendió que hay amores que llegan a partirte la vida.   </p>



<p>Una historia que se repite indefinidamente. </p>



<h4 id="lee-tambien-la-despedida"><a href="http://www.seisgrados.com.ve/2018/05/la-despedida/">Lee también </a><strong><a href="http://www.seisgrados.com.ve/2018/05/la-despedida/">La despedida</a></strong><br></h4>
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		<title>El último vuelo</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/09/el-ultimo-vuelo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 15 Sep 2018 17:35:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Guerra]]></category>
		<category><![CDATA[Infancia]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo Antes de que el polvo cubriera su casa, Alice amaba los aviones. Se acostaba&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo</strong></p>
<p>Antes de que el polvo cubriera su casa, Alice amaba los aviones. Se acostaba sobre la grama del patio de su escuela a verlos pasar, cosa que no ocurría muy seguido. Todo transcurría con normalidad y Alice vivía su infancia como cualquier pequeño lo hace, entre juegos, dulces y una familia que la esperaba a la hora del almuerzo.</p>
<p>Ahora Alice tiene los ojos rojos de tanto llorar, lo hace continuamente por el dolor y por la alergia que le causa la suciedad que arropó su ciudad. Si mira a la derecha hay un montón de escombros e infraestructuras maltrechas, con columnas tercas que se niegan a morir o con unas ventanas rotas que ya no protegen del frío, ni del sol, ni de los malos. Si decide virar a la izquierda el escenario es el mismo, incluso le parece peor pues allá, a lo lejos, se ven las cenizas en las que se convirtió su escuela.</p>
<p>Del principio del ocaso ella no recuerda nada. No se lo advirtieron, nadie le avisó. El último instante lleno de colores que persiste en su memoria es el de aquel día en que jugó bajo la lluvia con su mejor amiga. Esa tarde sentía que era la niña más feliz del mundo, mientras las gotas frías del cielo caían en su cuerpo y ella danzaba de un charco a otro.</p>
<p>Cuando los aviones empezaron a inundar el cielo, su cotidianidad se trastocó. Su padre ya casi no hablaba y su madre, que le preparaba los platos más suculentos para alegrarle las noches, pasaba el día mirando por la ventana, resguardando alimentos y enseres en unas maletas a las que ya no les cabía más.</p>
<p>Alice aún siente la impresión de aquella mañana gris cuando salió de su casa rumbo a la escuela y vio la hilera de vecinos que marchaban a pie. Eran como hormigas que transportan hojas para una cueva. Quiso preguntar pero no pudo, porque al mirarlos no los reconoció: estaban ojerosos, llenos de arrugas, viejos, cansados, vacíos.</p>
<p>&#8220;¡Boom!, ¡Boom!&#8221; fue el sonido que empezó a amenizar aquellas noches más oscuras en las que juntos los tres en la cama intentaban en vano conciliar el sueño. La escuela cerró sus puertas y sus padres, día y noche, se enfrascaban en una discusión sobre si era conveniente partir. ¿A dónde? No lo sabían.</p>
<p>Y por tanto postergar la decisión, fue la vida la que dio el primer paso. En una noche más sombría que las anteriores, tras un largo silencio de más de tres horas, el cielo se iluminó con tantos aviones. Pudo ser una buena noticia, pero hay largos silencios que preceden la dura caída en un abismo. Ráfagas de disparos y bombas empezaron a caer y, entre un temblor y otro, Alice se desvaneció. En parte, por el pavor de no saber porqué las luces en el cielo ya no la hacían feliz y, en mayor medida, por el polvo que le pintó el cuerpo de blanco, invadió sus pulmones y le impidió respirar.</p>
<p>Al despertar estaba en el suelo, con una casa que se redujo a escombros sobre su cuerpo. De papá y mamá no supo más. No oía. Desde la posición en la que estaba solo veía piedras grises, una sobre otra, y a lo lejos una densa cortina de humo que se elevaba sobre lo que hasta hace unas horas era su ciudad. Tenía sed, tenía miedo, le dolían los brazos, las piernas y el corazón. Se sentía como aquel día en el que por no hacer caso se perdió en el mercado y paralizada por el temor gritó en busca de su madre.</p>
<p>Esta vez no podía gritar, hasta respirar era difícil, incluso más que resolver los problemas de matemática que tanto la atormentaban. Antes de adormecerse nuevamente, en su carita pintada de blanco se abrieron paso unas lágrimas que limpiaron el polvo y cayeron al suelo.</p>
<p>Ahora Alice tiene los ojos rojos de tanto llorar. Está en una cama de un hospital móvil al que llegó sin saber cómo ni cuándo. Quiere un abrazo de mamá, quiere oír a papá. Nadie sabe de ellos. Tiene frío, tiene calor, tiene hambre, tiene dolor, tiene sed, tiene muchas cosas menos una que la hará palidecer cuando levante la sábana que la cubre. Luego, ella se trasladará a esa mañana en la escuela en que acostada sobre la grama veía el cielo y pensará en lo difícil que será brincar de charco en charco. Entonces, deseará con furia que los aviones desaparezcan.</p>
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		<item>
		<title>La despedida</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/05/la-despedida/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 03 May 2018 23:44:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Amores]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Ilusiones]]></category>
		<category><![CDATA[Infancia]]></category>
		<category><![CDATA[Melencolía]]></category>
		<category><![CDATA[Niños]]></category>
		<category><![CDATA[Padre]]></category>
		<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Yo nunca vi a mi padre llegar borracho a casa como los demás hombres del pueblo. Al contrario,&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="yo-nunca-vi-a-mi-padre-llegar-borracho-a-casa-como-los-demas-hombres-del-pueblo-al-contrario-nos-dedicaba-mas-tiempo-y-atencion-de-lo-que-se-suele-esperar-de-un-padre-que-ha-tenido-que-lidiar-toda-s"><span style="color: #6e4d8b;">Yo nunca vi a mi padre llegar borracho a casa como los demás hombres del pueblo. Al contrario, nos dedicaba más tiempo y atención de lo que se suele esperar de un padre que ha tenido que lidiar toda su vida con la rudeza del campo</span></h4>
<p><strong>Por </strong><strong>Luisana Arteaga</strong></p>
<p>Toda la gente del pueblo hablaba siempre muy mal de mi padre, yo fui creciendo y todo lo que escuchaba sobre él eran comentarios del tipo “ese no sirve para nada”, “es un vago”. “un Don Nadie”. Lo más crudo de todo lo que se decía era que, ese hombre que me había dado la vida, no hacía más que sacrificar a mi madre.</p>
<p>Mi mamá, sin embargo, siempre lo atendía bien. Cuando mi padre llegaba a casa –cansado por su faena de agricultor-  los ojos se le alumbraban. Yo los veía a escondidas, con mirada de muchacho pícaro, por entre las cortinas que separaban mi cuarto de la pequeña sala de la casa.</p>
<p>Hubo una etapa de mi vida en la que me agarraba a golpes con cualquiera que hablase mal de mi padre. Eso dio pie a que en el pueblo me llamaran “Mandinga”. Cuando iba a comprar leche  en la esquina, en la pequeña tienda del portugués, oía  todas las voces susurrando: “¡ojalá que mandinguita no se parezca a su papá cuando crezca!,¡guá!, pero ya muestra esa sangre mala cuando se encabrita”, “no te hagas ilusiones, porque es el vivo retrato de su padre”, “la mala hierba se le nota hasta en el caminar”.</p>
<p>Hasta los diez años yo no supe la razón del maltrato, de ese odio enconado que los vecinos tenían reservado a mi padre. Lo único cierto era que todas las noches  los esperaba en mi cama, con los ojos bien apretados, a que llegara y me arropara con sus manos ásperas por el trabajo campestre y me plantara un beso en la frente, con sus labios todavía ardiéndoles por el duro trabajo del día.</p>
<p><img class="aligncenter size-large wp-image-5359" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-1024x768.jpg" alt="" width="1024" height="768" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-1024x768.jpg 1024w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-300x225.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-768x576.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-800x600.jpg 800w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-600x450.jpg 600w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816.jpg 1280w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></p>
<p>Recuerdo también el 24 de diciembre del 83, nos había ido muy mal ese año. Pero mi padre llegó a media noche con un perrito abrigado entre el bolsillo de su chaqueta verde oliva que en el cuello tenía un pañuelo rojo. Mi hermana Titina, al ver aquel regalo, saltó de la emoción. Y entonces, ocurrió algo mágico, pronunció su primera palabra: “popoyo”.</p>
<p>Cuando empecé a ir a la escuela, mi padre me llevaba todos los días en sus hombros. Era un hombre alto, moreno, fuerte y de aspecto recio, o al menos a mi edad así lo veía. Pasaba por las calles apretando los labios e irguiendo la espalda -el silencio de los transeúntes era abrumador-. Yo, por mi parte, estaba engreído, como si estuviese siendo transportado por Bolívar, Miranda, Zamora o cualquiera de esos señores importantes de los que nos hablaban en la clase de historia.</p>
<p>Todos decían que él era malo, pero yo nunca vi a mi padre  llegar borracho a casa como los demás hombres del pueblo. Al contrario, nos dedicaba más tiempo y atención de lo que se suele esperar de un padre que ha tenido que lidiar toda su vida con la rudeza del campo. No tenía miedo de besarnos ni de contarnos, en las tardes, historias fantásticas a la orilla del río. Tenía una habilidad tremenda con las manos y sabía hacer, con madera, piedra o papel, todo lo que mi hermana y yo le pedíamos.</p>
<p>Cuando cumplí doce puse en práctica lo que el destino me había deparado: trabajar el campo. Mi madre siempre nos despedía esperanzada, y nos sentíamos orgullosos cuando al atardecer traíamos hortalizas y verduras cosechadas por nuestras propias manos.</p>
<p>Para divertirnos en casa, construimos un pequeño retablo en la parte de atrás. Mi madre hacía los muñecos que mi padre y yo animábamos. Era una especie de secreto que muy poca gente del pueblo sabía. La verdad, es que ahora pienso que éramos felices en nuestra pequeña intimidad.</p>
<p>Estos son los pocos recuerdos que conservo de mi padre, porque lo último fue la despedida. Sucedió en los primeros días de febrero cuando llegó a casa el Jefe Civil con tres hombres de aspecto citadino, todos vestidos de negro. Conversaron largo rato en el patio y hablaban sobre incumplimiento de leyes, invasión de terrenos, agitación social y resolución presidencial.</p>
<p>Cuando se lo llevaron, besó a Titina.  Luego se giró hacia mi y  dijo:</p>
<p><span class="st">—</span> ¡Cuídalas, hijo, porque ahora usted es el hombre de la casa!</p>
<p>Después abrazó y besó a mi madre como quien no quiere irse, hasta que los guardias, abruptamente los separaron.</p>
<p>Los tres nos quedamos en la puerta viéndolo desaparecer. Lo único que escuchamos fue el alboroto en las calles del pueblo: ¡Se llevaron a Egidio, se lo llevaron!, ¡fueron los pantaneros!, ¡pobres gentes, pobre Amalia, pero él se lo buscó!</p>
<p>Ese fue el último día que vimos a mi padre. Yo todavía siento en mi frente sus labios tibios y las toscas caricias de sus manos ásperas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Soy una sweet art</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/04/soy-una-sweet-art/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 22 Apr 2018 15:16:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Barranquilla]]></category>
		<category><![CDATA[Canarias]]></category>
		<category><![CDATA[Catarsis]]></category>
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		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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		<category><![CDATA[Vida real]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los histriónicos suelen ser personas brillantes ante la mirada del otro, y tremendamente lumínicos socialmente. No tienen enemigos.&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="los-histrionicos-suelen-ser-personas-brillantes-ante-la-mirada-del-otro-y-tremendamente-luminicos-socialmente-no-tienen-enemigos-ejecutan-su-trabajo-a-cabalidad-y-asumen-roles-admirables"><span style="color: #6e4d8b;">Los histriónicos suelen ser personas brillantes ante la mirada del otro, y tremendamente lumínicos socialmente. No tienen enemigos. Ejecutan su trabajo a cabalidad y asumen roles admirables</span></h4>
<p><strong>Por Eilyn Díaz-Romero</strong></p>
<p>Barranquilla es una pequeña ciudad de la costa Caribe de Colombia, ubicada al norte de este país. No llega ni a más de dos millones de habitantes. Es sumamente festiva y reconocida a nivel mundial por sus fiestas carnestolendas, donde todos terminan conociéndose entre sí (al menos de vista) y eso crea un ambiente de familiaridad único. Bueno, no es lo mismo que opina ella, la que se siente observada y poca cosa, la que su vida ha estado empañada a causa de la violencia cruel y despiadada por la que ha tenido que ir a más de un lugar, tratando de olvidar las cabezas rodando en las canchas de fútbol que usaban como balón los mismos hombres crueles que las arrancaron de sus cuerpos. Tratando de olvidar las torturas de familias enteras, entre otras barbaries.</p>
<p>Pero ya está allí, en esa ciudad cuya luna enamora porque “tiene una cosa que maravilla”, en la que no puede siempre detenerse a pensar;  si lo hiciera, se moriría de susto y no viviría.  Su nombre es Soledad. Siempre, en las mañanas, piensa qué hacer, cree improvisar sobre qué vestir y a pesar de su bella sonrisa, su ternura que envuelve, su gran amabilidad y el mundo de personas que la llaman amiga, ella llora y dice sentirse sola, estar sola.</p>
<p>Un raro día de enero, de esos que parecen decembrinos por la ventolera típica de este mes en esa ciudad, ella se encuentra en su cama sin poder levantarse.</p>
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<p><strong>3:45 a.m.</strong> El despertador aun no suena, la temperatura corporal aumenta y los mismos pensamientos que rumiar la acompañan. No es un día cualquiera, es temprano para ella. Normalmente se despierta a las 6:00 a.m. y aun cuando sabe que tiene que ir al trabajo, se retrasa y se excusa en la distancia que hay entre su casa y la oficina, para intentar quedar bien.</p>
<p><strong>Psicoterapia a bordo.</strong> Harta de creer que la psicología es una mierda y los psiquiatras son para locos, adictos, se resiste a ir. Pero la dualidad entre lo que piensa y cómo se siente, más la presión por dejar de ser una máscara de carita feliz que todos conocen, y la relación fallida que acaba de “abandonar”, le dictamina que no hay más camino, que ya es inevitable escapar de allí.</p>
<p><strong>Martes, octubre 20 de 2015.</strong> El día de consulta. <em>Diagnóstico: Violencia social y de género, depresión por guerra, trastorno de la rumiación, trastorno adaptativo con ansiedad, </em><em>trastorno mental no especificado (no psicótico)</em><em>; manifiesta haber fumado y últimamente abusar de la nicotina, consumo de cannabis con el que manifiesta sentirse cómoda y no ser adictivo, pero si un escape “saludable” para relajar el cuerpo y la mente. Sobremedicación para dolores musculares y calambres. Mujer joven, 25 años de edad. Hija del medio (la número tres) de cinco hermanos. Única mujer, padres vivos: profesora y mecánico. Desplazados por violencia desde sus 13 años. Estuvo en un lugar de acogida por dos meses con toda su familia mientras podían mudarse. Fue violada sexualmente y nunca lo ha podido decir en terapia abiertamente. </em>Lee la terapeuta unos minutos antes de que Soledad entre a su primera hora de terapia.</p>
<p>“¡Vaya! Cuantas etiquetas, el DSM V se quedó corto”, piensa Elizabeth.</p>
<p>&#8211; Hola Soledad, dice la psicóloga cuando la ve entrar.</p>
<p>Demasiada resistencia. La hora parece interminable y no se da la empatía.</p>
<p>-¿Qué quieres saber?, ¿Por qué has venido a consulta?</p>
<p>Silencios largos… Soledad se abstrae y mira el reloj, entonces empieza a desahogarse:</p>
<p>-Está bien, ¿Cómo o por qué cree usted que ahora si puede hacer algo por mí como profesional?, ¿Qué tienen los psicólogos que creen que pueden venir a cambiarme-curarme, como si fueran dueños de una varita mágica?, ¿Qué es lo que tengo que saber para no creer que estoy perdiendo el tiempo y que no da lo mismo contarle a usted que a otra amiga cualquiera con quien desahogarme?  Digo, si es que me atreviera.</p>
<p>Elizabeth la observa y elabora su discurso:</p>
<p>&#8211; ¡Cuánto tenías por decir y todos juzgan a priori!. Se creen –nos creemos– con derecho de etiquetar.</p>
<p>La empatía (magia) llega, el milagro sucede y se traduce en catarsis.</p>
<p>***</p>
<p>&#8220;Han pasado más de seis meses, la psicoterapia ha dejado de ser esa cosa vana en la que no surge ningún efecto real. Es lejana, solo tiene efectos en los otros&#8221;, piensa Soledad.</p>
<p>Luego se mira al espejo mientras se sigue arreglando y dice: “He comprendido más allá de la lectura que como tratamiento científico, no es esa cosa ‘bonita’ que algunos ‘locos’ han decidido estudiar. La psicología en la terapia trabaja con las manifestaciones psíquicas o físicas del malestar humano e intenta promover cambios en el comportamiento”.</p>
<p>La enfermedad operando, pero ella no lo entiende y una vez más cae en eso de investigar a profundidad sobre un tema, se apasiona y lo hace propio, como si de eso dependiera su vida y ahora, hasta el éxito de su terapia y la “relación” con su terapeuta.</p>
<p>Soledad cree que improvisa cada día en las cosas cotidianas, pero todos esos pasos de las mañanas y a lo largo del día en los que estudia sus discursos, son manifestaciones claras de su trastorno.</p>
<p>Vuelve a su parlamento, ya a punto de salir, mientas acomoda el retrovisor de su auto: “Sin duda la perspectiva teórica del terapeuta hace que la identificación fluya de manera más o menos efectiva. Repasemos –se dice- cognitivo conductual va a exigir hacer aproximaciones sucesivas hacia esos problemas identificados, que tras la exposición van a ser familiares o superados. Por el contrario, los métodos psicoanalíticos y humanistas se concentrarán en el dialogo más que en la acción, comprenden mejor las causas que originan sus problemas actuales”.</p>
<p>Soledad ahora más empoderada cree estar en un camino distinto, entiende más aquello que estaba lejano, siente más respeto por el proceso terapéutico, pero sigue sintiéndose hueca, como si todo careciera de sentido.</p>
<p>***</p>
<p>Elizabeth ha llegado a un diagnóstico concluyente. Por sus inquietudes y responsabilidad profesional pero, sobre todo, como ella suele decir, por sensibilidad humana se reúne con un grupo de colegas, estudian el caso juntos y ella finalmente dice: “Quien tiene una personalidad histriónica se caracteriza por la teatralidad, la dramatización y, cómo no, en demandar atención de manera excesiva. Busca la aceptación, el reconocimiento, el aplauso de otras personas.”</p>
<p>La mesa está de acuerdo y bajo su dirección llegan a un punto final. Elizabeth toma la palabra: “La terapia sugiere que el diagnóstico no sea revelado al paciente, así en este mundo de sobre exposición a la información, no aumenta la creencia de autosuficiencia (en especial para este caso) y abandona la terapia. Pero debo hacerle saber lo que está haciendo y que aprender conceptos, apropiarse de ellos y lograr relaciones sociales más efectivas no es su labor en el mundo. Sobre todo, no es su responsabilidad. Aunque no le diga textualmente: Soledad, la cronicidad de estos rasgos da como resultado un Trastorno de personalidad Histriónico”.</p>
<p>Los histriónicos suelen ser personas brillantes ante la mirada del otro, y tremendamente lumínicos socialmente. No tienen enemigos. Ejecutan su trabajo a cabalidad y asumen roles admirables. Son y están para cada persona que le rodea, en el rol que estén “jugando”.</p>
<p>Llegado el día de la consulta Elizabeth comunica a Soledad: “El teatro es la vida y la vida es el teatro, va y viene. ¿Lo entiendes?, el género dramático es solo uno de los que existen y estar en medio de una obra, incluso dramática, exige otros tiempos dentro de la misma. Me explico: En la montaña rusa no se llega de la nada a la cima y la sensación que se produce al ir en picada es temor, vacío. Al mismo tiempo la adrenalina que hace disfrutar de ese riesgo ‘placentero’ es el viaje entre subir y bajar.”</p>
<p>Soledad empieza a llorar, como si al fin hubiera entendido algo. Elizabeth continua: “Respira, piensa, la literatura es un espejo y ser el escritor reposado de tu historia es lo que te dará las palabras que verdaderamente quieres que estén, así como los recursos lingüísticos que te hacen única-especial que adornan tu esencia y conforman tu personalidad”.</p>
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<p>En el tramo de ida y vuelta entre su oficina y la casa, después de la más fuerte sesión terapéutica que nunca pensó tener, Soledad comprendió más sobre su vida y no tuvo que conocer la etiqueta (el nombre exacto de un trastorno que la terapeuta ya había identificado) y se sintió decidida a caminar por aquellas calles de esta ciudad tropical, sin sentirse observada. Pensó en sí misma de manera tierna y dijo: “soy una <em>sweet art</em>”.</p>
<p>Y como nadie puede dejar de ser lo que es mediante un acto de magia, volvió a sus imaginarios y para convencerse encontró un argumento:</p>
<p>-Creencia: algo que te han repetido muchas veces. Afirmaciones: es un trabajo personal que puedes cambiar con neurolingüística. Y yo soy una <em>sweet art, </em>soy una <em>sweet art, </em>soy una <em>sweet art.</em></p>
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		<title>Un nuevo lugar</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/03/un-nuevo-lugar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Mar 2018 14:02:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Clases]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Gabriela Blanco]]></category>
		<category><![CDATA[Pasión]]></category>
		<category><![CDATA[Vida]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Gabriela Blanco Con un gran cúmulo de sentimientos encontrados comenzó aquella nueva etapa en su vida; muchas&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gabriela Blanco</strong></p>
<p>Con un gran cúmulo de sentimientos encontrados comenzó aquella nueva etapa en su vida; muchas expectativas, ansias, miedo (o incertidumbre), rabia. Eran tantas emociones juntas que simplemente decidió no pensarlo mucho y dar el primer paso, ese primer paso tan insignificante pero a la vez importante, estaba segura la llevaría a una etapa distinta a la cual vivía.</p>
<p>Fue allí donde irónicamente después de tantos sentimientos revueltos y encontrados, halló lo que tanto había estado buscando: su hogar, su paz, su refugio y su calma, encontró su gran amor.</p>
<p>Eran las 5:00 p.m y debía apresurarse, todo empezaba media hora después de ver la hora en su reloj, aquel que nunca quitaba de su mano derecha porque no le gustaba usarlo de la manera tradicional. Siempre rompía las reglas, hacía las cosas de forma no convencional. Tomó su mochila, sus llaves y su celular; recogió su cabello, y se fue a esperar el tren que la llevaría al nuevo lugar.</p>
<p>Al caminar por la calle, sólo pensaba si era lo correcto, si aquel lugar realmente valía la pena. El sonido de los rieles al frenar el tren no la dejó pensar mucho más y tuvo que correr para poder llegar. Cansada caminó entre un mar de gente, era justo la hora de mayor tráfico en la ciudad, un semáforo en la esquina la obligó a detenerse por unos segundos, y se volvió a preguntar: ¿Realmente valdrá la pena empezar?</p>
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<p>Llegó a aquel lugar que no conocía a las 5:25 p.m, buscando entre letreros y flechas. Subió las escaleras hasta el tercer piso. Entró al aula que le correspondía. Era un salón amplio y con luz brillante, lleno de personas de todas las edades que no paraban de hablar, ninguna conocida. Volvió a mirar su reloj, eran las 5:30 p.m. La clase aún no empezaba, no quería hablar con nadie, así que simplemente se sentó en primera fila y sin titubear tomó su celular, se colocó los audífonos y empezó a buscar una canción que la hiciera sentir cómoda.</p>
<p>Aquello se hizo rutina: llegar, subir las escaleras, tercer piso, aula 123, sentarse de primera y colocarse los audífonos hasta que iniciara la clase. Pasaron algunas semanas y entonces una noche, uno de sus compañeros –el que le parecía más odioso y altanero– se le acercó para invitarla a salir. Fue en ese momento cuando levantó la mirada que todo cobró sentido, no pudo evitar enamorarse de aquellos ojos color miel, y pensó: valió la pena empezar en aquel nuevo lugar.</p>
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		<title>El equipo de natación</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/01/el-equipo-de-natacion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 21 Jan 2018 19:12:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Miranda July]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Título original: The swim team Autora: Miranda July (EEUU) &#160; Esta es la historia que nunca quise contarte&#8230;</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Título original: <em>The swim team</em></strong></p>
<p><strong>Autora: Miranda July (EEUU)</strong></p>
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<p>Esta es la historia que nunca quise contarte cuando era tu novia. Tú preguntabas y preguntabas, y tus hipótesis eran tan espeluznantes y tan concretas. ¿Era yo una mantenida allá? ¿Era Belvedere igual que Nevada, donde la prostitución es legal?</p>
<p>¿Estuve yo desnuda durante todo el año? La realidad empezó a mostrarse estéril. Y con el tiempo me di cuenta de que si la verdad se sentía tan vacía, entonces probablemente no iba a seguir siendo tu novia por mucho más tiempo.</p>
<p>Nunca quise vivir en Belvedere, pero tampoco hubiese soportado el hecho de pedirles dinero a mis padres para mudarme. Cada mañana despertaba asqueada de recordar que vivía sola en este pueblo que no era ni siquiera un pueblo, por lo pequeño. Eran solo casas cercanas a una gasolinera, una tienda a una milla de distancia y ya. No tenía carro, no tenía teléfono, tenía veintidós años y le escribía a mis padres cada semana para contarles historias acerca de mi trabajo en un programa llamado L.E.E.R. Quienes trabajábamos allí les leíamos a jóvenes en situación de riesgo. Era un programa piloto financiado por el estado. Nunca terminé de decidir lo que las siglas L.E.E.R. representaban, pero lo que sí escribí siempre fue “programa piloto”, me sorprendía mi habilidad para lanzar estas frases. “Intervención temprana” era buena también.</p>
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<p>Esta historia no va a ser muy larga, porque lo sorprendente acerca de ese año es que no pasó casi nada. Los ciudadanos de Belvedere creían que mi nombre era María. Nunca dije que me llamase María, pero por alguna razón se corrió la voz, y la tarea de decirles mi verdadero nombre a esas tres personas me abrumaba. Esas tres personas se llamaban Elizabeth, Kelda y Jack Jack. No sé por qué Jack dos veces, y no estoy completamente segura acerca del nombre Kelda, pero así es como sonaba, y por lo tanto, ese era el sonido que yo hacía cuando la llamaba. Conocí a estas personas porque les di clases de natación. Y este es el centro de mi historia porque, como es sabido, no hay ni piscinas ni ningún tipo de masa de agua cercana a Belvedere. Un día, en la tienda, ellos hablaban acerca de esto, y Jack Jack, que ya debe estar muerto porque era realmente viejo, dijo que no importaba porque ni él ni Kelda sabían nadar, así que, de haber agua cerca, era probable que se ahogaran. Elizabeth era prima de Kelda, creo. Y Kelda era la esposa de Jack Jack. Todos estaban en sus ochentas al menos. Elizabeth dijo que ella nadó muchas veces cuando era niña durante el verano en que visitó a una prima (no a la prima Kelda, por supuesto). La única razón por la que me sumé a la conversación fue porque Elizabeth afirmó que uno tenía que respirar bajo el agua para poder nadar.</p>
<p>Eso no es verdad, grité. Estas fueron las primeras palabras que había dicho en voz alta desde hacía semanas. Mi corazón latía como si estuviese invitando a salir a alguien. Solo hay que contener la respiración.</p>
<p>Elizabeth se mostró furiosa y luego dijo que estaba bromeando. Kelda dijo que a ella le daría mucho miedo contener la respiración porque un tío suyo murió de eso en un concurso de Contén-La-Respiración.</p>
<p>Jack Jack preguntó si ella de verdad creía eso, y Kelda dijo, sí, claro que sí, y Jack Jack dijo tu tío murió de un infarto, no sé de dónde sacas esas historias, Kelda. Estuvimos un rato en silencio. Yo disfrutaba de la compañía y esperaba que continuase, y así fue, porque luego Jack Jack dijo: Entonces tú has nadado.</p>
<p>Les conté que había estado en un equipo de natación en la secundaria, y que incluso competí a nivel estatal, pero fui eliminada en las primeras rondas por el equipo de Bishop O’Dowd, una escuela católica. Ellos parecían en verdad interesados en mi historia. Yo nunca había pensado en eso como tal cosa, pero en ese momento podía ver que en verdad era una gran historia, llena de drama, y de cloro, y de otras cosas de las que Elizabeth, Kelda y Jack Jack no tenían conocimiento directo. Fue Kelda quien dijo que deseaba que hubiese una piscina en Belvedere, porque tenían mucha suerte de tener a una profesora de natación en el pueblo. Yo nunca dije que fuese una profesora de natación, pero entendí a lo que se refería. Era una lástima.</p>
<p>Entonces algo extraño ocurrió. Mientras miraba mis zapatos pisando el suelo de linóleo y pensaba en cuán segura estaba de que nadie lo había lavado en un millón de años, de repente tuve la sensación de que iba a morir. Pero en vez de morirme, dije: Yo puedo enseñarlos a nadar. Y no necesitamos piscina.</p>
<p>Nos reuníamos dos veces a la semana en mi apartamento. Cuando ellos llegaban encontraban tres recipientes de agua tibia alineados en el piso, y frente a ellos un cuarto recipiente, el de la profesora. Le añadía sal al agua porque se supone que es saludable inhalar agua salada y tibia, y me imaginé que ellos la inhalarían accidentalmente. Les enseñé cómo sumergir su nariz y boca en el agua y cómo respirar hacia los lados. Luego le añadimos a eso las piernas, y luego los brazos. Admití que estas no eran las mejores condiciones para aprender a nadar, pero, les dije, así es como los nadadores olímpicos entrenan cuando no hay una piscina cerca. Sí, sí, sí, es mentira, pero una mentira que necesitábamos, éramos cuatro personas acostadas en el piso de la cocina, pateando como si estuviésemos rabiosos, furiosos, decepcionados o frustrados, y sin miedo de hacerlo.</p>
<p>La conexión con la natación debía ser forzada por medio de las palabras. Le tomó varias semanas a Kelda aprender a sumergir su rostro en el agua. No hay problema, ¡No hay problema!, dije yo. Empezaremos con un flotador. Le pasé un libro. Es perfectamente normal resistirse al recipiente, Kelda. Es el cuerpo que te está diciendo que no quiere morir. No, no quiere, dijo ella.</p>
<p>Les enseñé todas las brazadas que sabía. El estilo mariposa era increíble, algo nunca visto. Pensé que el piso de la cocina iba a ceder hasta convertirse en líquido y así se irían, con Jack Jack a la delantera. Era un alumno precoz. Realmente se movía por el suelo, con el recipiente y todo. Se acercaba a la cocina golpeteando desde el dormitorio, cubierto de polvo y sudor, y Kelda lo admiraba, mientras sostenía su libro con ambas manos y sonreía. Nada hacia mí, decía él, pero ella se asustaba, y además, se requiere un montón de fuerza en la parte superior del cuerpo para nadar en terreno sólido.</p>
<p>Yo era el tipo de entrenadora que se para a un lado de la piscina en vez de meterse en ella, pero igual estaba ocupada todo el tiempo. Si puedo decir esto sin sonar poco modesta, yo estaba en lugar del agua. Yo hacía que todo fluyera. Hablaba constantemente, como un instructor de aerobics, y sonaba el silbato en intervalos exactos, delimitando los extremos de la piscina. Ellos daban la voltereta al unísono y empezaban a ir en la otra dirección. Cuando a Elizabeth se le olvidaba usar sus brazos, yo decía: ¡Elizabeth! ¡Tus pies están arriba, pero tu cabeza se está hundiendo! Y ella daba brazadas frenéticamente hasta nivelarse.</p>
<p>Con mi meticuloso método de entrenamiento, todos los clavados arrancaban desde mi escritorio, con postura perfecta, y terminaban con una zambullida de frente en la cama. Pero eso era sólo por seguridad. No dejaba de ser buceo, no dejaba de tratarse de desprenderse del orgullo mamífero y entregarse a la gravedad. Elizabeth añadió la regla de que todos debíamos hacer algún sonido cuando nos lanzáramos. Eso era un poco creativo para mi gusto, pero estaba abierta a las innovaciones. Quería ser la clase de profesora que aprende de sus estudiantes. Kelda emitía el sonido de un árbol cayendo, si ese árbol fuese de sexo femenino. Elizabeth solía hacer “ruidos espontáneos” que siempre sonaban igual, y Jack Jack decía ¡Booombaaa! Al final de la clase nos secábamos y Jack Jack me daba la mano mientras Kelda o Elizabeth me dejaban algo de comer, algo como una cazuela o espagueti. Era un intercambio, y me resultaba tanto que no tuve la necesidad de buscar otro trabajo.</p>
<p>Eran solamente dos horas a la semana, pero el resto de las horas giraban alrededor de esas dos. Los martes y jueves en la mañana, me despertaba y pensaba: clase de natación. Las otras mañanas, me despertaba y pensaba: hoy no hay clase de natación. Cuando veía a alguno de mis alumnos en el pueblo, es decir, en la gasolinera o en la tienda, solía decirle algo como: ¿Has estado practicando en tu inmersión? Y ellos respondían: ¡Estoy trabajando en eso, profesora!</p>
<p>Sé que es difícil para ti imaginarme como una “profesora.” Yo tenía una identidad muy distinta en Belvedere, es por eso que me resulta tan complicado hablar cerca de eso contigo. Nunca tuve ningún novio allá; no hacía arte; no era para nada artística. Era algo así como una atleta. Era totalmente una atleta –era la entrenadora de un equipo de natación. Si hubiese pensado que esto te iba a interesar te lo habría contado antes, y tal vez aún estaríamos juntos. Han pasado tres horas desde que te vi en la librería junto a la mujer del abrigo blanco. Qué abrigo blanco tan hermoso. Obviamente eres muy feliz y pleno, a pesar de que terminamos hace apenas dos semanas.</p>
<p>Yo ni siquiera estaba segura de que habíamos terminado hasta que te vi con ella. Ahora te siento increíblemente distante de mí, como alguien en el otro extremo de un lago. Un punto tan pequeño que no es ni hombre ni mujer, ni joven ni viejo; que solo sonríe. ¿Y a quiénes extraño en esta noche? A Elizabeth, Kelda y Jack Jack. Ellos están muertos, de eso estoy segura. Qué tristeza. Debo ser la profesora de natación más triste de toda la historia.</p>
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		<title>Debilidad</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/11/debilidad/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 28 Nov 2017 14:46:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Existencia]]></category>
		<category><![CDATA[Oscuridad]]></category>
		<category><![CDATA[Planeta]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Julio Frailan Entre caos y estrés está la movida del día a día. Constantemente el ritmo te&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Julio Frailan</strong></p>
<p>Entre caos y estrés está la movida del día a día. Constantemente el ritmo te atrapa y te hace andar a su caminar, tratando de ver a los lados para un poco oxigenar, sintiendo el espacio reducirse al pasar las horas, mientras el planeta gira cada vez más.</p>
<p>El oxígeno se reduce y tu cuerpo no lo logra compensar, haciendo emane el reptil que tenemos habitando dentro de nuestro inconsciente y reaccionando al instinto básico de cazar o ser presa de la sociedad.</p>
<p>Se evapora el pensamiento y grisáceo se logra observar, lo que se quiere no se entiende entre nubes de codicia y maldad.</p>
<p>¿Rutina o karma lo podríamos llamar? Prueba de fuego en esta tercera dimensión fuerte por la toma de la oscuridad.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Inexorable</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/11/inexorable/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Nov 2017 15:33:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Pasión]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.seisgradosblog.com/?p=3909</guid>

					<description><![CDATA[<p>Por Yudarkis Veloz Sarduy Antes, cada vez que me miraba en el espejo pensaba en ti, y tenía&#8230;</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Yudarkis Veloz Sarduy</strong></p>
<p>Antes, cada vez que me miraba en el espejo pensaba en ti, y tenía la sensación de que iba a vomitar un conejito. Me ponía triste y salía corriendo a buscar tus libros para leer las partes subrayadas en azul, evitaba las subrayadas en rojo porque eran aquellas que más celos me habían provocado, y enseguida comenzaba a confiar en que pronto iba a saber de ti, en que por alguna ley del universo ibas a aparecer, en que apaciguada en esa otra gran virtud tuya, la literatura, iba a poder recordarte con menos desazón, sin el rubor de haberte amado como si fuera lo último que me tocaría hacer en esta vida. Me entregaba a tu erudición, deslumbrada y feliz de haberle pertenecido también a tu cabeza, y el conejo dejaba de hacerme la cosquilla en el estómago, se quedaba dormido o algo así.</p>
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<p>Ahora casi no pienso en ti, pero cuando me miro al espejo se me ocurren palabras de las que a veces no sé bien el significado. En el baño, por ejemplo, siento el martilleo con que la palabra apotropaico resuena en mi cabeza, y aprovecho el vapor impregnado en el cristal para escribir ¿apotropaico? Después lo busco en el diccionario y no aparece, pero sí lo encuentro en la enciclopedia:</p>
<p><em>Apotropaico: mecanismo de defensa que la superstición o las pseudociencias atribuyen a determinados actos, rituales, objetos o frases formularias. Algunos apotropaicos serían tocar madera, cruzar los dedos, decir ¡Jesús! para rechazar el mal agüero de un estornudo. Incluso, los romanos cortaban las manos a los suicidas como acto apotropaico para defenderse del mal espíritu. </em></p>
<p>Mira tú, ¿y a qué viene esa palabra a mi cabeza?</p>
<p>Frente al espejo del baño también me han asaltado palabras como violáceo, violoncello, concertista o rasquetear, que es pasar un cepillo por el pelo de un caballo para limpiarlo. Sin embargo, en el cuarto, mientras me aplico el lápiz y el rímel, se me aparecen geisha, cirugía, exfoliante, que de algún modo podrían tener que ver con el acto casi litúrgico de una mujer de treinta mirándose al espejo. Pero se me ocurren también abedul, panal, cubeta, otorrinolaringología, la pareja filo-cortante o el término eurítmico, que claro, es relativo a la euritmia, ese ritmo armonioso o la buena disposición y correspondencia de las diversas partes de una obra de arte   —ya quisiera yo—.  Se refiere también a la regularidad del pulso, bueno, eso es lo que dice el diccionario.</p>
<p>Lo cierto es que ya casi no me acuerdo de ti, no invoco tu nombre seis veces para ver si tocas a la puerta o llamas por teléfono. No se me aparece tu cara de seductor incorregible, ni me acerco a dejar dibujitos abstractos con mi aliento mientras suena en mi cabeza el “FULANO DE TAL”, “FULANO DE TAL”, “FULANO DE TAL”. Solo ha habido veces en las que palabras como jirafa, licantropía, revolotear, conjetura, zoológico, negro, temblor o nevermente, que es una palabra que solo te he escuchado a ti y a la que era tu esposa, te traen por los pelos a este desorden que es mi memoria, y como empieza entonces a removerse el conejito en la boca del estómago, me dan ganas de ir a leer tus versos, o las marcas azules que he dejado en todas tus novelas —siempre con el cuidado de no pasar la vista por las marcas en rojo—,  incluso de llamarte para saber de ti. Pero me abstengo, por supuesto.</p>
<p>Sin embargo esta mañana, cepillándome los dientes, por cada tres movimientos de muñeca mi cabeza repetía la palabra avulsión, la podía ver escrita con mi letra, con su uve y su ese preciosas. Y todavía no me había acordado de ti cuando sentí el conejito en el estómago y pensé enseguida en el síndrome del miembro fantasma. Me enjuagué la boca, y llegando al librero, apurada, porque casi siempre se me está haciendo tarde para llegar al trabajo, me vi en el espejo que ha puesto mi madre frente a la puerta con el afán de que todo el que pida algo para nosotros reciba a cambio lo mismo, y el espejo me gritó ni-se-te-ocurra, y trajo a mi cabeza las palabras reminiscencia, ansiedad, recaída, tentación, y el conjunto recuerda-que-todavía-puedes-amar-a-ese-hombre; y me imaginé sembrando tréboles para el conejo que enseguida comenzaría a querer salir.</p>
<p>Fue entonces que me persigné y saqué un libro al azar, de la parte del librero donde bien sé que no va a haber ninguno tuyo, y camino al trabajo lo manoseé un rato antes de meterlo en la cartera, y mirando de soslayo la contraportada pude leer:</p>
<p><em>El Premio de Literatura “Defendiéndose del Infortunio”, creado por iniciativa de uno de los más importantes novelistas y ensayistas contemporáneos, recayó, en esta su sexta edición en «Siempre habrá que hacerle caso a los espejos», de Octavio Riverón…</em></p>
<p>¡Qué simpático!, otro con el tema de los espejos, me dije…</p>
<p><em>En esta pieza las mezclas culturales, ciertos fetiches del erotismo y  la astuta sutilización del lenguaje se emulsionan en una trama de dramatismo y vigor muy singulares…</em></p>
<p>Parece que además el libro va a estar bueno, pensé. Y ya casi al guardarlo, sin que me diera tiempo a “ponerme los dedos en la boca como una pinza abierta”, y sin poder evitar “la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas”, terminé de leer:</p>
<p><em>…dejó constancia el jurado, integrado por Juanita Romero, Alberto Gutiérrez y “Fulano de Tal”.</em></p>
<p><strong>Fuente:  <a href="http://www.caimanbarbudo.cu/literatura/narrativa/2016/11/inexorable/">El Caimán Barbudo</a></strong></p>
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		<title>Miradas</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/11/miradas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 14 Nov 2017 15:22:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
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		<category><![CDATA[Erotismo]]></category>
		<category><![CDATA[Masturbación]]></category>
		<category><![CDATA[Sexo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Luis Manuel Ruiz La mujer me observa con una mirada inconfundiblemente morbosa. Tendrá unos cincuenta años, lleva&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Luis Manuel Ruiz</strong></p>
<p>La mujer me observa con una mirada inconfundiblemente morbosa. Tendrá unos cincuenta años, lleva un vestido rojo de encajes y, excepto sus ojos, todo su rostro irradia seriedad. A su lado otra señora parece hablarle. Ella solo me mira.</p>
<p>-Vieja puta- pienso y sonrío. En mi entrepierna una erección para nada involuntaria lucha contra la mezclilla. Me agarro el bulto sin disimular demasiado. Puedo ver como se sonroja, pero no aparta la mirada, le gusta.</p>
<p>Siempre he tenido suerte con las ¨maduritas¨, sobre todo las intelectuales con pinta de recatadas. Mi desenfado las atrapa, las hace sentirse deseadas. Es por eso que cada día vengo al Museo de Bellas Artes, hay cientos de ellas aquí. Me siento en el banco y las observo pasar con sus carpetas y sus libros. Paso horas escogiendo mi objetivo, buscando el brillo exacto tras los espejuelos que revele el lívido reprimido.</p>
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<p>Después, generalmente, me voy al baño y me masturbo unas tres veces. El baño del Museo siempre está vacío y huele a ambientador caro, parece que a los artistas les avergüenza mear, mejor para mí. Todavía recuerdo mis días por la Terminal de Trenes. La peste era insoportable y en ocasiones tenía que esperar a que otro terminara de hacer lo mismo. Pero aquí no. Este lugar es ideal, perfume, mujeres hermosas y hasta jabón, sí porque yo no soy ningún cochino de esos que andan por ahí embarrados de semen y quien sabe que otras cosas.</p>
<p>Aunque debo confesar que no siempre puedo aguantar los deseos. Un par de veces, cuando están a punto de cerrar y pasa la Señorita Martínez, creo que es la directora o algo así, me excito tanto que me la saco ahí mismo y me la agito lo más rápido posible para poder acabar antes que lleguen los de seguridad.</p>
<p>Después me tengo que perder unos días, me voy al malecón o a otro sitio en busca de mujeres a las que ¨disparar¨ un par de veces. Pero no es igual, no hay morbo, desde que descubrí a las cincuentonas, ninguna otra mujer me complace. Por suerte los guardias del museo cambian constantemente, creo que porque no les pagan bien, y en menos de una semana puedo volver.</p>
<p>Pero hoy ha sido diferente. Me había afeitado bien y perfumado. Llevaba una camisa a rayas que me habían regalado por destacado en el trabajo, estaba impecable. Iba buscando a la señorita Martínez, que no veo desde hace como un mes. Cuando pregunté por ella me dijeron que estaba en un evento en Madrid pero que regresaba el día cuatro, o sea ayer, para inaugurar no sé qué exposición de los Maestros Renacentistas españoles. Al principio me asusté. En este país eso de que ¨vuelve tal día¨ nunca se sabe con certeza, pero luego recordé que no es la primera vez que viaja y hasta ahora siempre ha vuelto. Así que continué con mi rutina normal en el baño del Museo en espera de su retorno.</p>
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<p>Pero al entrar vi a la otra. Era imponente, rodeada por un halo de seducción que todos parecían ignorar. Estaba parada conversando con una amiga. Lo primero que me llamó la atención fue el vestido, demasiado antiguo, y sin embargo se veía tan normal que nadie reparaba en ello. Me acerqué un poco y descubrí que me miraba. Tenía unos ojos verdes provocadores, anhelantes. Me le acerqué más y empecé a tocarme por encima del pantalón. Esa piel, esos senos que se agolpan tras el corsé, el descaro de mirarme sobarme el pene sin apartar la vista, no pude más, me lo saqué y comencé a masturbarme frenéticamente, como nunca.</p>
<p>Tras de mí podía oír los gritos, la risa de un grupo de jóvenes. Vi a la señorita Martínez, como una demente, llamando a seguridad. Nada de esto me importaba. La mujer seguía mirándome con aquellos ojos lascivos, su amiga no parecía enterarse de lo que ocurría y yo estaba a un par de sacudidas de acabar.</p>
<p>Un golpe contundente en la parte de atrás de la cabeza me hizo desmayar, pero ya no importaba. El torrente seminal de tres días, que había estado guardando para la Directora del Museo, golpeó de lleno el retrato de Su Majestad Isabel I de España, La Católica, y salpicó un poco a la Duquesa Ana de Castellón, su amiga y confidente, ninguna se inmutó. Antes de la oscuridad, lo juro, pude ver una sonrisa de satisfacción en su rostro.</p>
<p><strong>Fuente:<a href="http://www.caimanbarbudo.cu/literatura/narrativa/2017/10/miradas/"> El Caimán Barbudo</a></strong></p>
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