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	<title>Emigrantes &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Emigrantes &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>Con “el negro en la taquilla”</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/05/con-el-negro-en-la-taquilla/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 30 May 2018 00:17:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Caracas]]></category>
		<category><![CDATA[Emigrantes]]></category>
		<category><![CDATA[Gianni Mastrangioli]]></category>
		<category><![CDATA[Historia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Gianni Mastrangioli* Hay que ver que uno sí se vuelve lambucio en Italia. Se los juro, es&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gianni Mastrangioli*</strong></p>
<p>Hay que ver que uno sí se vuelve lambucio en Italia. Se los juro, es como si nos invadiese esa hambre mental que produce comprobar qué es realmente la comida mediterránea, nada que ver con lo que probamos en Chacao, La Candelaria, Las Mercedes. Jamón serrano, aceite de olivo, helado de chocolate, pasta, ñoquis, pan de costra y otras tantas delicadeces culinarias que deseamos meternos en la boca, bachaqueando los sabores. La noche que aterricé, me cené con unos amigos, o, mejor dicho, me embutí con ellos, calculo yo, por la media bajita, cinco platos. Juan Barreto, pues; el troglodita. Sin embargo, mi festejo de papilas gustativas encontró su fin cuando, estando en Venecia la semana pasada, el negro me tocó la taquilla. Plaza San Marcos, hora del almuerzo. Sobre el mantel de mi mesa, un pedazo de tiramisú, un trozo de pizza napolitana y media botella de vino tinto. Doblando las tiras de salchichón y pensando que lo restante podría llevármelo envuelto en una servilleta, sentí aquel fresquito de playa de las cinco de la tarde. ¿Saben a lo que me refiero?, ¿tipo como cuando estás en La Guaira, sales de la orilla y te pega esa brisita fría en el estómago? Bueno, así. Al principio me dio cierto placer, pero luego me di cuenta que alguien quería hacerme la visita…y no en góndola. Era el negro. O los negros. Qué sé yo. Inspecciono. A mi alrededor, veo un letrero que dice “fuera de servicio por mantenimiento”. Verga. Pago la cuenta, me alzo disparado de la silla y empiezo a correr a la estación de Santa Lucía, donde había visto uno. Sudor. Piernas temblando. Hemorroides cerrando la aduana. El celular, sin batería.</p>
<p>Y no es que en Venecia puedes parar un taxi y escaparte como si fueras un cohete. No. Están los canales, los pequeños lagos, los puentes, los turistas rompi coglioni y demás laberintos acuáticos. “Disculpe, señor: de aquí de San Marcos, ¿cómo llego hasta Santa Lucía? No me funciona el Google Map”, pregunté. “Vea, ragazzo: Calle dei Fabbri, después gira a la izquierda por la calle dei Fabbri, después gira ligeramente por la calle Bembo y luego vuelve a girar por la calle dei Fabbri. Facilísimo”. ¿Ustedes entendieron? Pues, yo tampoco. De allí que decidí poner en práctica mis instintos de orientación caraqueños, buscando “la cuadra llanera”, “la vuelta de la esquina”, el “después del semáforo” y el “pasando el quiosco”. Nada. Como si hubiera ido de Plaza Venezuela a Sabana Grande, retorné a San Marcos. La vuelta en U. Coño de la madre. “¿Cómo es que era la calle esa?, ¿Fabbri?”, me dije a mí mismo. Sudor. “Sí, Fabbri”. Brisa. “Muévete”. Agua, agua, sólo agua. Venecia se pintaba tranquila: Gente distraída, tomando fotos; ignorando por completo la composición de instrumentos intestinales que yo cargaba por dentro. Había negocios con máscaras, las cuales pensé que, por un segundo, se estaban riendo de mí. “Al fin, la fulana calle dei Fabbri. Dale, Gianni, dale. Casi llegas”. Pero fue tarde. Apenas vi el reloj de la estación a lo lejos, al otro lado del Gran Canal, se desparramó la parranda. Sentí la presencia del negro y sus amigos, todos bailando ritmos venezolanos diversos. Leo-leo-lé, leo-leo-lá; ay, Julián, Julián, Julián José, repíqueme los tambores que me lo quiero aprender, golpe…</p>
<p>De igual forma, pagué un euro para entrar a inspeccionar los daños. Como un perito. Un pantalón parduzco como el río Guaire, unas medias testigos de la vaguada presente y un par de interiores con una gran raya larga. Tan larga, como la vergüenza que me invadió al recordar que había dejado la cartera encima de la mesa, con el pedazo de tiramisú y el trozo de pizza.</p>
<p><a href="https://www.facebook.com/LaEsnogotaOnline/photos/a.2015229405468436.1073741828.2013849572273086/2033292553662121/?type=3"><strong>*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.</strong> </a></p>
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		<title>De El Cafetal a Londres</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/04/de-el-cafetal-a-londres/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 25 Apr 2018 17:50:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Caracas]]></category>
		<category><![CDATA[El Cafetal]]></category>
		<category><![CDATA[Emigrantes]]></category>
		<category><![CDATA[Historias]]></category>
		<category><![CDATA[HistoriasDeEmigrantes]]></category>
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		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Venezolanos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Gianni Mastrangioli* Si bien tengo ya casi tres años viviendo en el Reino Unido, todavía el idioma&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gianni Mastrangioli*</strong></p>
<p>Si bien tengo ya casi tres años viviendo en el Reino Unido, todavía el idioma me juega algunos “trucos”. En estos días fui a hacer mercado cerca de mi zona y, al ver los potecitos que tanto me encantan, se me salió la señora de El Cafetal. Saben, ese punto de la vida donde los sartenes de teflón comienzan a quitarte el sueño por su hermosa belleza y brillantez. Ese momento donde tomas pastillas para dormir, el escándalo te pone de mal humor <span class="text_exposed_show">y mueres por ver la nueva colección de los catálogos de Avon. Yo la llevo internamente, y de vez en cuando mi señora sale a tomar parte de mi joven personalidad. </span></p>
<p><span class="text_exposed_show">Lo cierto del caso es que quedé enamorado con un envase de tapa plateada y esmalte blanco. Ni leí. Supuse, por lo que vi por encima, que era una crema para el cuerpo. Entonces de inmediato fui a la caja y, con monedero bajo el sobaco, saqué las monedas y pagué (así mismo, cual pensionada). Acto seguido, cogí el autobús. Al llegar a mi casa, en seguida tomé una ducha con el propósito de untarme, una vez limpio, este preciado tónico que tanto anhelaba a mi artrítico placer. “Qué olor más bueno”, me dije. Vainilla.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
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<div class="text_exposed_show">
<p>Vestido y más perfumado que Libertad Lamarque antes de salir por televisión, me fui al trabajo. No obstante, cuando iba camino a la estación de metro, me doy cuenta que los dedos de mis manos estaban, ¿cómo decir?, ¿pegajosos? Era una sensación asquerosa, de esas que forman una especie de “hilitos” entre los dedos. Algo andaba mal. Coño, no puede ser. De inmediato di la vuelta y, apenas entré desesperado a mi cuarto y leí con atención las instrucciones de la etiqueta del producto recién comprado, vi que decía “jabón corporal; aplíquese en la bañera”.</p>
<p>Coño de su madre. Sentí un calorón menopáusico, frustrante. Mi ficticia vejez había sido engañada por la no-prevención de informarme antes de adquirir. Moraleja: Controlen a su señora interior. A veces la tercera edad nos juega una miopía de confusiones que nos cuesta caro.</p>
<p><strong>*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.</strong></p>
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		<item>
		<title>Jaime Bayly: “Un amor del tamaño del mar”</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/11/jaime-bayly-amor-del-tamano-del-mar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 10 Nov 2017 11:25:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Bayly]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[EEUU]]></category>
		<category><![CDATA[Emigrantes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La señora que viene los fines de semana a limpiar la casa se llama Lorenza Pastora. Es paraguaya.&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="row">
<div class="col-xs-12 col-print-12">
<p class="element element-paragraph">La señora que viene los fines de semana a limpiar la casa se llama Lorenza Pastora. Es paraguaya. Habla como paraguaya. Es una delicia escucharla. Tiene un acento musical. No ha cumplido cuarenta años. Tiene apenas treinta y ocho. Lleva diez años viviendo en este país.</p>
<p>&nbsp;</p>
</div>
</div>
<div class="row">
<div class="col-xs-12 col-print-12">
<p class="element element-paragraph">Lorenza Pastora dejó a sus dos hijos en Asunción antes de venir a los Estados Unidos. Entonces tenían cinco y tres años. Ahora el muchacho, Isidro Daniel, tiene quince años y la chica, Paula Edith, trece. Lorenza Pastora no los ha visto crecer. Hace diez años que no los ve. No puede verlos porque si regresa a Paraguay, pierde la posibilidad de entrar de nuevo a los Estados Unidos. Hablan por teléfono todos los días. Se ven por Skype. Son chicos buenos, responsables. Sacan buenas notas en el colegio. Su madre está orgullosa de ellos.</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p class="element element-paragraph">Con el dinero que ha podido ahorrar estos últimos diez años trabajando como limpiadora de casas, Lorenza Pastora se ha comprado una casa en el campo, en las afueras de Asunción, con muchos árboles de aguacates. Allí viven su madre y sus dos hijos. Ella todavía no ha conocido esa casa. Su sueño es retirarse en unos años, regresar a Asunción y vivir en esa casa en el campo con su mamá y sus hijos. No está lejos de lograrlo. Va por buen camino.</p>
<p>&nbsp;</p>
</div>
</div>
<div class="row">
<div class="col-xs-12 col-print-12">
<p class="element element-paragraph">Cuando le pregunto por sus hijos, se emociona, se le corta la voz, se le humedecen los ojos. Diez años sin verlos es mucho tiempo, demasiado. Está loca por verlos. No sabe qué hacer. Está tramitando su residencia. Mientras no se la concedan, no puede salir de los Estados Unidos. Si viaja al extranjero, no la admitirán de regreso. A veces se entristece, se llena de melancolía, decide que volverá a Paraguay de una buena vez y para siempre. Pero luego hace acopio de valor y perseverancia y se promete trabajar unos años más, hasta que tenga un dinero ahorrado que le permita abrir un negocio allá. No quiere volver a su tierra a pedir trabajo como empleada. Su sueño es abrir un negocio, ser la dueña, la jefa, y no obedecer órdenes de nadie. Yo la animo a que no desmaye y cumpla su sueño. Ella piensa en abrir un negocio simple, una tienda de abarrotes, una bodega, una ferretería. Le pregunto si una peluquería sería una buena idea y me dice que no. Le pregunto si una licorería sería rentable y me dice que seguramente sí, pero ella es una mujer seria, honorable, de convicciones religiosas y valores morales, y no quiere hacer dinero vendiendo cosas que hacen daño, que intoxican, que sacan lo peor de la gente. Admiro su sabiduría. No lee libros de alta literatura, pero me parece que sabe de la vida mucho más que yo. Y su ética de trabajo es, en verdad, asombrosa. Nunca se queja, nunca pide vacaciones, nunca se enferma o indispone, y cuando viene los fines de semana, está siempre atareada, limpiando algo, inventándose un quehacer, una faena, no descansando ni mirando la televisión. Yo no trabajo ni la décima parte de lo que ella trabaja. Yo voy a la televisión, me pintan la cara y hablo. Me pagan por hablar. Eso no es trabajar. También escribo cosas raras, ficciones que no lo parecen. Eso tampoco califica como trabajar. No a mis ojos ni a los de mi madre.</p>
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<p>&nbsp;</p>
</div>
</div>
<div class="row">
<div class="col-xs-12 col-print-12">
<p class="element element-paragraph">Le digo a Lorenza Pastora que, si ella no puede viajar a Asunción a abrazarse con sus hijos, hay que traerlos a Miami. Me dice que es imposible, que no les darán la visa. Le digo que haré mi mejor esfuerzo y usaré mis contactos e influencias para que les den la visa de turistas. Hablo con un amigo que trabaja en la Casa Blanca. Me sugiere que mande cartas de invitación al consulado de los Estados Unidos en Asunción. Me promete que le enviará un correo al embajador, pidiéndole que nos ayude. Le agradezco de corazón. Escribo una carta, invitando a los hijos de Lorenza Pastora, diciendo que Isidro Daniel y Paula Edith son artistas, escriben música, cantan canciones muy lindas y quieren venir a promocionar el disco que pronto lanzarán al mercado. Todo es mentira. Pero es una mentira piadosa, necesaria para que les den la visa. Digo en la carta que voy a entrevistarlos en mi programa, que voy a pagarles el pasaje aéreo y el hotel, que me hago responsable de que, cumplida la entrevista, no se queden a vivir en los Estados Unidos, excediendo el tiempo límite que les fijen como visitantes. Unas semanas después, los jóvenes llaman a Lorenza Pastora y le cuentan, eufóricos, que les han dado la visa. Lorenza Pastora está emocionada, me abraza, llora, lloramos. Yo soy muy sentimental, muy fácil de llorar. Una madre que no ve a sus hijos hace diez años porque se sacrifica trabajando como una leona para que ellos tengan una mejor futuro, una casa propia, una profesión, es a mis ojos una heroína, una santa, una persona que enriquece al mundo con su contribución generosa, altruista. Necesitamos gente como Lorenza Pastora. Estoy con ella hasta el final. Por eso, apenas nos confirman que les han dado la visa a sus hijos, compro los pasajes. No hay vuelo directo entre Asunción y Miami. Deberán hacer escala en Lima. Volarán en Avianca. Decido comprar los boletos en clase ejecutiva, así los chicos tendrán un viaje de ensueño. Se lo merecen. Lorenza Pastora se lo merece. Y yo tengo la plata para darles ese pequeño gusto. Son los pobres, los desamparados, los desheredados de este mundo quienes deberían viajar en primera clase. Los ricos llevan ya vidas demasiado confortables, no estaría mal que viajasen de vez en cuando en clase turista para recordar que otros viven más apretados e incómodos que ellos.</p>
<p>&nbsp;</p>
</div>
</div>
<div class="row">
<div class="col-xs-12 col-print-12">
<p class="element element-paragraph">Le digo a Lorenza Pastora que iremos juntos al aeropuerto de Miami a recibir a sus hijos. Ella no ha dormido en la víspera, no puede creerlo, todo le parece un sueño. El vuelo debe de llegar poco antes de las cuatro de la tarde. Lorenza Pastora viene a mi casa, comemos algo ligero, pasamos por una florería y compramos rosas y orquídeas, luego compro chocolates y vamos al aeropuerto. Mientras los esperamos en el tercer piso, Lorenza Pastora me cuenta que el papá de sus hijos la dejó embarazada dos veces y luego desapareció. No está en la foto, nunca lo estuvo, no colaboró económica ni afectivamente en la crianza ni en la educación de los chicos. Es una historia tantas veces repetida en nuestros países. Le digo que ella es, a un tiempo, una madre y un padre, un gran ejemplo para sus hijos, y que son personas de bien gracias a ella, a su esfuerzo, su tenacidad, su espíritu de lucha. Cuando habla del papá de sus hijos, no siento rencor en sus palabras ni en su mirada. Lorenza Pastora es una mujer hecha de madera noble. No conoce el odio, el resentimiento, el rencor. No piensa que hubiese merecido una vida mejor. Está agradecida por la vida que le ha tocado. Se siente una mujer con suerte, y más aún ahora, a pocos minutos de abrazar a sus hijos, tras diez años sin verlos.</p>
<p>&nbsp;</p>
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</div>
<div class="row">
<div class="col-xs-12 col-print-12">
<p class="element element-paragraph">Los chicos aparecen a lo lejos, empujando unos carritos metálicos con maletas abultadas. Isidro Daniel y Paula Edith corren extasiados a abrazar a su madre. Lloran con ella. Le dicen cosas dictadas por el amor más profundo, un amor que nace en esa zona del espíritu que no perecerá, que es inmortal. Se parecen muchísimo a ella. Son gorditos y pecosos como ella. Son buenos, bonachones, querendones, su mirada los delata. Ambos la han sobrepasado en altura, sobre todo él, que es ya un hombre, un muchachón. Los abrazo, les doy las flores. Les digo que su madre es una campeona, que tengo tanta suerte de haberla conocido, que todos quienes la conocemos, la respetamos y admiramos profundamente. Entramos en la camioneta, las grandes maletas apretujadas atrás. Comemos chocolates. Ellos hablan en su lengua pintoresca, musical. Cuentan cómo fue el viaje. Nunca habían viajado en avión. No se dieron cuenta de que iban en clase ejecutiva. Lorenza Pastora y yo nos reímos.</p>
<p>&nbsp;</p>
</div>
</div>
<div class="row">
<div class="col-xs-12 col-print-12">
<p class="element element-paragraph">Al llegar a casa de Lorenza Pastora, nos despedimos con un gran abrazo y les dejo a los chicos unos sobres con dólares para que puedan costear sus gastos y comprar regalitos a su madre. Qué lindos chicos, qué humildes, qué tiernos, qué agradecidos con la vida. Le digo a Lorenza Pastora que venga con ellos a la casa el fin de semana. Quiero que mi hija los conozca, los escuche, aprenda a quererlos. Les recuerdo que deben traer traje de baño para meternos en la piscina.</p>
<p>&nbsp;</p>
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</div>
<div class="row">
<div class="col-xs-12 col-print-12">
<p class="element element-paragraph">El fin de semana los chicos vienen con Lorenza Pastora a mi casa. Dormirán con su madre, en el cuarto de huéspedes. Hemos puesto dos camas plegables, y es un cuarto grande, de espacios generosos. Han traído ropa de baño. No saben nadar. Por suerte la piscina no es tan honda y tienen piso en una parte de ella. Lorenza Pastora y su hija Paula Edith no se animan a meterse en el agua. Solo el joven Isidro Daniel se da un chapuzón rápido. Luego nos echamos en las tumbonas y hablamos de fútbol, sobre todo de fútbol argentino, del partido increíble que Lanús le volteó a River, mientras Lorenza Pastora y su hija hablan con mi esposa y nuestra hija. Ellos, los visitantes paraguayos, son muy comedidos y solo aceptan agua y helados, no toman vino ni cerveza. Mi mujer toma cerveza, yo, vino helado canadiense.</p>
<p>&nbsp;</p>
</div>
</div>
<div class="row">
<div class="col-xs-12 col-print-12">
<p class="element element-paragraph">Más tarde entramos en la casa y, cuando ven el cuarto de música de nuestra hija, los hijos de Lorenza Pastora parecen especialmente felices, sus ojos refulgen de ilusión. De pronto descubro que sienten pasión por la música. Cuando dije que vendrían al programa a cantar y hablar de su nuevo disco, pensé que estaba mintiendo en toda la línea. Pero ahora los chicos me preguntan si pueden cantar dos o tres canciones. Les digo que sí, por supuesto. Paula Edith toca el piano, Isidro Daniel, la guitarra, ambos cantan y Lorenza Pastora, embriagada de amor y ternura y gratitud, me mira y llora y lloramos, y en ese momento somos eternos, inmortales, y todo el amor que ella siente por sus hijos es del tamaño del mar.</p>
<p><strong>Fuente: <a href="https://www.noticiasaldiayalahora.co/opinion/jaime-bayly-un-amor-del-tamano-del-mar/amp/">noticiasaldiayalahora.co</a></strong></p>
</div>
</div>
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			</item>
		<item>
		<title>En el infierno de Dante</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/01/en-el-infierno-de-dante/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 18 Jan 2017 14:48:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Colombia]]></category>
		<category><![CDATA[Cuba]]></category>
		<category><![CDATA[Emigrantes]]></category>
		<category><![CDATA[Fidel]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>&#8220;No pretendo a la orilla de este verso desafiar al universo y muchos menos herir&#8221; &#160; Por Maie&#8230;</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>&#8220;No pretendo a la orilla de este verso desafiar al universo y muchos menos herir&#8221;</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;"><strong>Por Maie Sánchez López</strong></p>
<p>Desde la muerte de Fidel he visto las más hermosas expresiones para con él y a la vez las más despreciables voces humanas. Señales de agradecidos que ven a este hombre como el salvador, el Jesucristo de la moderna humanidad, el visionario de este nuevo mundo. Asimismo, palabras de incautos que le imputan ser el culpable de millonarias muertes, el dictador más grande de la historia, o el ser rico y poderoso que con su magia negra pudo poner a once millones de personas como zombis, sin voluntad ni posibilidad, ni información, ni conciencia, ni principios y sobre todo sin cerebros.</p>
<p>He aprendido que el mundo siempre ha estado divido en dos bandos: el bien y el mal, Dios o el diablo, ricos y pobres, invadidos e invasores, verdad y mentira, guerra y paz. No me sorprende ver las disimiles opiniones que hay respecto a la muerte de Fidel y como lo he dicho en otros espacios, todos los argumentos son válidos y respetables, pero quiero poner en consideración algunas de mis reflexiones en materia humana.</p>
<p><em>Cada País es un universo dentro del universo. </em>Lo he podido constatar en este paso por algunos países de Latinoamérica. He llegado a la conclusión de que ningún sistema es perfecto por más que haya persistido en la historia, que nosotros los humanos somos los encargados de llevar con coherencia nuestros principios e ideales sean utópicos o no.</p>
<p>Soy cubana emigrante y creo fielmente que nadie tiene el derecho de decir lo que un país deba o no hacer para mantenerse en el “camino”. Conozco personas que han entregado su ser a un sentido común de identidad y dignidad humana, personas que desde la resiliencia dignifican la causa de un Estado que aun con un bloqueo económico ha sido capaz de mantenerse firme.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>También se de muchos que han tenido miedo en este pasar del tiempo entre la distancia y la lejanía de familias, miedo a la falta de libertad de expresión, de lograr medianamente sus sueños de convertirse en esclavos de un sistema poco probado. Ahora, cuando se dice miedo yo también tengo mi posición y lo haré desde mi actual realidad: miedo es el que vivimos todos los días pensando que tenemos que pagar los servicios públicos, miedo es no tener con qué pagar la seguridad social y el sólo hecho de imaginarnos en un pabellón de caridad nos da escozor, porque aquí (en Colombia) la salud es un negocio no un derecho.</p>
<p>Miedo que no haya sido capaz de trabajar para pagar mis estudios. Miedo que no tenga con qué pagar los impuestos que ahora hasta los mínimos artículos los tienen. Miedo sí, a tanta inseguridad porque naturalizamos la muerte y el enriquecimiento ilícito y fácil. Miedo a no ser capaz de renunciar a algo para compartirlo con otros. Eso sí que da miedo, miedo a estas realidades, y mucho más miedo a no ser capaz de luchar por las causas justas.</p>
<p>Tengo sentimientos encontrados respecto a lo que significó Fidel porque no creo en el poder absoluto del Estado, y en otras políticas utilizadas en Cuba para mantenerse a flote pese a los conflictos internos generados por las mismas. Pero aprendí a admirar a Fidel por llevar adelante la dignidad de un pueblo, por hacer posible una educación de calidad (probablemente la mejor de América Latina) al igual que el sistema de salud, solo comparado con los países del llamado primer mundo.</p>
<p>Fidel bregó con un embargo económico por más de 50 años defendiéndose, además, de insultos atentados y denigración. Es cierto que Cuba es un país pobre y lo seguirá siendo pues como isla no tiene los recursos naturales que puede tener otro de mayor extensión de tierra, donde fácilmente se encuentra petróleo, oro o simplemente se desarrolla la agricultura.</p>
<p>Se suele confundir mucho el término “calidad de vida”, pero eso lo puede aclarar Manfred Max Neef, economista chileno, quien dice: “<em>El desarrollo se refiere a las personas y no a los objetos (…) El desarrollo no es lo mismo que el crecimiento, y el crecimiento no precisa desarrollo”. </em></p>
<p>Entonces, puedo decir que de los años que viví en Cuba aprendí que calidad de vida se parece mucho a la garantía del acceso a la salud, a la educación. Calidad de vida es respeto por la niñez, por los adultos mayores. Calidad de vida significa también contar con la solidaridad de un pueblo. Por eso y por otras razones, volveré a Cuba las veces que la vida me lo permita.</p>
<p>He aprendido que las guerras se terminan dialogando, aprendiendo juntos, reparando y haciendo de la diferencia una oportunidad para dignificar el valor de la vida, la familia (comprendiendo que la familia va más allá del primer grado de consanguinidad. Eso hasta lo dice la iglesia: “todos somos hijos de Dios”.</p>
<p>Lo humano está por encima de cualquier atesoramiento de objetos, si alguien piensa lo contrario, entonces, me declaro en el infierno de Dante, al lado de Brunelo, Gabo, Galeano y todos los que estiman que han de llegar a él.</p>
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