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	<title>Ficción &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Ficción &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>La despedida</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/05/la-despedida/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 03 May 2018 23:44:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Amores]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Yo nunca vi a mi padre llegar borracho a casa como los demás hombres del pueblo. Al contrario,&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="yo-nunca-vi-a-mi-padre-llegar-borracho-a-casa-como-los-demas-hombres-del-pueblo-al-contrario-nos-dedicaba-mas-tiempo-y-atencion-de-lo-que-se-suele-esperar-de-un-padre-que-ha-tenido-que-lidiar-toda-s"><span style="color: #6e4d8b;">Yo nunca vi a mi padre llegar borracho a casa como los demás hombres del pueblo. Al contrario, nos dedicaba más tiempo y atención de lo que se suele esperar de un padre que ha tenido que lidiar toda su vida con la rudeza del campo</span></h4>
<p><strong>Por </strong><strong>Luisana Arteaga</strong></p>
<p>Toda la gente del pueblo hablaba siempre muy mal de mi padre, yo fui creciendo y todo lo que escuchaba sobre él eran comentarios del tipo “ese no sirve para nada”, “es un vago”. “un Don Nadie”. Lo más crudo de todo lo que se decía era que, ese hombre que me había dado la vida, no hacía más que sacrificar a mi madre.</p>
<p>Mi mamá, sin embargo, siempre lo atendía bien. Cuando mi padre llegaba a casa –cansado por su faena de agricultor-  los ojos se le alumbraban. Yo los veía a escondidas, con mirada de muchacho pícaro, por entre las cortinas que separaban mi cuarto de la pequeña sala de la casa.</p>
<p>Hubo una etapa de mi vida en la que me agarraba a golpes con cualquiera que hablase mal de mi padre. Eso dio pie a que en el pueblo me llamaran “Mandinga”. Cuando iba a comprar leche  en la esquina, en la pequeña tienda del portugués, oía  todas las voces susurrando: “¡ojalá que mandinguita no se parezca a su papá cuando crezca!,¡guá!, pero ya muestra esa sangre mala cuando se encabrita”, “no te hagas ilusiones, porque es el vivo retrato de su padre”, “la mala hierba se le nota hasta en el caminar”.</p>
<p>Hasta los diez años yo no supe la razón del maltrato, de ese odio enconado que los vecinos tenían reservado a mi padre. Lo único cierto era que todas las noches  los esperaba en mi cama, con los ojos bien apretados, a que llegara y me arropara con sus manos ásperas por el trabajo campestre y me plantara un beso en la frente, con sus labios todavía ardiéndoles por el duro trabajo del día.</p>
<p><img class="aligncenter size-large wp-image-5359" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-1024x768.jpg" alt="" width="1024" height="768" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-1024x768.jpg 1024w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-300x225.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-768x576.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-800x600.jpg 800w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-600x450.jpg 600w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816.jpg 1280w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></p>
<p>Recuerdo también el 24 de diciembre del 83, nos había ido muy mal ese año. Pero mi padre llegó a media noche con un perrito abrigado entre el bolsillo de su chaqueta verde oliva que en el cuello tenía un pañuelo rojo. Mi hermana Titina, al ver aquel regalo, saltó de la emoción. Y entonces, ocurrió algo mágico, pronunció su primera palabra: “popoyo”.</p>
<p>Cuando empecé a ir a la escuela, mi padre me llevaba todos los días en sus hombros. Era un hombre alto, moreno, fuerte y de aspecto recio, o al menos a mi edad así lo veía. Pasaba por las calles apretando los labios e irguiendo la espalda -el silencio de los transeúntes era abrumador-. Yo, por mi parte, estaba engreído, como si estuviese siendo transportado por Bolívar, Miranda, Zamora o cualquiera de esos señores importantes de los que nos hablaban en la clase de historia.</p>
<p>Todos decían que él era malo, pero yo nunca vi a mi padre  llegar borracho a casa como los demás hombres del pueblo. Al contrario, nos dedicaba más tiempo y atención de lo que se suele esperar de un padre que ha tenido que lidiar toda su vida con la rudeza del campo. No tenía miedo de besarnos ni de contarnos, en las tardes, historias fantásticas a la orilla del río. Tenía una habilidad tremenda con las manos y sabía hacer, con madera, piedra o papel, todo lo que mi hermana y yo le pedíamos.</p>
<p>Cuando cumplí doce puse en práctica lo que el destino me había deparado: trabajar el campo. Mi madre siempre nos despedía esperanzada, y nos sentíamos orgullosos cuando al atardecer traíamos hortalizas y verduras cosechadas por nuestras propias manos.</p>
<p>Para divertirnos en casa, construimos un pequeño retablo en la parte de atrás. Mi madre hacía los muñecos que mi padre y yo animábamos. Era una especie de secreto que muy poca gente del pueblo sabía. La verdad, es que ahora pienso que éramos felices en nuestra pequeña intimidad.</p>
<p>Estos son los pocos recuerdos que conservo de mi padre, porque lo último fue la despedida. Sucedió en los primeros días de febrero cuando llegó a casa el Jefe Civil con tres hombres de aspecto citadino, todos vestidos de negro. Conversaron largo rato en el patio y hablaban sobre incumplimiento de leyes, invasión de terrenos, agitación social y resolución presidencial.</p>
<p>Cuando se lo llevaron, besó a Titina.  Luego se giró hacia mi y  dijo:</p>
<p><span class="st">—</span> ¡Cuídalas, hijo, porque ahora usted es el hombre de la casa!</p>
<p>Después abrazó y besó a mi madre como quien no quiere irse, hasta que los guardias, abruptamente los separaron.</p>
<p>Los tres nos quedamos en la puerta viéndolo desaparecer. Lo único que escuchamos fue el alboroto en las calles del pueblo: ¡Se llevaron a Egidio, se lo llevaron!, ¡fueron los pantaneros!, ¡pobres gentes, pobre Amalia, pero él se lo buscó!</p>
<p>Ese fue el último día que vimos a mi padre. Yo todavía siento en mi frente sus labios tibios y las toscas caricias de sus manos ásperas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Soy una sweet art</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/04/soy-una-sweet-art/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 22 Apr 2018 15:16:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Barranquilla]]></category>
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		<category><![CDATA[Colombia]]></category>
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		<category><![CDATA[Eilyn Diaz Romero]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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		<category><![CDATA[Psicología]]></category>
		<category><![CDATA[Psicología Positiva]]></category>
		<category><![CDATA[Soledad]]></category>
		<category><![CDATA[Terapia]]></category>
		<category><![CDATA[Trastorno]]></category>
		<category><![CDATA[Vida real]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los histriónicos suelen ser personas brillantes ante la mirada del otro, y tremendamente lumínicos socialmente. No tienen enemigos.&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="los-histrionicos-suelen-ser-personas-brillantes-ante-la-mirada-del-otro-y-tremendamente-luminicos-socialmente-no-tienen-enemigos-ejecutan-su-trabajo-a-cabalidad-y-asumen-roles-admirables"><span style="color: #6e4d8b;">Los histriónicos suelen ser personas brillantes ante la mirada del otro, y tremendamente lumínicos socialmente. No tienen enemigos. Ejecutan su trabajo a cabalidad y asumen roles admirables</span></h4>
<p><strong>Por Eilyn Díaz-Romero</strong></p>
<p>Barranquilla es una pequeña ciudad de la costa Caribe de Colombia, ubicada al norte de este país. No llega ni a más de dos millones de habitantes. Es sumamente festiva y reconocida a nivel mundial por sus fiestas carnestolendas, donde todos terminan conociéndose entre sí (al menos de vista) y eso crea un ambiente de familiaridad único. Bueno, no es lo mismo que opina ella, la que se siente observada y poca cosa, la que su vida ha estado empañada a causa de la violencia cruel y despiadada por la que ha tenido que ir a más de un lugar, tratando de olvidar las cabezas rodando en las canchas de fútbol que usaban como balón los mismos hombres crueles que las arrancaron de sus cuerpos. Tratando de olvidar las torturas de familias enteras, entre otras barbaries.</p>
<p>Pero ya está allí, en esa ciudad cuya luna enamora porque “tiene una cosa que maravilla”, en la que no puede siempre detenerse a pensar;  si lo hiciera, se moriría de susto y no viviría.  Su nombre es Soledad. Siempre, en las mañanas, piensa qué hacer, cree improvisar sobre qué vestir y a pesar de su bella sonrisa, su ternura que envuelve, su gran amabilidad y el mundo de personas que la llaman amiga, ella llora y dice sentirse sola, estar sola.</p>
<p>Un raro día de enero, de esos que parecen decembrinos por la ventolera típica de este mes en esa ciudad, ella se encuentra en su cama sin poder levantarse.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>3:45 a.m.</strong> El despertador aun no suena, la temperatura corporal aumenta y los mismos pensamientos que rumiar la acompañan. No es un día cualquiera, es temprano para ella. Normalmente se despierta a las 6:00 a.m. y aun cuando sabe que tiene que ir al trabajo, se retrasa y se excusa en la distancia que hay entre su casa y la oficina, para intentar quedar bien.</p>
<p><strong>Psicoterapia a bordo.</strong> Harta de creer que la psicología es una mierda y los psiquiatras son para locos, adictos, se resiste a ir. Pero la dualidad entre lo que piensa y cómo se siente, más la presión por dejar de ser una máscara de carita feliz que todos conocen, y la relación fallida que acaba de “abandonar”, le dictamina que no hay más camino, que ya es inevitable escapar de allí.</p>
<p><strong>Martes, octubre 20 de 2015.</strong> El día de consulta. <em>Diagnóstico: Violencia social y de género, depresión por guerra, trastorno de la rumiación, trastorno adaptativo con ansiedad, </em><em>trastorno mental no especificado (no psicótico)</em><em>; manifiesta haber fumado y últimamente abusar de la nicotina, consumo de cannabis con el que manifiesta sentirse cómoda y no ser adictivo, pero si un escape “saludable” para relajar el cuerpo y la mente. Sobremedicación para dolores musculares y calambres. Mujer joven, 25 años de edad. Hija del medio (la número tres) de cinco hermanos. Única mujer, padres vivos: profesora y mecánico. Desplazados por violencia desde sus 13 años. Estuvo en un lugar de acogida por dos meses con toda su familia mientras podían mudarse. Fue violada sexualmente y nunca lo ha podido decir en terapia abiertamente. </em>Lee la terapeuta unos minutos antes de que Soledad entre a su primera hora de terapia.</p>
<p>“¡Vaya! Cuantas etiquetas, el DSM V se quedó corto”, piensa Elizabeth.</p>
<p>&#8211; Hola Soledad, dice la psicóloga cuando la ve entrar.</p>
<p>Demasiada resistencia. La hora parece interminable y no se da la empatía.</p>
<p>-¿Qué quieres saber?, ¿Por qué has venido a consulta?</p>
<p>Silencios largos… Soledad se abstrae y mira el reloj, entonces empieza a desahogarse:</p>
<p>-Está bien, ¿Cómo o por qué cree usted que ahora si puede hacer algo por mí como profesional?, ¿Qué tienen los psicólogos que creen que pueden venir a cambiarme-curarme, como si fueran dueños de una varita mágica?, ¿Qué es lo que tengo que saber para no creer que estoy perdiendo el tiempo y que no da lo mismo contarle a usted que a otra amiga cualquiera con quien desahogarme?  Digo, si es que me atreviera.</p>
<p>Elizabeth la observa y elabora su discurso:</p>
<p>&#8211; ¡Cuánto tenías por decir y todos juzgan a priori!. Se creen –nos creemos– con derecho de etiquetar.</p>
<p>La empatía (magia) llega, el milagro sucede y se traduce en catarsis.</p>
<p>***</p>
<p>&#8220;Han pasado más de seis meses, la psicoterapia ha dejado de ser esa cosa vana en la que no surge ningún efecto real. Es lejana, solo tiene efectos en los otros&#8221;, piensa Soledad.</p>
<p>Luego se mira al espejo mientras se sigue arreglando y dice: “He comprendido más allá de la lectura que como tratamiento científico, no es esa cosa ‘bonita’ que algunos ‘locos’ han decidido estudiar. La psicología en la terapia trabaja con las manifestaciones psíquicas o físicas del malestar humano e intenta promover cambios en el comportamiento”.</p>
<p>La enfermedad operando, pero ella no lo entiende y una vez más cae en eso de investigar a profundidad sobre un tema, se apasiona y lo hace propio, como si de eso dependiera su vida y ahora, hasta el éxito de su terapia y la “relación” con su terapeuta.</p>
<p>Soledad cree que improvisa cada día en las cosas cotidianas, pero todos esos pasos de las mañanas y a lo largo del día en los que estudia sus discursos, son manifestaciones claras de su trastorno.</p>
<p>Vuelve a su parlamento, ya a punto de salir, mientas acomoda el retrovisor de su auto: “Sin duda la perspectiva teórica del terapeuta hace que la identificación fluya de manera más o menos efectiva. Repasemos –se dice- cognitivo conductual va a exigir hacer aproximaciones sucesivas hacia esos problemas identificados, que tras la exposición van a ser familiares o superados. Por el contrario, los métodos psicoanalíticos y humanistas se concentrarán en el dialogo más que en la acción, comprenden mejor las causas que originan sus problemas actuales”.</p>
<p>Soledad ahora más empoderada cree estar en un camino distinto, entiende más aquello que estaba lejano, siente más respeto por el proceso terapéutico, pero sigue sintiéndose hueca, como si todo careciera de sentido.</p>
<p>***</p>
<p>Elizabeth ha llegado a un diagnóstico concluyente. Por sus inquietudes y responsabilidad profesional pero, sobre todo, como ella suele decir, por sensibilidad humana se reúne con un grupo de colegas, estudian el caso juntos y ella finalmente dice: “Quien tiene una personalidad histriónica se caracteriza por la teatralidad, la dramatización y, cómo no, en demandar atención de manera excesiva. Busca la aceptación, el reconocimiento, el aplauso de otras personas.”</p>
<p>La mesa está de acuerdo y bajo su dirección llegan a un punto final. Elizabeth toma la palabra: “La terapia sugiere que el diagnóstico no sea revelado al paciente, así en este mundo de sobre exposición a la información, no aumenta la creencia de autosuficiencia (en especial para este caso) y abandona la terapia. Pero debo hacerle saber lo que está haciendo y que aprender conceptos, apropiarse de ellos y lograr relaciones sociales más efectivas no es su labor en el mundo. Sobre todo, no es su responsabilidad. Aunque no le diga textualmente: Soledad, la cronicidad de estos rasgos da como resultado un Trastorno de personalidad Histriónico”.</p>
<p>Los histriónicos suelen ser personas brillantes ante la mirada del otro, y tremendamente lumínicos socialmente. No tienen enemigos. Ejecutan su trabajo a cabalidad y asumen roles admirables. Son y están para cada persona que le rodea, en el rol que estén “jugando”.</p>
<p>Llegado el día de la consulta Elizabeth comunica a Soledad: “El teatro es la vida y la vida es el teatro, va y viene. ¿Lo entiendes?, el género dramático es solo uno de los que existen y estar en medio de una obra, incluso dramática, exige otros tiempos dentro de la misma. Me explico: En la montaña rusa no se llega de la nada a la cima y la sensación que se produce al ir en picada es temor, vacío. Al mismo tiempo la adrenalina que hace disfrutar de ese riesgo ‘placentero’ es el viaje entre subir y bajar.”</p>
<p>Soledad empieza a llorar, como si al fin hubiera entendido algo. Elizabeth continua: “Respira, piensa, la literatura es un espejo y ser el escritor reposado de tu historia es lo que te dará las palabras que verdaderamente quieres que estén, así como los recursos lingüísticos que te hacen única-especial que adornan tu esencia y conforman tu personalidad”.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>En el tramo de ida y vuelta entre su oficina y la casa, después de la más fuerte sesión terapéutica que nunca pensó tener, Soledad comprendió más sobre su vida y no tuvo que conocer la etiqueta (el nombre exacto de un trastorno que la terapeuta ya había identificado) y se sintió decidida a caminar por aquellas calles de esta ciudad tropical, sin sentirse observada. Pensó en sí misma de manera tierna y dijo: “soy una <em>sweet art</em>”.</p>
<p>Y como nadie puede dejar de ser lo que es mediante un acto de magia, volvió a sus imaginarios y para convencerse encontró un argumento:</p>
<p>-Creencia: algo que te han repetido muchas veces. Afirmaciones: es un trabajo personal que puedes cambiar con neurolingüística. Y yo soy una <em>sweet art, </em>soy una <em>sweet art, </em>soy una <em>sweet art.</em></p>
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		<title>El equipo de natación</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/01/el-equipo-de-natacion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 21 Jan 2018 19:12:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Miranda July]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Título original: The swim team Autora: Miranda July (EEUU) &#160; Esta es la historia que nunca quise contarte&#8230;</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Título original: <em>The swim team</em></strong></p>
<p><strong>Autora: Miranda July (EEUU)</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Esta es la historia que nunca quise contarte cuando era tu novia. Tú preguntabas y preguntabas, y tus hipótesis eran tan espeluznantes y tan concretas. ¿Era yo una mantenida allá? ¿Era Belvedere igual que Nevada, donde la prostitución es legal?</p>
<p>¿Estuve yo desnuda durante todo el año? La realidad empezó a mostrarse estéril. Y con el tiempo me di cuenta de que si la verdad se sentía tan vacía, entonces probablemente no iba a seguir siendo tu novia por mucho más tiempo.</p>
<p>Nunca quise vivir en Belvedere, pero tampoco hubiese soportado el hecho de pedirles dinero a mis padres para mudarme. Cada mañana despertaba asqueada de recordar que vivía sola en este pueblo que no era ni siquiera un pueblo, por lo pequeño. Eran solo casas cercanas a una gasolinera, una tienda a una milla de distancia y ya. No tenía carro, no tenía teléfono, tenía veintidós años y le escribía a mis padres cada semana para contarles historias acerca de mi trabajo en un programa llamado L.E.E.R. Quienes trabajábamos allí les leíamos a jóvenes en situación de riesgo. Era un programa piloto financiado por el estado. Nunca terminé de decidir lo que las siglas L.E.E.R. representaban, pero lo que sí escribí siempre fue “programa piloto”, me sorprendía mi habilidad para lanzar estas frases. “Intervención temprana” era buena también.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Esta historia no va a ser muy larga, porque lo sorprendente acerca de ese año es que no pasó casi nada. Los ciudadanos de Belvedere creían que mi nombre era María. Nunca dije que me llamase María, pero por alguna razón se corrió la voz, y la tarea de decirles mi verdadero nombre a esas tres personas me abrumaba. Esas tres personas se llamaban Elizabeth, Kelda y Jack Jack. No sé por qué Jack dos veces, y no estoy completamente segura acerca del nombre Kelda, pero así es como sonaba, y por lo tanto, ese era el sonido que yo hacía cuando la llamaba. Conocí a estas personas porque les di clases de natación. Y este es el centro de mi historia porque, como es sabido, no hay ni piscinas ni ningún tipo de masa de agua cercana a Belvedere. Un día, en la tienda, ellos hablaban acerca de esto, y Jack Jack, que ya debe estar muerto porque era realmente viejo, dijo que no importaba porque ni él ni Kelda sabían nadar, así que, de haber agua cerca, era probable que se ahogaran. Elizabeth era prima de Kelda, creo. Y Kelda era la esposa de Jack Jack. Todos estaban en sus ochentas al menos. Elizabeth dijo que ella nadó muchas veces cuando era niña durante el verano en que visitó a una prima (no a la prima Kelda, por supuesto). La única razón por la que me sumé a la conversación fue porque Elizabeth afirmó que uno tenía que respirar bajo el agua para poder nadar.</p>
<p>Eso no es verdad, grité. Estas fueron las primeras palabras que había dicho en voz alta desde hacía semanas. Mi corazón latía como si estuviese invitando a salir a alguien. Solo hay que contener la respiración.</p>
<p>Elizabeth se mostró furiosa y luego dijo que estaba bromeando. Kelda dijo que a ella le daría mucho miedo contener la respiración porque un tío suyo murió de eso en un concurso de Contén-La-Respiración.</p>
<p>Jack Jack preguntó si ella de verdad creía eso, y Kelda dijo, sí, claro que sí, y Jack Jack dijo tu tío murió de un infarto, no sé de dónde sacas esas historias, Kelda. Estuvimos un rato en silencio. Yo disfrutaba de la compañía y esperaba que continuase, y así fue, porque luego Jack Jack dijo: Entonces tú has nadado.</p>
<p>Les conté que había estado en un equipo de natación en la secundaria, y que incluso competí a nivel estatal, pero fui eliminada en las primeras rondas por el equipo de Bishop O’Dowd, una escuela católica. Ellos parecían en verdad interesados en mi historia. Yo nunca había pensado en eso como tal cosa, pero en ese momento podía ver que en verdad era una gran historia, llena de drama, y de cloro, y de otras cosas de las que Elizabeth, Kelda y Jack Jack no tenían conocimiento directo. Fue Kelda quien dijo que deseaba que hubiese una piscina en Belvedere, porque tenían mucha suerte de tener a una profesora de natación en el pueblo. Yo nunca dije que fuese una profesora de natación, pero entendí a lo que se refería. Era una lástima.</p>
<p>Entonces algo extraño ocurrió. Mientras miraba mis zapatos pisando el suelo de linóleo y pensaba en cuán segura estaba de que nadie lo había lavado en un millón de años, de repente tuve la sensación de que iba a morir. Pero en vez de morirme, dije: Yo puedo enseñarlos a nadar. Y no necesitamos piscina.</p>
<p>Nos reuníamos dos veces a la semana en mi apartamento. Cuando ellos llegaban encontraban tres recipientes de agua tibia alineados en el piso, y frente a ellos un cuarto recipiente, el de la profesora. Le añadía sal al agua porque se supone que es saludable inhalar agua salada y tibia, y me imaginé que ellos la inhalarían accidentalmente. Les enseñé cómo sumergir su nariz y boca en el agua y cómo respirar hacia los lados. Luego le añadimos a eso las piernas, y luego los brazos. Admití que estas no eran las mejores condiciones para aprender a nadar, pero, les dije, así es como los nadadores olímpicos entrenan cuando no hay una piscina cerca. Sí, sí, sí, es mentira, pero una mentira que necesitábamos, éramos cuatro personas acostadas en el piso de la cocina, pateando como si estuviésemos rabiosos, furiosos, decepcionados o frustrados, y sin miedo de hacerlo.</p>
<p>La conexión con la natación debía ser forzada por medio de las palabras. Le tomó varias semanas a Kelda aprender a sumergir su rostro en el agua. No hay problema, ¡No hay problema!, dije yo. Empezaremos con un flotador. Le pasé un libro. Es perfectamente normal resistirse al recipiente, Kelda. Es el cuerpo que te está diciendo que no quiere morir. No, no quiere, dijo ella.</p>
<p>Les enseñé todas las brazadas que sabía. El estilo mariposa era increíble, algo nunca visto. Pensé que el piso de la cocina iba a ceder hasta convertirse en líquido y así se irían, con Jack Jack a la delantera. Era un alumno precoz. Realmente se movía por el suelo, con el recipiente y todo. Se acercaba a la cocina golpeteando desde el dormitorio, cubierto de polvo y sudor, y Kelda lo admiraba, mientras sostenía su libro con ambas manos y sonreía. Nada hacia mí, decía él, pero ella se asustaba, y además, se requiere un montón de fuerza en la parte superior del cuerpo para nadar en terreno sólido.</p>
<p>Yo era el tipo de entrenadora que se para a un lado de la piscina en vez de meterse en ella, pero igual estaba ocupada todo el tiempo. Si puedo decir esto sin sonar poco modesta, yo estaba en lugar del agua. Yo hacía que todo fluyera. Hablaba constantemente, como un instructor de aerobics, y sonaba el silbato en intervalos exactos, delimitando los extremos de la piscina. Ellos daban la voltereta al unísono y empezaban a ir en la otra dirección. Cuando a Elizabeth se le olvidaba usar sus brazos, yo decía: ¡Elizabeth! ¡Tus pies están arriba, pero tu cabeza se está hundiendo! Y ella daba brazadas frenéticamente hasta nivelarse.</p>
<p>Con mi meticuloso método de entrenamiento, todos los clavados arrancaban desde mi escritorio, con postura perfecta, y terminaban con una zambullida de frente en la cama. Pero eso era sólo por seguridad. No dejaba de ser buceo, no dejaba de tratarse de desprenderse del orgullo mamífero y entregarse a la gravedad. Elizabeth añadió la regla de que todos debíamos hacer algún sonido cuando nos lanzáramos. Eso era un poco creativo para mi gusto, pero estaba abierta a las innovaciones. Quería ser la clase de profesora que aprende de sus estudiantes. Kelda emitía el sonido de un árbol cayendo, si ese árbol fuese de sexo femenino. Elizabeth solía hacer “ruidos espontáneos” que siempre sonaban igual, y Jack Jack decía ¡Booombaaa! Al final de la clase nos secábamos y Jack Jack me daba la mano mientras Kelda o Elizabeth me dejaban algo de comer, algo como una cazuela o espagueti. Era un intercambio, y me resultaba tanto que no tuve la necesidad de buscar otro trabajo.</p>
<p>Eran solamente dos horas a la semana, pero el resto de las horas giraban alrededor de esas dos. Los martes y jueves en la mañana, me despertaba y pensaba: clase de natación. Las otras mañanas, me despertaba y pensaba: hoy no hay clase de natación. Cuando veía a alguno de mis alumnos en el pueblo, es decir, en la gasolinera o en la tienda, solía decirle algo como: ¿Has estado practicando en tu inmersión? Y ellos respondían: ¡Estoy trabajando en eso, profesora!</p>
<p>Sé que es difícil para ti imaginarme como una “profesora.” Yo tenía una identidad muy distinta en Belvedere, es por eso que me resulta tan complicado hablar cerca de eso contigo. Nunca tuve ningún novio allá; no hacía arte; no era para nada artística. Era algo así como una atleta. Era totalmente una atleta –era la entrenadora de un equipo de natación. Si hubiese pensado que esto te iba a interesar te lo habría contado antes, y tal vez aún estaríamos juntos. Han pasado tres horas desde que te vi en la librería junto a la mujer del abrigo blanco. Qué abrigo blanco tan hermoso. Obviamente eres muy feliz y pleno, a pesar de que terminamos hace apenas dos semanas.</p>
<p>Yo ni siquiera estaba segura de que habíamos terminado hasta que te vi con ella. Ahora te siento increíblemente distante de mí, como alguien en el otro extremo de un lago. Un punto tan pequeño que no es ni hombre ni mujer, ni joven ni viejo; que solo sonríe. ¿Y a quiénes extraño en esta noche? A Elizabeth, Kelda y Jack Jack. Ellos están muertos, de eso estoy segura. Qué tristeza. Debo ser la profesora de natación más triste de toda la historia.</p>
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		<title>Desconocidos</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/04/desconocidos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 23 Apr 2017 02:46:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Circo]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo La luz no alcanza. Los días son densos, oscuros. Pasan las horas y el&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo</strong></p>
<p>La luz no alcanza. Los días son densos, oscuros. Pasan las horas y el horizonte se pierde entre nubes de humo. Éramos un grupo cuando empezamos el recorrido. Todavía nos faltan metros por transitar, pero ahora hay una fractura. No todos queremos llegar al mismo sitio.</p>
<p>Si algo despertó nuestros sentidos fue aquel circo que encontramos cuando íbamos hacia el sur. La puesta en escena era de altura e incluía representaciones de pasajes cuya inspiración estuvo, sin duda, en la Amazonia. Sin embargo, algo en ese conjunto de artistas sirvió de espejo para lo que nos ocurría.</p>
<p>Los trapecistas actuaban descoordinados: el paso de uno dejaba en riesgo al otro, al borde del abismo. El público seguía cada pirueta. Estaba atento. No había música, ni ruidos. Parecía que olvidaron respirar en un intento por no estropear más los movimientos ya decadentes. Se vieron deslices, las costuras de los trajes  y los rostros sudorosos. Vino el segundo acto. Unos monos aparecieron y se encargaron de manejar las redes sobre las que se sostenían algunos perros “artistas”. ¿Cómo no cerrar los ojos ante aquella osadía? El caos era total. Luego, vino la presentación de los leones.</p>
<p>El escenario estaba listo para la muestra de dominación, pero los animales en vez de reconocer a sus domadores fueron contra ellos. Los obligaron a repelerse. En ese punto la asfixia, producto de la angustia, hizo que varios de los presentes se retiraran de la sala. Los domadores actuaron con fuerza en un intento de ocultar la vergüenza por la derrota. Solo les importó mostrarse poderosos.</p>
<p>Los murmullos arroparon la gran carpa hasta convertirse en bullicio. El descontrol se apoderó de los espectadores, quienes terminaron huyendo de aquel burdo espectáculo. Nosotros también lo hicimos. Caminamos hasta una calle solitaria. Ahí nos detuvimos. No hubo necesidad de pronunciar una palabra. Solo nos miramos y fue ahí cuando reconocimos en nosotros a cada uno de los personajes del circo. Desde ese día dejamos de ser los mismos. Ahora no nos reconocemos, somos unos desconocidos.</p>
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		<title>Ébano y el mar</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/03/ebano-y-el-mar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 29 Mar 2017 15:40:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Caribe]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Mar]]></category>
		<category><![CDATA[Mulata]]></category>
		<category><![CDATA[Turismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Julio César Blanco Siempre he temido el despertar, ese instante en el que la quietud reina y&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Julio César Blanco</strong></p>
<p>Siempre he temido el despertar, ese instante en el que la quietud reina y el cuerpo pesa tanto que apenas alcanza para mover un dedo o comenzar a abrir los ojos. Y en el momento en que comienza tan costosa tarea, adolecen mis expectativas por despertar realmente en un sueño o encontrarme aun atrapada en esta realidad. Pero no hay opción siempre que despierto sigo estando en la misma piel. La mayoría de las veces al lado de un hombre que apenas conozco.</p>
<p>Con la llegada del alba termina la jornada, agotadora como siempre, pero necesaria para pagar las cuentas y seguir viviendo. Desde el <strong>malecón</strong> que recorro cada amanecer, el olor del salitre y el rumor de las olas que adornan este pequeño pueblo me invitan a la playa. Y al contacto de mis pies sobre la arena mojada, retorno a la niñez protegida por la inocencia y el gozo de correr detrás de la ola que se vuelve y huir de la ola que llega. Ya no recuerdo claramente cuando comencé a hacer esto, y sin darme cuenta así fui llevando mi vida, agarrando y soltando, llegando para después marchar. Cada noche con cada hombre llegaba avasallante y fuerte como la ola, y luego del placer y el agotamiento, me retiraba en calma hacía el océano. El mismo océano que provee a este pequeño pueblo de lo necesario para existir.</p>
<p>Este lugar frecuentemente visitado por turistas es solo un lugar de paso. Todos vienen en búsqueda de la playa, el sol, la arena o alguna <strong>mulata</strong> con “<strong>sabor caribeño</strong>”. Pero nadie quiere permanecer más que un par de días. Y pienso que siempre perdemos algo cuando vienen, y ganamos tan poco cuando regresan. Nos hemos acostumbrado a vivir de esa manera, del vaivén de algunos cuantos.</p>
<p>Aunque hoy estoy agotada y quizás ya no regrese.</p>
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