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	<title>Infancia &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Infancia &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>El último vuelo</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/09/el-ultimo-vuelo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 15 Sep 2018 17:35:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Guerra]]></category>
		<category><![CDATA[Infancia]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo Antes de que el polvo cubriera su casa, Alice amaba los aviones. Se acostaba&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo</strong></p>
<p>Antes de que el polvo cubriera su casa, Alice amaba los aviones. Se acostaba sobre la grama del patio de su escuela a verlos pasar, cosa que no ocurría muy seguido. Todo transcurría con normalidad y Alice vivía su infancia como cualquier pequeño lo hace, entre juegos, dulces y una familia que la esperaba a la hora del almuerzo.</p>
<p>Ahora Alice tiene los ojos rojos de tanto llorar, lo hace continuamente por el dolor y por la alergia que le causa la suciedad que arropó su ciudad. Si mira a la derecha hay un montón de escombros e infraestructuras maltrechas, con columnas tercas que se niegan a morir o con unas ventanas rotas que ya no protegen del frío, ni del sol, ni de los malos. Si decide virar a la izquierda el escenario es el mismo, incluso le parece peor pues allá, a lo lejos, se ven las cenizas en las que se convirtió su escuela.</p>
<p>Del principio del ocaso ella no recuerda nada. No se lo advirtieron, nadie le avisó. El último instante lleno de colores que persiste en su memoria es el de aquel día en que jugó bajo la lluvia con su mejor amiga. Esa tarde sentía que era la niña más feliz del mundo, mientras las gotas frías del cielo caían en su cuerpo y ella danzaba de un charco a otro.</p>
<p>Cuando los aviones empezaron a inundar el cielo, su cotidianidad se trastocó. Su padre ya casi no hablaba y su madre, que le preparaba los platos más suculentos para alegrarle las noches, pasaba el día mirando por la ventana, resguardando alimentos y enseres en unas maletas a las que ya no les cabía más.</p>
<p>Alice aún siente la impresión de aquella mañana gris cuando salió de su casa rumbo a la escuela y vio la hilera de vecinos que marchaban a pie. Eran como hormigas que transportan hojas para una cueva. Quiso preguntar pero no pudo, porque al mirarlos no los reconoció: estaban ojerosos, llenos de arrugas, viejos, cansados, vacíos.</p>
<p>&#8220;¡Boom!, ¡Boom!&#8221; fue el sonido que empezó a amenizar aquellas noches más oscuras en las que juntos los tres en la cama intentaban en vano conciliar el sueño. La escuela cerró sus puertas y sus padres, día y noche, se enfrascaban en una discusión sobre si era conveniente partir. ¿A dónde? No lo sabían.</p>
<p>Y por tanto postergar la decisión, fue la vida la que dio el primer paso. En una noche más sombría que las anteriores, tras un largo silencio de más de tres horas, el cielo se iluminó con tantos aviones. Pudo ser una buena noticia, pero hay largos silencios que preceden la dura caída en un abismo. Ráfagas de disparos y bombas empezaron a caer y, entre un temblor y otro, Alice se desvaneció. En parte, por el pavor de no saber porqué las luces en el cielo ya no la hacían feliz y, en mayor medida, por el polvo que le pintó el cuerpo de blanco, invadió sus pulmones y le impidió respirar.</p>
<p>Al despertar estaba en el suelo, con una casa que se redujo a escombros sobre su cuerpo. De papá y mamá no supo más. No oía. Desde la posición en la que estaba solo veía piedras grises, una sobre otra, y a lo lejos una densa cortina de humo que se elevaba sobre lo que hasta hace unas horas era su ciudad. Tenía sed, tenía miedo, le dolían los brazos, las piernas y el corazón. Se sentía como aquel día en el que por no hacer caso se perdió en el mercado y paralizada por el temor gritó en busca de su madre.</p>
<p>Esta vez no podía gritar, hasta respirar era difícil, incluso más que resolver los problemas de matemática que tanto la atormentaban. Antes de adormecerse nuevamente, en su carita pintada de blanco se abrieron paso unas lágrimas que limpiaron el polvo y cayeron al suelo.</p>
<p>Ahora Alice tiene los ojos rojos de tanto llorar. Está en una cama de un hospital móvil al que llegó sin saber cómo ni cuándo. Quiere un abrazo de mamá, quiere oír a papá. Nadie sabe de ellos. Tiene frío, tiene calor, tiene hambre, tiene dolor, tiene sed, tiene muchas cosas menos una que la hará palidecer cuando levante la sábana que la cubre. Luego, ella se trasladará a esa mañana en la escuela en que acostada sobre la grama veía el cielo y pensará en lo difícil que será brincar de charco en charco. Entonces, deseará con furia que los aviones desaparezcan.</p>
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		<title>Perro ladrón</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/07/perro-ladron/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Jul 2018 16:06:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Familia]]></category>
		<category><![CDATA[Infancia]]></category>
		<category><![CDATA[Mascotas]]></category>
		<category><![CDATA[Niñez]]></category>
		<category><![CDATA[Perros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Julio César Blanco Mendoza Para mí era muy fácil tener mascotas en mi infancia, ya que cualquier&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Julio César Blanco Mendoza</strong></p>
<p>Para mí era muy fácil tener mascotas en mi infancia, ya que cualquier pequeño bicho lo guardaba en mis bolsillos o buscaba un envase para conservarlo, desde cucarachas, grillos, lagartijas, sapitos o lo que me encontrara, incluso me fascinaba el orden de las hormigas, pero tenía mucho cuidado con las rojas ya que su mordida ardía mucho. Todo animal era un entretenimiento maravilloso a mi corta edad.</p>
<p>Llegó un cachorro de perro a mi casa que en poco tiempo creció a tamaño medio, aunque para mi estatura lo consideraba bastante grande y fuerte. Cuando jugaba con él siempre quedaba aporreado por su juego tosco y rudo; sus mordidas suaves igual maltrataban, era bastante juguetón salvo cuando comía, en ese momento se mostraba agresivo con cualquiera que pasara cerca. Fue un perro que se convirtió en mi compañero en las excursiones diarias en el pequeño terreno de mi abuela, que para mí era un enorme espacio de juegos y entretenimiento. Como todo perro, comenzó sus andanzas con mordidas de todo tipo, acabó con todas mis pelotas de plásticos, en un tiempo destrozó cualquier zapato que se dejaba al descuido. Fue un momento de gran sorpresa cuando descubrí que la desaparición de mis muñequitos de soldados plásticos se debía a que se los tragaba y sólo pude descubrirlo cuando en sus heces sobresalía la mitad de un soldado lanzando una granada.</p>
<p>Un día vino a la casa una compañera de escuela a realizar una tarea, no recuerdo si era parte tarea o parte juego, pero en fin, estaba en casa. Mi abuela se fue por un momento al abasto a realizar algunas compras, dejándonos adentro de la casa con la puerta cerrada ya que mi amiga tenía miedo al perro. Estuvimos bastante entretenidos entre la tarea y los juegos, en algún momento ella se acercó a la ventana para mirar al perro, el perro al parecer presentía el miedo porque se paró en dos patas frente a la ventana y ladró tan fuerte que agrietó uno de los vidrios, por supuesto el susto de ambos fue tal que casi nos caímos de la impresión. Al poco rato llegó mi abuela, a quien le conté lo sucedido, ella inmediatamente se molestó, mandó a mi amiga para su casa y me dio el mayor de los regaños. Yo insistía en contarle lo que había ocurrido y mi abuela no creyó en lo absoluto que el perro con su ladrido agrietó el vidrio, culpándonos a los dos de algo que no habíamos hecho.</p>
<p>Muy molesto e indignado por ser culpado de algo que no había hecho, salí de la casa hacia el terreno, me senté en las escaleras, quejándome y con mucha rabia, esa rabia que conservan los niños por largo rato sin entender los regaños de los adultos. El perro se sentó a mi lado como acostumbraba, cuando lo vi empecé a gritarle que por su culpa me regañaron y casi me pegan, que no se me acercara más, le grité varias veces ¡PERRO LADRÓN!, ¡PERRO LADRÓN!, el perro agachaba la cabeza y las orejas, me paré molesto y me fui a mi cuarto a llorar de la impotencia y con la rabia contenida.</p>
<p>Al pasar las horas se me fue pasando la rabia, igual que a mi abuela. Lo sucedido también fue disminuyendo en importancia, aunque no pude convencer a mi abuela que no fue mi culpa, lo que si se mantenía en mi mente eran las palabras que le había gritado al perro. Cuando el perro se me acercó de nuevo con las orejas agachadas y ojos de suplica, comprendí que se sentía igual que yo porque lo llamé incorrectamente LADRÓN, por la forma en que me miraba pensé que sentía tanta injusticia como yo sentí cuando me culparon. En ese momento no encontré la palabra adecuada para decirle que ladraba muy fuerte y LADRÓN fue la palabra que pude conjugar a mis pocos años y con mi conocimiento. Me arrodillé, le abracé y le pedí perdón, más nunca le llamaría PERRO LADRÓN. Fuimos grandes amigos, casi como hermanos. Murió después de doce años de vida, todavía lo recuerdo gratamente, mi gran perro fiel y protector.</p>
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		<title>La despedida</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/05/la-despedida/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 03 May 2018 23:44:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Amores]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Ilusiones]]></category>
		<category><![CDATA[Infancia]]></category>
		<category><![CDATA[Melencolía]]></category>
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		<category><![CDATA[Padre]]></category>
		<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Yo nunca vi a mi padre llegar borracho a casa como los demás hombres del pueblo. Al contrario,&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="yo-nunca-vi-a-mi-padre-llegar-borracho-a-casa-como-los-demas-hombres-del-pueblo-al-contrario-nos-dedicaba-mas-tiempo-y-atencion-de-lo-que-se-suele-esperar-de-un-padre-que-ha-tenido-que-lidiar-toda-s"><span style="color: #6e4d8b;">Yo nunca vi a mi padre llegar borracho a casa como los demás hombres del pueblo. Al contrario, nos dedicaba más tiempo y atención de lo que se suele esperar de un padre que ha tenido que lidiar toda su vida con la rudeza del campo</span></h4>
<p><strong>Por </strong><strong>Luisana Arteaga</strong></p>
<p>Toda la gente del pueblo hablaba siempre muy mal de mi padre, yo fui creciendo y todo lo que escuchaba sobre él eran comentarios del tipo “ese no sirve para nada”, “es un vago”. “un Don Nadie”. Lo más crudo de todo lo que se decía era que, ese hombre que me había dado la vida, no hacía más que sacrificar a mi madre.</p>
<p>Mi mamá, sin embargo, siempre lo atendía bien. Cuando mi padre llegaba a casa –cansado por su faena de agricultor-  los ojos se le alumbraban. Yo los veía a escondidas, con mirada de muchacho pícaro, por entre las cortinas que separaban mi cuarto de la pequeña sala de la casa.</p>
<p>Hubo una etapa de mi vida en la que me agarraba a golpes con cualquiera que hablase mal de mi padre. Eso dio pie a que en el pueblo me llamaran “Mandinga”. Cuando iba a comprar leche  en la esquina, en la pequeña tienda del portugués, oía  todas las voces susurrando: “¡ojalá que mandinguita no se parezca a su papá cuando crezca!,¡guá!, pero ya muestra esa sangre mala cuando se encabrita”, “no te hagas ilusiones, porque es el vivo retrato de su padre”, “la mala hierba se le nota hasta en el caminar”.</p>
<p>Hasta los diez años yo no supe la razón del maltrato, de ese odio enconado que los vecinos tenían reservado a mi padre. Lo único cierto era que todas las noches  los esperaba en mi cama, con los ojos bien apretados, a que llegara y me arropara con sus manos ásperas por el trabajo campestre y me plantara un beso en la frente, con sus labios todavía ardiéndoles por el duro trabajo del día.</p>
<p><img class="aligncenter size-large wp-image-5359" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-1024x768.jpg" alt="" width="1024" height="768" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-1024x768.jpg 1024w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-300x225.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-768x576.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-800x600.jpg 800w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-600x450.jpg 600w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816.jpg 1280w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></p>
<p>Recuerdo también el 24 de diciembre del 83, nos había ido muy mal ese año. Pero mi padre llegó a media noche con un perrito abrigado entre el bolsillo de su chaqueta verde oliva que en el cuello tenía un pañuelo rojo. Mi hermana Titina, al ver aquel regalo, saltó de la emoción. Y entonces, ocurrió algo mágico, pronunció su primera palabra: “popoyo”.</p>
<p>Cuando empecé a ir a la escuela, mi padre me llevaba todos los días en sus hombros. Era un hombre alto, moreno, fuerte y de aspecto recio, o al menos a mi edad así lo veía. Pasaba por las calles apretando los labios e irguiendo la espalda -el silencio de los transeúntes era abrumador-. Yo, por mi parte, estaba engreído, como si estuviese siendo transportado por Bolívar, Miranda, Zamora o cualquiera de esos señores importantes de los que nos hablaban en la clase de historia.</p>
<p>Todos decían que él era malo, pero yo nunca vi a mi padre  llegar borracho a casa como los demás hombres del pueblo. Al contrario, nos dedicaba más tiempo y atención de lo que se suele esperar de un padre que ha tenido que lidiar toda su vida con la rudeza del campo. No tenía miedo de besarnos ni de contarnos, en las tardes, historias fantásticas a la orilla del río. Tenía una habilidad tremenda con las manos y sabía hacer, con madera, piedra o papel, todo lo que mi hermana y yo le pedíamos.</p>
<p>Cuando cumplí doce puse en práctica lo que el destino me había deparado: trabajar el campo. Mi madre siempre nos despedía esperanzada, y nos sentíamos orgullosos cuando al atardecer traíamos hortalizas y verduras cosechadas por nuestras propias manos.</p>
<p>Para divertirnos en casa, construimos un pequeño retablo en la parte de atrás. Mi madre hacía los muñecos que mi padre y yo animábamos. Era una especie de secreto que muy poca gente del pueblo sabía. La verdad, es que ahora pienso que éramos felices en nuestra pequeña intimidad.</p>
<p>Estos son los pocos recuerdos que conservo de mi padre, porque lo último fue la despedida. Sucedió en los primeros días de febrero cuando llegó a casa el Jefe Civil con tres hombres de aspecto citadino, todos vestidos de negro. Conversaron largo rato en el patio y hablaban sobre incumplimiento de leyes, invasión de terrenos, agitación social y resolución presidencial.</p>
<p>Cuando se lo llevaron, besó a Titina.  Luego se giró hacia mi y  dijo:</p>
<p><span class="st">—</span> ¡Cuídalas, hijo, porque ahora usted es el hombre de la casa!</p>
<p>Después abrazó y besó a mi madre como quien no quiere irse, hasta que los guardias, abruptamente los separaron.</p>
<p>Los tres nos quedamos en la puerta viéndolo desaparecer. Lo único que escuchamos fue el alboroto en las calles del pueblo: ¡Se llevaron a Egidio, se lo llevaron!, ¡fueron los pantaneros!, ¡pobres gentes, pobre Amalia, pero él se lo buscó!</p>
<p>Ese fue el último día que vimos a mi padre. Yo todavía siento en mi frente sus labios tibios y las toscas caricias de sus manos ásperas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Añoranza</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/05/anoranza/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 29 May 2017 16:54:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Infancia]]></category>
		<category><![CDATA[Melancolía]]></category>
		<category><![CDATA[Mirtha Girón]]></category>
		<category><![CDATA[Nostalgia]]></category>
		<category><![CDATA[Recuerdos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Mirtha Girón Evocar recuerdos de la infancia y la adolescencia cuando han pasado muchos años, es una&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Mirtha Girón</strong></p>
<p>Evocar recuerdos de la infancia y la adolescencia cuando han pasado muchos años, es una tarea un poco difícil; sin embargo si se cierran los ojos y hacemos que nuestra memoria viaje en el tiempo pasado, comenzaremos una hermosísima experiencia emocional.</p>
<p>El patio de la casa con árboles de tamarindo, cambur, hicacos y nísperos. Llegan a nuestro cerebro los olores a tierra mojada, a lluvia, un perro ladrando muy cerca,  la voz de mi abuela  ordenando las labores que debía realizar.</p>
<p>Los olores en la cocina como el café recién colado, la arepa cocinándose en el fogón de leña, ir a buscar huevos en el gallinero que estaba en el patio,  para desayunar. Luego prepararnos para ir a la escuela a la cual se llegaba después de  caminar un buen trecho.</p>
<p>Y esperar que a las 6 de la tarde llegase la luz porque en el pueblo solo había electricidad de 6 de la tarde a 5 de la mañana. Después de cenar, todos nos sentábamos cerca de una cajita de madera que para todos era mágica, porque se oía música, personas hablando de cosas que habían pasado, de productos que debíamos comprar para tener una vida mejor. En fin, la comunicación a través de la  maravilla que es la radio.</p>
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<p>El recuerdo más hermoso que ha venido a mi mente es el olor a pescado frito, sal y playa, sentir el sol intenso en mi piel y jugar. Soñar con el mundo que estaba detrás del horizonte.  Y pensar en cuales cosas iba a hacer cuando pudiera ir hasta allá. Han pasado muchos años. Me vine a la capital y no volví a mi pueblo.</p>
<p>Me invade una sensación de pérdida porque los sueños son hermosos aunque  la vida nos enfrenta a realidades: duras algunas, tristes otras, pero sobre todo diferentes a lo que soñamos.  Pero al mismo tiempo, siento que vivir es la suma de todos los recuerdos, todas las experiencias, todos los sueños y la añoranza no debe ser tristeza sino el punto de partida para sentir que hemos vivido.</p>
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		<item>
		<title>Sabana Grande o la tragedia de la infancia</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/03/sabana-grande-la-tragedia-la-infancia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 27 Mar 2017 13:55:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Caracas]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[Delincuencia]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Infancia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Jaime Quijada He oído muchos comentarios, en bus, metro y entre conocidos, sobre lo ocurrido en Sabana&#8230;</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Jaime Quijada</strong></p>
<p>He oído muchos comentarios, en bus, metro y entre conocidos, sobre <a href="http://contrapunto.com/noticia/menores-de-edad-asesinan-a-punaladas-a-dos-sargentos-del-ejercito-127376/">lo ocurrido en Sabana Grande</a>: “esos niños son unos salvajes, hay que acabarlos porque ya están perdidos”. No los juzgo, comprendo a la perfección el lugar de donde vienen estas ideas, y dada la historia de este país y su fetiche con los líderes de “mano dura”, la mayoría de las personas se han acostumbrado a ser reaccionarias y concentran su resentimiento en el problema y no en la causa.</p>
<p>Recuerdo que mantuve arduas y repetidas discusiones con mi compañera de debates sobre si la solución a la <strong>inseguridad</strong> era “acabar con toda esa gente” o no. Mi postura es que los delincuentes que actúan por necesidad son consecuencias y las condiciones son causas. Ella se concentraba en atacar las primeras y yo en atacar la última. Ambas posturas tienen la mitad de la verdad. Hay gran cantidad de consecuencias a nuestro alrededor causando estragos y daños irreversibles, eso es un hecho, sin embargo, se requiere trabajar en las condiciones para lograr acabar por completo con la delincuencia, y no sólo “acabar con ellos” como afirma tanta gente.</p>
<p>Muchas veces he planteado la siguiente situación para argumentar mi tesis: “¿Qué pasaría si en vez de haber nacido donde naciste, con tus comodidades y dificultades, sean cuales sean, hubieses nacido en el centro de Petare, con padres delincuentes, violentos y ausentes, sin acceso a la educación y donde en vez de jugar con muñecas y balones, te hubiese tocado jugar a malandros porque eso es tema convencional y sin nadie que sirva como ejemplo positivo para ti, sólo los ladrones y drogadictos que abundan a tu alrededor?”</p>
<p>Las respuestas básicamente son dos: La primera guiada por la empatía, que es uno de los elementos clave de la vida en sociedad y el desarrollo de la misma desde sus inicios, los interlocutores aceptan que sería 99% probable que su futuro sea la delincuencia y violencia para poder sobrevivir. Mientras que la segunda partiendo de la reacción, alegan que buscaría la manera de salirse de ese círculo vicioso, que la vida consiste en decisiones, y que conocen gente de bajos recursos que han logrado salir de esa situación y si ellos pueden, los demás no tienen excusas. Esta última afirmación se basa en el conocimiento de un adulto que conoce el mundo, sin comprender o sin querer comprender, que en la niñez el mundo es un lugar extraño y desconocido.</p>
<p>La infancia es una etapa blanda en la que el sujeto se encuentra en estado de vulnerabilidad y desconoce cualquier concepto del bien o el mal y vida en sociedad. <strong>Freud</strong> explica la importancia y trascendencia de los sucesos en nuestra infancia entre los tres y cinco años, y como estos delimitan la personalidad en la adultez casi por completo. Teniendo todo esto en cuenta, hago esta reflexión: lo sucedido en <strong>Sábana Grande</strong> no es motivo de sorpresa. Tenemos cientos de niños en Caracas con crianza terribles y sin esperanzas de mejorar sus condiciones, sin acceso a la educación o comida.</p>
<p>¿Qué esperabas qué pasara? ¿Que murieran en silencio sin antes intentar lo que sea para comer? El problema no son un grupito de niñitos a los que “hay que acabar porque están perdidos”, el problema es que tenemos unas condiciones que fungen como fábrica de delincuentes y de individuos que afectan la vida en sociedad. No se logrará acabar con la delincuencia atacando a unos chamitos que seguro pasan las de Caín todos los días buscando que comer y cuidándose, por las noches, de que no los violen. Se logrará atacando las causas que hicieron que esos niños terminaran asesinando personas y no jugando con unas muñecas o practicando deportes con sus amigos como suelen hacerlo nuestros hijos, sobrinitos, primitos y otros, piénsenlo.</p>
<p>¿Qué tuvo que haber pasado para que una niña de 15 años se vea obligada a tener que robar y matar en la calle?</p>
<p>“El verdadero enemigo no es el pobre, es la pobreza”.</p>
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