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	<title>Padre &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Padre &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>La despedida</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 03 May 2018 23:44:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Amores]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Yo nunca vi a mi padre llegar borracho a casa como los demás hombres del pueblo. Al contrario,&#8230;</p>
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<p><strong>Por </strong><strong>Luisana Arteaga</strong></p>
<p>Toda la gente del pueblo hablaba siempre muy mal de mi padre, yo fui creciendo y todo lo que escuchaba sobre él eran comentarios del tipo “ese no sirve para nada”, “es un vago”. “un Don Nadie”. Lo más crudo de todo lo que se decía era que, ese hombre que me había dado la vida, no hacía más que sacrificar a mi madre.</p>
<p>Mi mamá, sin embargo, siempre lo atendía bien. Cuando mi padre llegaba a casa –cansado por su faena de agricultor-  los ojos se le alumbraban. Yo los veía a escondidas, con mirada de muchacho pícaro, por entre las cortinas que separaban mi cuarto de la pequeña sala de la casa.</p>
<p>Hubo una etapa de mi vida en la que me agarraba a golpes con cualquiera que hablase mal de mi padre. Eso dio pie a que en el pueblo me llamaran “Mandinga”. Cuando iba a comprar leche  en la esquina, en la pequeña tienda del portugués, oía  todas las voces susurrando: “¡ojalá que mandinguita no se parezca a su papá cuando crezca!,¡guá!, pero ya muestra esa sangre mala cuando se encabrita”, “no te hagas ilusiones, porque es el vivo retrato de su padre”, “la mala hierba se le nota hasta en el caminar”.</p>
<p>Hasta los diez años yo no supe la razón del maltrato, de ese odio enconado que los vecinos tenían reservado a mi padre. Lo único cierto era que todas las noches  los esperaba en mi cama, con los ojos bien apretados, a que llegara y me arropara con sus manos ásperas por el trabajo campestre y me plantara un beso en la frente, con sus labios todavía ardiéndoles por el duro trabajo del día.</p>
<p><img class="aligncenter size-large wp-image-5359" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-1024x768.jpg" alt="" width="1024" height="768" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-1024x768.jpg 1024w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-300x225.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-768x576.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-800x600.jpg 800w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816-600x450.jpg 600w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/05/LRM_EXPORT_20180502_151816.jpg 1280w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></p>
<p>Recuerdo también el 24 de diciembre del 83, nos había ido muy mal ese año. Pero mi padre llegó a media noche con un perrito abrigado entre el bolsillo de su chaqueta verde oliva que en el cuello tenía un pañuelo rojo. Mi hermana Titina, al ver aquel regalo, saltó de la emoción. Y entonces, ocurrió algo mágico, pronunció su primera palabra: “popoyo”.</p>
<p>Cuando empecé a ir a la escuela, mi padre me llevaba todos los días en sus hombros. Era un hombre alto, moreno, fuerte y de aspecto recio, o al menos a mi edad así lo veía. Pasaba por las calles apretando los labios e irguiendo la espalda -el silencio de los transeúntes era abrumador-. Yo, por mi parte, estaba engreído, como si estuviese siendo transportado por Bolívar, Miranda, Zamora o cualquiera de esos señores importantes de los que nos hablaban en la clase de historia.</p>
<p>Todos decían que él era malo, pero yo nunca vi a mi padre  llegar borracho a casa como los demás hombres del pueblo. Al contrario, nos dedicaba más tiempo y atención de lo que se suele esperar de un padre que ha tenido que lidiar toda su vida con la rudeza del campo. No tenía miedo de besarnos ni de contarnos, en las tardes, historias fantásticas a la orilla del río. Tenía una habilidad tremenda con las manos y sabía hacer, con madera, piedra o papel, todo lo que mi hermana y yo le pedíamos.</p>
<p>Cuando cumplí doce puse en práctica lo que el destino me había deparado: trabajar el campo. Mi madre siempre nos despedía esperanzada, y nos sentíamos orgullosos cuando al atardecer traíamos hortalizas y verduras cosechadas por nuestras propias manos.</p>
<p>Para divertirnos en casa, construimos un pequeño retablo en la parte de atrás. Mi madre hacía los muñecos que mi padre y yo animábamos. Era una especie de secreto que muy poca gente del pueblo sabía. La verdad, es que ahora pienso que éramos felices en nuestra pequeña intimidad.</p>
<p>Estos son los pocos recuerdos que conservo de mi padre, porque lo último fue la despedida. Sucedió en los primeros días de febrero cuando llegó a casa el Jefe Civil con tres hombres de aspecto citadino, todos vestidos de negro. Conversaron largo rato en el patio y hablaban sobre incumplimiento de leyes, invasión de terrenos, agitación social y resolución presidencial.</p>
<p>Cuando se lo llevaron, besó a Titina.  Luego se giró hacia mi y  dijo:</p>
<p><span class="st">—</span> ¡Cuídalas, hijo, porque ahora usted es el hombre de la casa!</p>
<p>Después abrazó y besó a mi madre como quien no quiere irse, hasta que los guardias, abruptamente los separaron.</p>
<p>Los tres nos quedamos en la puerta viéndolo desaparecer. Lo único que escuchamos fue el alboroto en las calles del pueblo: ¡Se llevaron a Egidio, se lo llevaron!, ¡fueron los pantaneros!, ¡pobres gentes, pobre Amalia, pero él se lo buscó!</p>
<p>Ese fue el último día que vimos a mi padre. Yo todavía siento en mi frente sus labios tibios y las toscas caricias de sus manos ásperas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Pequeña</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/01/pequena/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 17 Jan 2017 00:12:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Hijos]]></category>
		<category><![CDATA[Madre]]></category>
		<category><![CDATA[Padre]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Eileen M. Quizás en mi ignorancia por mi corta edad y con un largo camino aún por&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Eileen M.</strong></p>
<p>Quizás en mi ignorancia por mi corta edad y con un largo camino aún por recorrer, te anhelaba mucho.  En uno de esos días cuando lo imaginé te llamé Victoria. Y entre chanchas y juegos te convertiste en realidad.</p>
<p>Quizás en ese momento Dios quería enseñarme ese inexplicable amor que solo una mujer puede sentir y que tú, mi pedacito de vida, podías hacer cambiar mi mundo en un instante. Imaginé tantas veces como serías, a quién te ibas a parecer, que cambios iban a seguir pasando ya que en unos meses más solo tu serías mi prioridad, la razón de mi vivir.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Mi instinto maternal se activaba al cien por ciento. No me explico por qué llegaste justo cuando no te podía tener, solo sé que lo poco que viví contigo, dentro de mi, cambió mi mundo. Mamá olvidó peinarse, maquillarse, hasta hizo a un lado la ropa que ya no iba a poder usar. Y las veces que provocaste nauseas, te decía: “pequeña, mamá te ama, no le hagas sentir mal, pórtate bien”. Aunque ella se sentía muy sola porque tu papito no podía estar. Tú eras mi motorcito.</p>
<p>Pequeña, aunque mis ganas de tenerte eran inmensas esta vez no era el momento. Tú estabas cubierta de un medicamento que causaba daños mortales en tu formación. Un ochenta por ciento de ti no estaba sano y me tocó tomar una cruel decisión: desprenderte de mí, pedacito de mi vida.</p>
<p>Durante cuatro meses de tu existencia pude ver tu figura dos veces y me desbordaba la felicidad, pero esta vez no pude conocerte y aunque no te lograste formar bien sabes que serás siempre mi Victoria, mi ángel por siempre.</p>
<p style="text-align: center;">Mamá</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Creación</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2016/11/creacion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Nov 2016 16:20:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Collage]]></category>
		<category><![CDATA[Escritores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Padre]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Cristina Martínez Mi padre tenía el pecho descubierto. Los ojos hundidos. El alma en vilo. Era un&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Cristina Martínez</strong></p>
<p>Mi padre tenía el pecho descubierto. Los ojos hundidos. El alma en vilo. Era un hombre común. Leía a la luz de las velas a Cervantes, García Márquez, Cortázar en un pueblo remoto que no cultivaba literatura sino maíz, algodón, arroz.<span id="more-88"></span> Quería ser periodista. Quería ser escritor. Publicar en los diarios. Escribir un libro más o menos decente. Se marchó a la ciudad. Fue obrero. A los veinte y tantos intentó formar un sindicato. Un puño de acero se hundió en su frente. Quedó sin empleo. Ya para entonces nos habíamos multiplicado en casa. Mi madre trabajó el doble. Lo llamó guerrillero. Le dijo: idiota soñador. Juntos hicieron equipaje y se fueron a otro país. Él consiguió nuevo empleo. No quiso otro sindicato. No fue periodista. No fue escritor. No escribió un libro más o menos decente. Me hizo a mi.</p>
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