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	<title>Viajes &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Viajes &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>Osjanny Montero: Viajar con una mochila me llena de libertad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 29 Mar 2019 20:45:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Blanca Hurtado Nederr]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Mochileros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Blanca Hurtado Nederr Tener ganas suficientes para trabajar por lo que realmente quiere es -siempre- su mayor&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[




<p><strong>Por Blanca Hurtado Nederr</strong></p>



<p>Tener ganas suficientes para trabajar por lo que realmente quiere es -siempre- su mayor motivación. Convencida de eso emprendió la mayor de sus aventuras: ir sola por 8 países de Suramérica. Así llegó a recorrer parte de Argentina, Bolivia, Perú, Chile, Uruguay, Ecuador, Colombia, Venezuela y Cuba.</p>



<p>De estos viajes nació Diarios Mandarina, un libro que cuenta las historias, anécdotas y experiencias de la Suramérica de a pie, esa que es capaz de hablar a través de su gente y de las propias comunidades. Tras días, incluso meses de convivencia con muchos de ellos, Osjanny nos trae un relato distinto y muy bien contado de lo que experimentó entre 2011 y 2016.</p>







<p>A 8 de estos 9 países llegó sola, a 1 lo hizo acompañada. Fue en Cuba donde vivió su gran historia de amor, una que le dio alas para continuar su vuelo hacia otras fronteras -aunque después le tocara hacerlo sola-. Precisamente de esto trata el último capítulo del libro, dedicado a esa persona que amó. Narrado en un diálogo franco, la autora se encarga en este capítulo de decir todo lo que no pudo durante años de ausencia.</p>



<p>Más que una forma de desahogo, Diarios Mandarina llega a mostrarnos -en su parte final- el amor como impulso, crecimiento e inspiración. También llega a presentarnos la Suramérica cotidiana, amable y querendona; la de los mercados populares y la que todavía es capaz de vivir en perfecta armonía con la naturaleza.</p>



<p>El equipo de Seis Grados conversó con Osjanny Montero y ofrece los detalles sobre este proyecto al que le restan pocos días para materializarse.</p>



<p>&#8211; <strong>Sabemos que viajaste por varios países sudamericanos durante buen tiempo, ¿cómo lo hiciste? ¿consideras que esos viajes te transformaron?</strong></p>



<p>Desde mi primer viaje fuera de Venezuela escogí la vía del <em>low cost</em>, armé mi mochila, junté mis ahorros, mis cuadernos y mis ganas y me fui a recorrer rutas que, hasta ese momento, eran desconocidas para mí. Mi impulso siempre fue la sorpresa, las historias ocultas de nuestra región, estigmatizada como “pobre, atrasada, desigual”. Si una lección me ha dado Suramérica es la humildad y la bondad; puede que no tengamos castillos ni largas carreteras asfaltadas, pero tenemos gente siempre dispuesta a ayudar, a recibir, a abrazar en familia. Mi transformación es esa, “cambiar el chip”, comprender que todo ese concepto de felicidad y éxito que nos enseñaron desde chicos es relativo y hasta limitado.</p>



<p><strong>&#8211; De los países que conociste, ¿cuál dejó mayores aprendizajes?</strong></p>



<p>Sin duda, Ecuador. Lo recorrí por tres meses, hice voluntariado, pasé navidad y fin de año. Conviví con la comunidad Shuar en la selva y, esa; para mí, fue la experiencia más enriquecedora después de tantos años en movimiento. Con los shuars aprendí que se puede vivir con muy poco, me reconcilié con la naturaleza y me dejé arropar por su grandeza y sabiduría. Yo, que siempre desconfié de mi cuerpo, que temía hasta de los mosquitos y las ranas; dormí rodeada de ellos, me embarré hasta el cuello y seguí, sin importar el desafío y, creo, de eso se trata vivir; de tener el coraje siempre de avanzar  sin quedarse en complejos, estereotipos ni anhelos del pasado. El abuelo Mitiap no pierde tiempo imaginando futuro, sus ojos miran el presente, ¿acaso no deberíamos hacer lo mismo?</p>



<figure class="wp-block-image"><img class="wp-image-5939" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-con-los-shuar-1024x768.jpg" alt="" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-con-los-shuar-1024x768.jpg 1024w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-con-los-shuar-300x225.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-con-los-shuar-768x576.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-con-los-shuar-800x600.jpg 800w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-con-los-shuar-600x450.jpg 600w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-con-los-shuar.jpg 2000w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p><strong>&#8211; A muchas personas les gusta viajar cómodamente, pero ¿qué se siente ser mochilero?</strong></p>



<p>Cuando te limitas al paquete turístico de hotel, almuerzo libre y fiesta a la noche, te pierdes de la historia de Pedro, del caos en la calle porque no hay agua o de la aventura de correr hasta el próximo bus para llegar a tiempo al carnaval de Tilcara. No es que desestime la comodidad de una cama y una ducha asegurada -respeto todas las maneras posibles de viajar-, pero viajar con una mochila me llena de libertad, me despierta la creatividad, me alimenta el instinto de ser observadora y narradora de la realidad, me permite la introspección de ver y ponerme en el lugar del otro. Si escogí esta manera de viajar es porque más que la postal y el paisaje; para mi un viaje auténtico es aquel en el que puedes ser parte de la cotidianidad e integrarla. Sino, ¿cómo contarla a los demás?</p>



<p>&#8211; <strong>Como buena periodista seguramente mostrarte interés por conocer historias, ¿hay alguna que particularmente te haya marcado? </strong></p>



<p>Mmm&#8230;son tantas historias que es difícil escoger una. Quizá todo lo vivido en Cuba; ver cómo la gente a pesar de las necesidades y limitaciones estaban siempre con una sonrisa en la cara, tenían un chiste nuevo para compartirte y podían jugar descalzos al béisbol, pero jugaban. Eso me inspiraba, la constancia y motivación personal de cada niño, bailarín en el teatro o mesero en un bar. Los cubanos son admiración e inspiración pura desde mi primer viaje.</p>



<p><strong>&#8211; </strong><strong>¿</strong><strong>Cómo nació la idea de escribir este libro? </strong></p>



<p>Fue a la vuelta de mi primer viaje por Uruguay. Muchos días contemplando el mar, admirando tanto azul me hicieron reconciliar con aquel sueño que tuve en mi adolescencia: ser escritora; ver mi nombre en un libro. Y aunque a mis 15 había más un deseo de vanidad; a mis 27 tirada en la arena de La Paloma tenía montones de cuadernos llenos con historias, miedos, carreteras y amor; amor por cada país, familia y niño con el que jugué. Yo quería compartir esas historias, demostrar que se podía ser mujer y viajar sola; ser periodista y contar algo distinto, no quedarme en esa ola de peligros, balas y bombas que vemos en las grandes cadenas mediáticas.</p>



<p>&#8211;<strong>¿Cuándo lo empezaste y cómo ha sido el proceso? </strong></p>



<p>Los primeros bocetos tomaron forma en 2015, cuando empecé a seleccionar las historias sueltas que tenía en cuadernos, papelitos y hasta servilletas guardadas. Así nació mi libro.</p>



<p>&#8211; <strong>¿Por qué decidiste escribir un diario mandarina? </strong></p>



<p>Diarios Mandarina es el título de este libro y su nombre es una metáfora de sus páginas que son un diario emotivo por mis vivencias, miedos y aprendizajes. No es para nada una guía de viajes ni mucho menos una lista de lugares recomendados. Decidí escribirlo para compartir mi transformación y, por qué no, inspirar a otros a ir por sus sueños, sin mentir; contando los obstáculos que pueden encontrarse en el camino. Y también porque escribirlo significó un ejercicio de reunir mis tres grandes pasiones: la escritura, el movimiento -o la no rutina como le llamo- y la cocina.</p>



<p><strong>&#8211; Tienes una campaña para recoger fondos y hacer posible esta publicación, ¿qué le dices a la gente? </strong></p>



<p>Sí, la campaña está abierta hace uno días en Ideame (<a href="https://www.idea.me/proyectos/67684/el-libro-de-os">https://www.idea.me/proyectos/67684/el-libro-de-os</a>) . Aunque el libro esté terminado y las fotos editadas, necesito dinero para garantizar un diseño e impresión de calidad; con el dinero que junte podré imprimirlo este año. Tengo el apoyo de una editorial independiente en Buenos Aires; pero aunque el dinero nunca me faltó en mis viajes, ahora es un requisito imprescindible para que mi historia llegue a todo el mundo.</p>



<p><strong>&#8211; Eres una venezolana radicada en Argentina desde hace algunos años, ¿por qué elegiste ese país? ¿qué te ha enseñado y te sigue enseñando? </strong></p>



<p>Argentina me enseñó de libertad, empoderamiento e igualdad. Aquí he aprendido a no quedarme callada, a reclamar cuando sea necesario, a no tener miedo de compartir mis opiniones y lo más importante: a darme más valor como mujer. Esa lección la re-aprendo a diario con la mujer de 70 en minifalda y tacones en el colectivo o con el grupo de amigas reunidas en un café charlando -sin vergüenza- de sexo, psicología y economía. Esas imágenes las agradezco cada día vivido en Buenos Aires.</p>



<figure class="wp-block-image"><img class="wp-image-5940" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-en-puno_lagotiticaca-1024x1024.jpg" alt="" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-en-puno_lagotiticaca-1024x1024.jpg 1024w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-en-puno_lagotiticaca-150x150.jpg 150w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-en-puno_lagotiticaca-300x300.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2019/03/6grados_os-en-puno_lagotiticaca-600x600.jpg 600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p><strong>&#8211; ¿Qué extrañas de Venezuela? </strong></p>



<p>A mis padres, al patio de casa con plátano y matas de mango y el olor de la cocina cada vez que mi mami o abu hacían la comida. Nuestros viajes por Bailadores buscando las mejores fresas con crema o la neblina de mi Mérida hermosa reposada sobre las montañas y el asfalto de la ciudad. Son imágenes que guardo como un tesoro en mi memoria.</p>



<p><strong>&#8211;  ¿Te consideras más emprendedora que soñadora o tienes mucho de ambas? </strong></p>



<p>Ambas, porque sin un sueño no se puede emprender. Todos somos soñadores, desde que nacemos, la diferencia del emprendedor es que él cree con tanta convicción que es capaz de convertir esa pequeña idea en una realidad.</p>



<p><strong>&#8211; Si existiera alguna clave para escribir un libro, ¿cuál sería? </strong></p>



<p>Constancia.</p>



<p>&#8211;<strong> El último capítulo de tu libro se titula “Una historia de amor y una despedida en Cuba, mi primer gran viaje”, ¿qué puedes adelantarnos? </strong></p>



<p>Jaja, me da mucha risa porque este capítulo intriga a muchos. Yo viajé a Cuba enamorada, llevada por una pasión de años que en la isla alcanzó su máximo; en esos días no escribí ni una línea pero me empapé de cada olor, atardecer y música que compartí con esa persona. Confieso que por meses pensé en no incluir esas páginas, pero después reflexioné y le di la vuelta; quise hacer una reconstrucción de esa historia y al mismo tiempo despedirme de la persona que amé. Cuba fue el inicio de mi gran viaje y también el punto de partida para el “final” de esa historia de amor.</p>



<p>Defensora y creyente del movimiento como forma de vida, Osjanny Montero ha estado marcada por sus andares. De Maracaibo, Zulia -ciudad en la que creció- se trasladó junto a su familia a Mérida; de ahí se mudó a San Cristóbal, estado Táchira, para estudiar periodismo en la Universidad de Los Andes. Posteriormente, decidió irse a Caracas donde se desempeñó como redactora de medios impresos y digitales.</p>



<p>Su estancia en la capital venezolana estuvo acompañada por recorridos a museos, bulevares y una que otra taguara como El Maní y las del conocido Callejón de la Puñalada. Caracas le mostró así el sabor de la buena salsa, la locura de ir y venir en el metro; tiempo que empezaba a prepararla para lo que venía: un viaje constante que no tuvo parada hasta el año 2017 -luego de vivir el terremoto más fuerte de la historia de México- cuando tomó la decisión de establecerse en la ciudad de Buenos Aires.</p>


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		<title>Sentir frío</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2019/01/sentir-frio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Jan 2019 16:31:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Buenos Aires]]></category>
		<category><![CDATA[Inflacción]]></category>
		<category><![CDATA[Pobreza]]></category>
		<category><![CDATA[Tristeza]]></category>
		<category><![CDATA[Viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Blanca Hurtado Nederr Llegué a Buenos Aires, Argentina, un día de junio del año pasado. Iba preparada&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Por Blanca Hurtado Nederr</strong></p>



<p>Llegué a Buenos Aires, Argentina, un día de junio del año pasado. Iba preparada para el frío. Amigos radicados en esta ciudad me advirtieron de las bajas temperaturas. Así que desde que salí de Venezuela traté de abrigarme todo lo que fuera posible. Arribé a Buenos Aires en plena madrugada y me trasladé directo al hotel. Una vez ahí, sentí la frescura caribeña que en algunas épocas se percibe en mi país.</p>



<p>El panorama cambió cuando me tocó salir del hotel: el viento rebotaba fuertemente en mi cara, la brisa era fría, mis dedos empezaban a entumecerse. Esa sensación duró mientras esperaba, afuera, un taxi. Minutos después, transitaba por la avenida 9 de Julio cuando un semáforo detuvo la marcha. Noté que a mi izquierda estaba una mujer vestida con mono y suéter rosado, que llevaba en sus manos un pote para recolectar dinero. Los conductores hicieron caso omiso. Ni siquiera bajaron el vidrio.</p>





<p>Faltaba poco para que el semáforo cambiara de luz y aquella mujer comenzó a alejarse. La observé en su paso lento, cansado. Subió una acera y llegó hasta donde se encontraba un coche. Dentro había una niña recién nacida, abrigada apenas con un manto. Tenía los labios morados y las mejillas rojas, notablemente quemadas por el frío.</p>



<p>Aquel día, el primero que me regalaba Buenos Aires, cambió mi perspectiva de la ciudad. Y entonces pensaba en las palabras de un argentino que me comentó que apenas empezaba el frío. Pensaba en mi, en el frío que llegué a sentir en apenas minutos. Pensaba que por aquellos días de junio, en los que el peso llegó a devaluarse cuatro puntos en una semana, se acercaban -como ocurrió- días más fríos para muchos argentinos.</p>
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		<item>
		<title>El eterno regreso de Adriana Herrera o la historia de su Mapa Reverso</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/07/el-eterno-regreso-de-adriana-herrera-o-la-historia-de-su-mapa-reverso/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Jul 2018 23:11:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Adriana Herrera]]></category>
		<category><![CDATA[Periodismo]]></category>
		<category><![CDATA[Retazos de Viaje]]></category>
		<category><![CDATA[Viaja el mundo]]></category>
		<category><![CDATA[Viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Por qué viajan quienes viajan? ¿Qué les sucede en sus recorridos? ¿Qué hay detrás de la foto que&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="por-que-viajan-quienes-viajan-que-les-sucede-en-sus-recorridos-que-hay-detras-de-la-foto-que-publican-en-instagram-todo-es-muy-divertido-sienten-miedo-estan-fe"><span style="color: #6e4d8b;">¿Por qué viajan quienes viajan? ¿Qué les sucede en sus recorridos? ¿Qué hay detrás de la foto que publican en Instagram? ¿Todo es muy divertido? ¿Sienten miedo? ¿Están felices siempre? ¿Extrañan la casa? ¿Por qué regresan? ¿Qué es todo eso que arbitrariamente dejan por fuera de sus crónicas? Desde su experiencia personal, la periodista de viajes Adriana Herrera —una nómada que va por el mundo sola, tomando fotos y llenando libretas— ha respondido a esas preguntas. Lo hizo a largo del relato tan íntimo que es su primer libro, <strong>Mapa Reverso [Retazos de viaje]</strong></span></h4>
<p><strong>Por Erick Lezama Aranguren</strong></p>
<p>Primero escapó de la vida tan común que llevaba. Adriana Herrera —periodista, nacida en Caracas en 1981— se levantaba muy temprano, iba a la oficina en la cual trabajaba como editora y ocho —o más— horas después regresaba, cansada, a casa; tomaba una ducha, leía las páginas de algún libro y dormía tarde. Rutina. A cada tanto, le tocaba viajar por trabajo. En las dos o tres semanas de vacaciones que tenía al año, viajaba por placer. Pero salvo esos momentos, todo era rutina. Y las rutinas atrapan. Son asfixiantes. Sobre todo para algunos seres que se sienten libres. Un día de 2010 —era domingo por la tarde— Adriana tomó un taxi. A fuera llovía a cántaros y Caracas estaba atascada en un tráfico demencial. Quizá la idea le daba vueltas en la cabeza desde hace mucho, pero fue en ese instante, sintiéndose prisionera, cuando decidió que ya no más. Basta, se dijo. Voy a viajar, se prometió. A viajar y a escribir: a vivir de eso.</p>
<p>Llena de dudas (y de coraje), le hizo caso a su intuición. Renunció al trabajo. Después de cumplir un preaviso largo, de tres meses, buscó compañía para sus recorridos; pero no encontró a nadie dispuesto a tamaña osadía. “Cada quien va caminando por la ciudad, atado a su ritmo y a sus propias querencias”, entendería después. Entonces se atrevió a hacerlo sola, a su tempo: caminando despacio, siempre con una cámara y varias libretas en la maleta.  El plan más temprano que tarde comenzó a funcionar. Viajaba y escribía. Abrió un blog (<a href="https://viajaelmundo.com/" target="_blank" rel="noopener">viajaelmundo.com</a>) y publicaba crónicas en National Geographic Traveler Latinomaérica, en Estampas (revista dominical del diario El Universal de Venezuela) y en medios de España, Colombia y Costa Rica.</p>
<p><figure id="attachment_5721" aria-describedby="caption-attachment-5721" style="width: 620px" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-5721" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/07/adriana.png" alt="" width="620" height="436" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/07/adriana.png 620w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/07/adriana-300x211.png 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/07/adriana-600x422.png 600w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /><figcaption id="caption-attachment-5721" class="wp-caption-text">Foto tomada de viajaelmundo.com</figcaption></figure></p>
<p>Pero Adriana anotaba en esos cuadernos más que datos periodísticos. Miedos, tristezas, euforias, sabores, olores, preguntas, dudas, algunas certezas, contradicciones, el silencio transformado en palabras, descripciones, relatos íntimos, disertaciones, anécdotas, curiosidades. Escribía en aviones, en trenes, en barcos, en un hotel, en un hostal y al llegar a casa. Y garabateaba ilustraciones de lo que tenía ante la vista: una ciudad, una calle, un bosque, el mar. Todo cabía en esas hojas. Eran los trazos de un mapa que delineaba una historia en la que ella era la protagonista. Tantos viajes eran uno solo: uno que iba hacia su mundo interior.</p>
<p>Pero ella no se percataba. Y lanzaba esas libretas en su escritorio, o en alguna gaveta, o en un rincón: las olvidaba, jamás las abría.</p>
<p>Debía pasar el tiempo.</p>
<p>El tiempo que produce distancia.</p>
<p>La distancia que permite ver mejor.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>*</strong></p>
<p>En 2014, Adriana hizo un recorrido de tres meses por Europa. Meses después de volver, un día cualquiera de ese año, ocurrió una catástrofe: el disco duro de su computadora estalló y esa explosión borró el registro de sus últimos tres años de viajes.</p>
<p>Entonces, en un arrebato de nostalgia y melancolía, corrió a desempolvar aquellas libretas, como quien busca una lámpara cuando se descubre rodeado de oscuridad. Necesitaba una guía para armar un archivo mental de todo lo que había perdido, y pensó que aquellas líneas podían ayudarla. La experiencia de releerse fue reveladora. Por fin vio, nítidamente, un arco dramático, un hilo narrativo, a ella misma como personaje.  Era lo que faltaba para que se le ocurriera la idea de que eso debía convertirse en un libro: en su primer libro.</p>
<p>Y lo hizo.</p>
<p>Se autopublicó poco más de dos años después. Un día antes de mandar a diseño el material, en enero de 2017, redactó en Caracas el último texto del trabajo, en el cual evoca el episodio: “Esas libretas que había relegado a la parte más oscura de mi suerte de oficina, ahora tenían una voz que insistía en contarme cosas. Y es ahí cuando me detengo a pensar que a todos nos pasa: identificarnos con las emociones, me refiero. Volver sobre nuestros pasos para descubrir detalles que no sabíamos y así, seguir trazando rutas que nos conduzcan, al fin, hacia eso que anhelamos. Viajar, para mí, es un acto de (re)conocimiento cada vez”.</p>
<p>En la introducción también dio pistas de ese aprendizaje: “Los viajeros vamos narrando el viaje como quien subsiste. Anotamos detalles que creemos que podemos olvidar después. Cerramos los ojos para rememorar atardeceres, olores, una canción, la textura de algunas paredes, un sabor en particular y entonces escribimos porque intentamos hacer nuestra esa realidad que nos arropa y es ahí cando el viaje se cuela en la existencia de quien intenta contarlo, anulando todo aquello que dábamos por cierto, para dejarnos en un limbo en el que no estamos seguros de si vale más lo fijado en el papel o la simple sensación de recordar lo vivido (…) El viaje no es solo lo que se ve, sino también lo que sucede mientras se observa. Se viaja por dentro y por fuera como un acto de rebeldía, al que muchas veces nos resistimos. Escribimos para seguir viajando en la relectura (…)”.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>*</strong></p>
<p>La bitácora es tan larga como desordenada. Cronologías que se rompen, líneas que se cruzan, una y otra vez. Idas y vueltas. (Re)encuentros. Siempre regresos.</p>
<p>Medellín, Los Roques, un tren que va de Basel a Zurich, un vuelo de Madrid a Caracas. Caracas —de nuevo—. Madrid, un vuelo de Malta a Madrid, Edimburgo, un tren que va desde Ásterdam a Colonia (en Alemania), un vuelo de Madrid a Nueva York. Canaima. Chicago (o quizá, New Orleans), Dublin y Wicklow, Zurich. Caracas —otra vez—. Río de Janeiro. Caracas —una vez más—.  Una noche y un amanecer a orillas del Río Caura, Malta, Trieweiler, Los Roques, Dublin, New Orleans, Memphis, New Orleans. Caracas —como siempre—.  Paraguaipoa. Grecia, como una barajita faltante.</p>
<p>Y Caracas, la de los regresos.</p>
<p>Adriana vive Caracas.</p>
<p>Si se asoma en su ventana, ve el Ávila, las guacamayas volando, el atardecer. Escucha los gritos de los niños jugando en un parque de diversiones y el escándalo de esta urbe frenética. “Yo sé, vivo en una de las ciudades más violentas del mundo, pero es donde me gusta vivir. Insisto en conseguir su belleza, cada día. Y sé que no estoy sola. Caracas es Caracas, mi ciudad”, escribió recientemente en su cuenta de Instagram, <a href="https://www.instagram.com/viajaelmundo/" target="_blank" rel="noopener">@viajaelmundo</a>. No hace tanto volvió de un recorrido por la India. Llegó cargada con tanto incienso y especias como historias por contar. Como ya es costumbre en ella, pospuso por días o semanas el ritual melacólico de desempacar; tanto que la ropa le quedó oliendo a Cardamomo. “Y entonces yo era India mientras caminaba en Caracas, con sus aromas pegados al cuerpo (…) Los viajes siguen sucediendo aunque ya estemos muy quietos”, reflexionó en otro post.</p>
<p><figure id="attachment_5719" aria-describedby="caption-attachment-5719" style="width: 620px" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-5719" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/07/kerala_munnar_mujer.jpg" alt="" width="620" height="372" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/07/kerala_munnar_mujer.jpg 620w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/07/kerala_munnar_mujer-300x180.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/07/kerala_munnar_mujer-600x360.jpg 600w" sizes="(max-width: 620px) 100vw, 620px" /><figcaption id="caption-attachment-5719" class="wp-caption-text">Foto Adriana Herrera</figcaption></figure></p>
<p>Desde Caracas, Adriana ha estado enviando su Mapa Reverso [Retazos de viajes], autografiado, a muchas partes del mundo. Acaba de mandar varios a Canadá, Holanda, Italia, Colombia y Estados Unidos, como parte de una campaña humanitaria que denominó #ViajeSolidario: quien comprara el libro estaría contribuyendo con un comedor de Alimenta la Solidaridad —iniciativa que empodera a comunidades desfavorecidas— en el que se comen 60 niños. Eso la mantuvo ocupada. Pero ya la campaña finalizó y está por empezar a otro viaje corto: a Morrocoy, un paraíso playero en el occidente venezolano.</p>
<p>Antes irse —para volver— recuerda que todo comenzó estando peleada consigo misma.</p>
<p><strong>¿Por qué no habías vuelto a releer tus libretas? ¿Acaso querías olvidar lo vivido?</strong></p>
<p>Yo cuando me fui a Europa en 2014, lo hice porque quería escribir. No sé qué. Pero había pensado que, para poder escribir bien, tenía que irme lejos. Me llevé seis libretas y ni siquiera llené la tercera.  Pasé todo el viaje peleando conmigo misma por lo que estaba apuntando. No me sentía conforme; sentía que lo que estaba ahí no era bueno. Tenía ese conflicto conmigo misma y quizá por eso no releía. No me daba curiosidad. Entonces sucedió lo de mi computadora y al volver a esas líneas me di cuenta que había una historia contada de otra manera, que había un personaje — que era yo— peleando consigo misma. Le vi la parte interesante y salió lo que salió.</p>
<p><strong>Lo que salió fue una autopublicación, ese método de publicación que todavía no es común en Venezuela. ¿Se te hizo difícil? ¿Pensaste en desistir y volver a abandonar esos retazos de tus viajes? </strong></p>
<p>Desde el principio, Willy Mckey, que fue mi editor, y yo, queríamos que fuera una autopublicación. Estábamos conscientes de que era un libro distinto, y que posiblemente a las editoriales no les haría guiño de buenas a primeras. Sabíamos que iban a decir que me estaba autopublicando porque me habían rechazado en otro sitio. Y no, hacerlo así fue una decisión. A mitad de camino, sí, hubo un pequeño viraje: Willy lo presentó en una editorial. El “no” que nos dieron nos empujó más hacia la autopublicación, con la certeza de que estábamos haciendo las cosas bien. Fue difícil porque al hacerlo de ese modo, todos los gastos corrieron por mi cuenta. Los presupuestos, en medio de esta hiperinflación, no se mantenían por más de tres días. Diseño, corrección, y, el gasto mayor, el de imprenta. Fueron momentos muy complicados. Pero vacié mis ahorros y aposté. No hubo nada que me hiciera desistir. Mientras más difícil todo, más me empeñaba en que había que hacerlo. Era una luz en mi propio camino. Esperé terminar un trabajo grande que estaba haciendo, y apenas me lo pagaron, todo el trabajo se resumió en una semana: pude imprimir.</p>
<p><strong>A fin de cuentas, ¿por qué crees que esos relatos íntimos que conforman este viaje tan personal puede interesarles a otros?, ¿cuál era tu propósito al convertirlos en un libro?</strong></p>
<p>Creo que era un libro que tenía que escribir, que respondía a mis emociones. Pienso que a través de mis emociones y de la manera en la que vivo el viaje, la gente se puede identificar con lo que sea que ellos hagan. ¿Por qué convertirlo en libro? Porque esas cosas que conté ahí son las que nosotros los viajeros decidimos de buenas a primeras no contar. Es como el Instagram: todo el mundo muestra la foto del paisaje, de la palmera y el mar, pero no de lo que le costó llegar hasta allá. Era darle un toque de certeza a la manera en la que yo entiendo el viaje. Decir: “Todas estas cosas pasan, y pasan más seguido de lo que alguien se pueda imaginar”. Dejarlo por escrito es una forma de sentar un precedente, de preguntar por qué no contarlo, por qué no ir en consonancia con lo que sentimos, con lo que vivimos. Porque detrás de cada viaje se oculta un viaje interno. No estoy descubriendo el agua tibia. Solo decidí que tenía que contarlo y me hacía bien.</p>
<p><strong>Queda claro que tu relación con la palabra escrita va más allá del ejercicio periodístico. Da la impresión de que la escritura es una pulsión natural en ti. Por ese conflicto existencial que vivías, ¿te identificas con el dicho que dice &#8220;odio escribir, pero amo haber escrito”? </strong></p>
<p>Había olvidado ese dicho, pero creo que es muy cierto. Odié todo lo que escribí, pero qué bueno que lo escribí. Digo siempre que mi blog es como mi laboratorio: mi lugar para experimentar. Seguramente allí hay aciertos y desaciertos: algunos textos buenos, otros malos. Pero me inquieta la escritura, me inquietan las historias. Así que como yo viajo, me gusta explorar también a través de la palabra. Estoy en ese camino de intentar hacerlo bien, o medianamente bien. Quiero acercarme a ese ideal de hacer las cosas lo mejor posible. Es lo que intento, cada día.  Es un constante aprendizaje.</p>
<p><strong>Tenías muy claro el concepto editorial de este trabajo. Pero era muy fácil perder el foco y torcer la idea hacia un producto más comercial: que se pareciera más a un libro convencional de viajes. ¿Por qué te empeñaste en hacerlo así? </strong></p>
<p>No, la verdad es que no era fácil perder el foco. Por lo que dices: tenía sumamente claro el concepto del libro. Yo consumo mucha literatura de viajes, en inglés, en español, de distintas nacionalidades, y todos siguen como una misma línea. No es que no te vas a encontrar un libro como el que yo he hecho. No quería que fuera un libro común, así que no había manera de hacer un libro común. Entonces me arriesgué diciendo: yo me estoy autopublicando, esta es mi propuesta y creo firmemente en esto. Pensé: si la gente no lo entiende, bueno, quizá con el tiempo lo van a entender.</p>
<p><strong>Admites desde la primera página que en el libro hay cierto desorden. ¿Por qué? ¿Qué querías decir con esa estructura?</strong></p>
<p>Sí, yo planteaba una bitácora desordenada. Si te das cuenta, el libro está dividido en tres capítulos: el camino (retazos cuando me movía de un lado a otro), el viaje (que son las crónicas) y luego el delirio (cosas que se me ocurrieron en cualquier parte). Si bien comencé en el 2010, vas leyendo cronológicamente, pero en cada capítulo se rompe la línea. Y te digo, yo quería que fuera un poco más desordenado; respondía a una idea que yo tenía en la cabeza y que solo yo podía entender. Pero ahí entró la labor del editor: Willy me hizo ver que tampoco podía forzar al lector a entender tamaño desorden. Me gusta como quedó. Porque es una manera de que cada quien construya el libro a su manera. No quería aburrir, porque yo a veces me aburro leyendo, aunque me guste mucho como escriba el autor.</p>
<p><strong> Has hecho muchos otros viajes. Seguramente tenías muchas otras anotaciones en tus libretas. ¿Cómo seleccionaste lo que está allí? ¿Qué querías contar haciendo énfasis en esos puntos específicos de un viaje que es más grande? </strong></p>
<p>Yo siempre escribo; tengo muchas libretas llenas, escribo un montón. Nosotros establecimos un período, que eran 5 años de viajes: finales de 2010, finales de 2016. Era necesario ese límite de tiempo. Así que lo que estaba por fuera de ese lapso, lo excluíamos.  La primera labor que hice fue releer como 11 libretas. Por sugerencia del editor, fui clasificándolos: todos los textos que fueron escritos en Caracas, los que hice en avión, en barco, en otro país, en tren. Dentro de esa separación, iba armando la línea emocional que quería que se sintiera, ese conflicto emocional conmigo misma; entre irme y quedarme; entre escribir o no escribir; las situaciones más inusuales que me pasaban. Los miedos, las tristezas, la soledad, el reencuentro. E iba decantando. Clasificamos esos tres capítulos al final de todo: queríamos un orden dentro de nuestro desorden.</p>
<p><strong>En el libro dices que viajando te has encontrado con una cara amable del mundo: que la gente es no es tan mala. ¿Te tomó mucho tiempo —y muchos kilómetros y muchas millas— llegar a esa conclusión?</strong></p>
<p>Es que en eso he creído siempre. Cuando decido viajar sola y me consigo a gente amable dispuesta a darme la mano, confirmé eso. En cierto momento, en 2012 o 2013, me aburrió un poco que vieran en mi forma de viajar un acto de heroísmo. ¿Por qué me creían valiente? Yo solo estaba haciendo lo que me gusta: es mi profesión y mi pasión. Me molestaba esa reverencia. Después entendí que todo el mundo lo veía como yo. Me puede pasar algo, sí; pero no salgo pensando en eso. La única manera que te des cuenta que el mundo no es tan malo, es saliendo y disfrutándolo al máximo.</p>
<p><figure id="attachment_5722" aria-describedby="caption-attachment-5722" style="width: 1280px" class="wp-caption aligncenter"><img class="size-full wp-image-5722" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/07/adrianaherrera.jpg" alt="" width="1280" height="720" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/07/adrianaherrera.jpg 1280w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/07/adrianaherrera-300x169.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/07/adrianaherrera-768x432.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/07/adrianaherrera-1024x576.jpg 1024w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/07/adrianaherrera-600x338.jpg 600w" sizes="(max-width: 1280px) 100vw, 1280px" /><figcaption id="caption-attachment-5722" class="wp-caption-text">Foto tomada de viajaelmundo.com</figcaption></figure></p>
<p><strong>Te han preguntado mucho si te sientes atrapada aquí en tu país y que por qué insistes en volver cuando tanta gente se está yendo.  ¿Cuál es tu respuesta? </strong></p>
<p>Que no me siento atrapada. Que me puedo ir cuando quiera. Que me quedo por muchas razones: porque aquí están mis afectos, mi familia; porque creo que tengo las herramientas y las ganas de reconstruir y aportar algo y espero que siga haciendo así. Ojalá no tenga que tragarme las palabras y que mi propio país no me termine echando. Yo me resisto a esas veces en las que siento que el país me está empujando. Es confuso cuando me preguntan por qué vuelvo. Es muy antipática esa pregunta. Trato en lo posible de buscar bellezas dentro del caos. Confío en que esta tormenta va a pasar; pero mientras, uno tiene que aferrarse con fuerza a lo que tiene más a mano, y lo que uno tiene más a mano son los afectos. Eso es lo que te da fuerza para seguir.</p>
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		<title>Con “el negro en la taquilla”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 30 May 2018 00:17:45 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Por Gianni Mastrangioli* Hay que ver que uno sí se vuelve lambucio en Italia. Se los juro, es&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gianni Mastrangioli*</strong></p>
<p>Hay que ver que uno sí se vuelve lambucio en Italia. Se los juro, es como si nos invadiese esa hambre mental que produce comprobar qué es realmente la comida mediterránea, nada que ver con lo que probamos en Chacao, La Candelaria, Las Mercedes. Jamón serrano, aceite de olivo, helado de chocolate, pasta, ñoquis, pan de costra y otras tantas delicadeces culinarias que deseamos meternos en la boca, bachaqueando los sabores. La noche que aterricé, me cené con unos amigos, o, mejor dicho, me embutí con ellos, calculo yo, por la media bajita, cinco platos. Juan Barreto, pues; el troglodita. Sin embargo, mi festejo de papilas gustativas encontró su fin cuando, estando en Venecia la semana pasada, el negro me tocó la taquilla. Plaza San Marcos, hora del almuerzo. Sobre el mantel de mi mesa, un pedazo de tiramisú, un trozo de pizza napolitana y media botella de vino tinto. Doblando las tiras de salchichón y pensando que lo restante podría llevármelo envuelto en una servilleta, sentí aquel fresquito de playa de las cinco de la tarde. ¿Saben a lo que me refiero?, ¿tipo como cuando estás en La Guaira, sales de la orilla y te pega esa brisita fría en el estómago? Bueno, así. Al principio me dio cierto placer, pero luego me di cuenta que alguien quería hacerme la visita…y no en góndola. Era el negro. O los negros. Qué sé yo. Inspecciono. A mi alrededor, veo un letrero que dice “fuera de servicio por mantenimiento”. Verga. Pago la cuenta, me alzo disparado de la silla y empiezo a correr a la estación de Santa Lucía, donde había visto uno. Sudor. Piernas temblando. Hemorroides cerrando la aduana. El celular, sin batería.</p>
<p>Y no es que en Venecia puedes parar un taxi y escaparte como si fueras un cohete. No. Están los canales, los pequeños lagos, los puentes, los turistas rompi coglioni y demás laberintos acuáticos. “Disculpe, señor: de aquí de San Marcos, ¿cómo llego hasta Santa Lucía? No me funciona el Google Map”, pregunté. “Vea, ragazzo: Calle dei Fabbri, después gira a la izquierda por la calle dei Fabbri, después gira ligeramente por la calle Bembo y luego vuelve a girar por la calle dei Fabbri. Facilísimo”. ¿Ustedes entendieron? Pues, yo tampoco. De allí que decidí poner en práctica mis instintos de orientación caraqueños, buscando “la cuadra llanera”, “la vuelta de la esquina”, el “después del semáforo” y el “pasando el quiosco”. Nada. Como si hubiera ido de Plaza Venezuela a Sabana Grande, retorné a San Marcos. La vuelta en U. Coño de la madre. “¿Cómo es que era la calle esa?, ¿Fabbri?”, me dije a mí mismo. Sudor. “Sí, Fabbri”. Brisa. “Muévete”. Agua, agua, sólo agua. Venecia se pintaba tranquila: Gente distraída, tomando fotos; ignorando por completo la composición de instrumentos intestinales que yo cargaba por dentro. Había negocios con máscaras, las cuales pensé que, por un segundo, se estaban riendo de mí. “Al fin, la fulana calle dei Fabbri. Dale, Gianni, dale. Casi llegas”. Pero fue tarde. Apenas vi el reloj de la estación a lo lejos, al otro lado del Gran Canal, se desparramó la parranda. Sentí la presencia del negro y sus amigos, todos bailando ritmos venezolanos diversos. Leo-leo-lé, leo-leo-lá; ay, Julián, Julián, Julián José, repíqueme los tambores que me lo quiero aprender, golpe…</p>
<p>De igual forma, pagué un euro para entrar a inspeccionar los daños. Como un perito. Un pantalón parduzco como el río Guaire, unas medias testigos de la vaguada presente y un par de interiores con una gran raya larga. Tan larga, como la vergüenza que me invadió al recordar que había dejado la cartera encima de la mesa, con el pedazo de tiramisú y el trozo de pizza.</p>
<p><a href="https://www.facebook.com/LaEsnogotaOnline/photos/a.2015229405468436.1073741828.2013849572273086/2033292553662121/?type=3"><strong>*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.</strong> </a></p>
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		<title>Mi memoria atascada en la estación Mercado</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/04/mi-memoria-atascada-en-la-estacion-mercado/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Apr 2018 00:22:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
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		<category><![CDATA[Caracas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Gianni Mastrangioli* Cuando vivía sobre la línea tres del Metro de Caracas y solía bajarme en la&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gianni Mastrangioli*</strong></p>
<p>Cuando vivía sobre la línea tres del Metro de Caracas y solía bajarme en la estación Mercado, apretaba las hemorroides cada vez que llovía a cielo roto. Un instinto más efectivo que las predicciones atmosféricas del Observatorio Cagigal. Tres gotas caídas y ya sabía yo que vendría el caos: barro, gente remojada entre uniformes de trabajo, empujones y un montón de usuarios/hormigas a merced de la desesperación.</p>
<p>“Pero claro, todo eso se solucionará después de que me <span class="text_exposed_show">establezca afuera del país” en Londres, pensé. Pues no. Qué iluso. Resulta que la nieve es más caótica que los chaparrales de agua, así como lo es también la visión de nación desarrollada, de la perfección del sistema primermundista.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<div class="text_exposed_show">
<p>En marzo del mes pasado tuve que emprender una travesía al estilo de Moisés en el desierto para llegar hasta la compañía donde laboro. Cuatro horas de anticipación para recorrer este blanco desierto de panorama triste. Los trenes, todos congestionados. Cual usuarios de la línea Tres, a los que pertenecí por largo tiempo, todos aquí nos hallamos sometidos a la inclemencia de estas brusquedades climatológicas. Y lo peor del caso es que todavía no sé adivinar el cambio en la nubosidad para saber si vendrá alguna mejoría con el paso de las horas.</p>
<p>Quizás mis hemorroides, como también mi memoria, siguen atascados en algún retraso de la estación Mercado.</p>
<p><strong>*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.</strong></p>
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</div>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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