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	<title>Jennifer Rolong Ibáñez &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Jennifer Rolong Ibáñez &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>La tercera</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/05/la-tercera/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 31 May 2017 00:02:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Erotismo]]></category>
		<category><![CDATA[Jennifer Rolong Ibáñez]]></category>
		<category><![CDATA[Seducción]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Jennifer Rolong Ibañez Ahí estaba yo, sentado en esa silla con muchos cojines que cubrían gran parte&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Jennifer Rolong Ibañez</strong></p>
<p>Ahí estaba yo, sentado en esa silla con muchos cojines que cubrían gran parte de mi cuerpo; luz cálida, que buscaba transmitir una tranquilidad que yo no era capaz de encontrar; dulces aromas se percibían, leves, suaves, muy agradables; música ambiental con toques orientales queriendo mandarte directamente a la meditación. Cada cosa estaba puesta cuidadosamente para cada uno de los sentidos, cada cosa buscando descubrir que no era un ser inerte, cada aroma, cada sonido, cada juego de luces y objetos, buscando darme la paz que me fue imposible adoptar.</p>
<p>La llegada de seis mujeres interrumpió mis pensamientos (aunque ninguno fue nunca claro, fueron interrumpidos), la voz de una de ellas logró que levantara la mirada.</p>
<p>-Caballero, puede escoger a la que desee.</p>
<p>Vi al resto de ellas presentarse una a una sin decir ni media palabra, daban un paso al frente, inclinaban su rostro ante mi como señal de respeto, retrocedían el mismo paso y se retiraban sin darme la espalda. Quedé con la boca entreabierta, mirando un punto fijo, no podía creer lo que acababa de presenciar, no podía creer que mostraran ante mí un respeto que claramente no merecía.  Nuevamente la voz, de la misma mujer, me sacó de mis pensamientos.</p>
<p>-¿Ha hecho su elección?</p>
<p>-No lo tengo claro, creo que quisiera volver a verlas- dije con una leve sonrisa retorcida que se dibujó en mi rostro.</p>
<p>La mujer me devolvió la sonrisa y fue en busca de las otras cinco.</p>
<p>Volvieron ante mí e hicieron lo que parecía un ritual aprendido, repitiéndolo sin ningún cambio.</p>
<p>-¿Está listo para decidir?</p>
<p>-La tercera</p>
<p>&#8211; Buena decisión, en un momento estará con usted.</p>
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<p>Volví a mirar las figuras del piso, esculcando entre ellas las razones que me habían llevado a ese lugar. Coloqué la mano en mi boca como si quisiera evitar que saliera palabra alguna, con la otra juguetee con el poco cabello que me quedaba.</p>
<p>-Puede pasar por acá- exclamó una voz femenina que provenía de una habitación con poca luz</p>
<p>Levanté la mirada pero no tuve ninguna otra reacción.</p>
<p>Repitió de una manera dulce mientras sonreía. – puedes venir acá-.</p>
<p>Me levanté tambaleándome un poco, con paso torpe y dudoso avancé hasta ella. No caminé más de cinco metros, pero fueron eternos. Cerró la puerta, me sonrió falsamente y tuvo un derroche de amabilidad innecesaria.</p>
<p>-Puedes ponerte cómodo, dejar tus cosas en ese rincón.</p>
<p>Coloqué cuidadosamente mi maletín cargado de cosas inútiles en el lugar donde me fue indicado.</p>
<p>-¿Tomarás el masaje? – me preguntó sin ningún tipo de preámbulos ni adornos.</p>
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<p>Miré cada centímetro de la habitación con ganas de encontrar lo desconocido. Una mesa, un sofá, una cama, luces que intentaban dar un toque de misterio, dibujos en las paredes bastante sutiles, nuevos aromas, sombras, un ambiente enrarecido por las personas que imaginé habían ocupado mi lugar antes de mí.</p>
<p>Aflojé el nudo de mi corbata como si me impidiera respirar y toqué torpemente la barba de tres días que había sido incapaz de afeitarme.</p>
<p>&#8211; Sí, creo que sí-. Respondí tartamudeando y visiblemente nervioso</p>
<p>&#8211; Estás intranquilo. ¿Te pasa algo?</p>
<p>&#8211; No, solo creo que necesito el masaje.</p>
<p>Cruzamos un par de palabras, me pidió que me retirara la ropa y me recostara boca abajo en la extraña cama que se encontraba a mi lado. No pasó mucho tiempo cuando empecé a sentir sus manos en mi espalda, frotando suavemente aceites desconocidos, generando una sensación dolorosa pero agradable. Unos segundos después sentí el roce de sus pechos en mi espalda, su cuerpo desnudo tan cerca del mío, sus calientes manos paseando sin freno. Podía escuchar su respiración tranquila, pude escuchar mi corazón latir. – cuando quieras empezamos &#8211;  dijo con voz suave, casi un susurro. No pude pronunciar palabra, estaba medianamente paralizado, lleno de ideas, de pensamientos, de miedos. Continúo como si no hubiera mencionado nada, tocó mi cuerpo con más dedicación, hizo comentarios que no escuché, pero fingí hacerlo.</p>
<p>-¿Puedes girarte? &#8211; sin responder a su pregunta cumplí su petición, estaba ruborizado, sentía que mi cuerpo emanaba un calor insoportable.</p>
<p>Acercó su rostro al mío, su boca a mi oído &#8211; ¿Quieres que empecemos? – esta vez no pude ignora su interrogante. Tímidamente asentí sin emitir sonido. Inmediatamente cambió la manera de tocarme, llevó su boca a mi cuello, lo acarició con sus labios. Siguió explorando por mi cuerpo de maneras indescriptibles, poco a poco fue liberando mis instintos más básicos.</p>
<p>Ahí estuve, creando un lazo efímero, conectándome a alguien que no volvería a ver, uniendo mi alma a un ser desconocido.</p>
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		<title>Minicuento: La escopeta</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/05/minicuento-la-escopeta/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 03 May 2017 10:32:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Jennifer Rolong Ibáñez]]></category>
		<category><![CDATA[Julio Ardiles Gray]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Avanzó entre los naranjos. El sol caía con tanta fuerza que le obligaba a entrecerrar los ojos. La&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Avanzó entre los naranjos. El sol caía con tanta fuerza que le obligaba a entrecerrar los ojos. La paloma saltó entonces de una rama a otra, y a otra, y se perdió por entre el follaje bien alto. Con la escopeta levantada, Matías se acercó hasta el tronco del árbol. Pero por más que examinó hoja por hoja, no pudo dar con la paloma. Extrañado, se rascó la nuca.</p>
<p>De pronto, sobre su cabeza sintió un ruido. Volvió a fijarse. Arrebujado entre unas ramas, había un pájaro. No era su paloma; era un pájaro de un color entre azulado y ceniciento. Con cuidado, Matías apoyó el arma en el hombro y levantó el gatillo.</p>
<p>“Ya que no es la paloma -se dijo- no me voy a volver a la casa con las manos vacías”.</p>
<p>Pero en ese instante, el pájaro saltó a una horqueta, sacudió las alas e hinchando la gola se puso a cantar.</p>
<p>Matías, que ya había llegado al primer descanso, abandonó el gatillo y escuchó.</p>
<p>“Qué extraño -se dijo-. Jamás he escuchado cantar a un pájaro como este”.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>El trino, en el redondel de la siesta, subía como un árbol dorado y rumoroso. A Matías le pareció que más que el canto del pájaro, lo que se desgranaba eran las escamas amodorradas de la siesta misma. Y le comenzó a entrar un sopor dulce, unas ganas de abandonarse a los recuerdos de los tiempos felices y de no hacer nada más que escuchar el canto del pájaro que seguía subiendo, esta vez como un perfume agridulce y verde.</p>
<p>Para escuchar mejor, dejó caer la escopeta a un lado y arrastrando los pies se acercó al árbol para apoyarse en el tronco. El pájaro había desaparecido, pero su canto continuaba en el aire. Y no pudo sustraerse a la tentación de mirar al cielo y levantó los ojos. Allá arriba, entre unas nubes ociosas que desflecaban gigantescas flores de cardo, dos grandes pájaros negros volaban en lánguidos círculos inmensos. Matías, entonces, no supo distinguir si la dulzura que sentía venía del canto de aquel pájaro o de las nubes que se desvanecían como borrachas a lo lejos.</p>
<p>El canto, entonces, se acabó de improviso. Los pájaros y las nubes desaparecieron y él volvió en sí.</p>
<p>“Me estoy volviendo muy abriboca” -se dijo mientras sacudía la cabeza.</p>
<p>Buscó la escopeta pero no la encontró donde creía haberla dejado. Caminó más allá, volvió más acá, pero el arma había desaparecido.</p>
<p>-¡Esto me pasa por tonto! -gritó en voz alta.</p>
<p>Y todo lo que hizo después fue en vano. Al cabo de una hora, ya cansado, se dijo:</p>
<p>“Me iré a la casa a buscar a mi muchacho. Entre los dos la vamos a encontrar más ligero. No puedo perder así un arma tan hermosa”.</p>
<p>Y se lanzó cortando el campo hasta alcanzar el callejón.</p>
<p>Al entrar al pueblo fue cuando comenzó a sentir algo raro. Estaba como desorientado: echaba de menos algunos edificios y otros le parecía que nunca en su vida los había visto. A medida que avanzaba, la sensación iba en aumento. Y al llegar a su casa, el miedo le sopló en la cara un presentimiento vago, pero terrible.</p>
<p>Penetró en el zaguán. En el patio, cuatro chicos jugaban y cantaban. Al verlo se desbandaron gritando:</p>
<p>-¡El Viejo…! ¡El Viejo…!</p>
<p>Una mujer salió de una habitación sacudiéndose las hilachas de la falda. Matías balbuceó con un hilo de voz:</p>
<p>-¿Quién es usted…? Yo busco a Leandro…</p>
<p>La mujer lo miró largamente y frunció el entrecejo.</p>
<p>-¿Qué dice, buen hombre? -dijo.</p>
<p>-Busco a Leandro -tartamudeó Matías-. A mi hijo Leandro… Esta es mi casa.</p>
<p>-¿Su casa? -dijo la mujer.</p>
<p>-¡Sí. Mi casa! -gritó Matías-. La casa de Matías Fernández.</p>
<p>La mujer hizo un gesto de extrañeza.</p>
<p>-Era…-dijo sonriendo con tristeza-. Nosotros la compramos hace veinte años cuando desapareció don Matías y todos sus hijos se fueron de este pueblo.</p>
<p>-¡Qué! -gritó Matías, levantando las manos como para defenderse.</p>
<p>-Sí… -asintió la mujer temerosa. Entonces, Matías se fijó en sus manos y se dio cuenta que estaban arrugadas, muy arrugadas y trémulas como las de un hombre muy viejo. Y huyó despavorido dando un grito.                                                             <strong>          </strong></p>
<p><strong> Autor: Julio Ardiles Gray</strong></p>
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		<title>El Ocaso</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/05/el-ocaso/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 02 May 2017 00:13:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Eva Blanco Rangel]]></category>
		<category><![CDATA[Jennifer Rolong Ibáñez]]></category>
		<category><![CDATA[Naturaleza]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Eva Blanco Rangel Me haces sentir como un atardecer lleno de colores. Eres ese oleaje de nubes&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Eva Blanco Rangel</strong></p>
<p>Me haces sentir como un atardecer lleno de colores.</p>
<p>Eres ese oleaje de nubes tan prominente a mí alrededor&#8230;</p>
<p>Sin embargo eres tan efímero, tan conciso que me haces</p>
<p>desearte más y más.</p>
<p>No hubiera dicha más grande</p>
<p>que la que siento al contemplarte. No habría fronteras</p>
<p>si te desnudaras sin temor a nada y tampoco</p>
<p>tristezas desesperadas si aparecieras cuando te necesitaran.</p>
<p>Ven a mí cada día pequeño ocaso, déjate observar con alegría.</p>
<p>No dudes en presentarte ante mis ojos ni</p>
<p>de enamorarme con tanta naturalidad.</p>
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		<item>
		<title>Minicuento: La mujer-gato</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/04/minicuento-la-mujer-gato/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 May 2017 03:13:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Gatos]]></category>
		<category><![CDATA[Jennifer Rolong Ibáñez]]></category>
		<category><![CDATA[Parejas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Aquella mujer tenía unos ojos verdes, como los de los gatos, y eran tan iguales a los de&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Aquella mujer tenía unos ojos verdes, como los de los gatos, y eran tan iguales a los de los gatos, que hasta fosforescían en la oscuridad.</p>
<p>¡Qué cómodo resultaba amarla!</p>
<p>Porque gracias a las felinas propiedades de sus ojos, en la noche uno veía la hora del reloj, sin tener que encender la luz. Y para leer un libro en los momentos de insomnio, tampoco hacía falta encender la luz. Bastaba con decirle a ella:</p>
<p>—Flérida, hija, haz el favor de enfocarme los ojos al libro, que voy a leer un ratito.</p>
<p>En fin, era una mujer ideal. Lo malo estaba en que, a causa de su espíritu gatuno, le encantaba echarse en la tarima del brasero, y adoraba el pescado, y daba unos arañazos terribles.</p>
<p>Y aun esto podía perdonársele.</p>
<p>Lo que ya no se le podía perdonar era el que en las noches de enero se levantase de madrugada y se subiese al tejado a dar paseítos bajo la luna.</p>
<p><strong>Autor: Enrique Jardiel Poncela </strong></p>
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