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	<title>Mar &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Mar &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>Un feriado en La Guaira</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 08 May 2018 02:06:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Feriado]]></category>
		<category><![CDATA[La Guaira]]></category>
		<category><![CDATA[Mar]]></category>
		<category><![CDATA[Playa]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Gianni Mastrangioli* “Para el litoral el primero de mayo, hay que arrancar como a las siete; eso&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Gianni Mastrangioli*</strong></p>
<p>“Para el litoral el primero de mayo, hay que arrancar como a las siete; eso se pone lleno”. Textuales fueron las palabras de mi mamá. Confieso que dudé al principio. Al haber visto el estado de abandono de Caracas, por un segundo pensé que, placeres turísticos como La Guaira, eran cosa de una lejanía pudiente. “Nadie tiene plata para salir”. Me fui autopista abajo. Boquerón I. Boquerón II. El calor, incesante, abrasador; tanto, que el vapor de los retrovisores creaba un efecto que hacía bailar a los postes de luz. Marina Grande, a la derecha; Aeropuerto Internacional de Maiquetía, a la izquierda. Nos frenamos de golpe. Tremendo tráfico, para mi sorpresa. Un letrero: Venezuela, la patria de Bolívar. García Carneiro, gobernador de Vargas. Parecía un cementerio de vehículos, a lo largo y ancho de la avenida principal. Con los codos fuera de los vidrios y las conservas encima de las cabezas ambulantes, la muchedumbre estaba lista para el tan anhelado perreo-intenso de feriado. Nos estacionarnos. Para pagar la entrada y pasar a Marina Grande, tuvimos que cumplir con la penitencia “del punto de venta lento”. Sed. Cuellos rosados. Un reloj que no avanzaba.</p>
<p>Yo, desarticulado ante tanta cola, empecé a considerar la opción de regresarme. Que playa un coño. Ya, aquí, ni disfrutar se puede. Verga, cuánto faltará. La gente sí es alcahuete. ¿Qué hora es? ¿Y si nos roban mientras esperamos? ¿Qué hora es que es? Pero nadie parecía estar preocupado. Por lo contrario, el “compadrazgo” se había apoderado de la escena. La de adelante, según alardeaba, tenía una empresa de repuestos de carro y ni por el carajo pensaba en irse para Chile. La de atrás; tampoco. A ella, de Venezuela, nadie la saca. Marica, tienes razón. Una lo que tiene que hacer es aprender a sobrellevar este peo. Negocio por allí, negocio por allá y resuelta la quincena. Marica, el papá de mi chamo es el que nos manda todo desde Panamá. Y así sucesivamente. Yo escuchaba, analizando cada versión de esas novelas en rodaje. Por fin pasamos. La orilla, atestada de tragos en vasos plásticos. Olor a ron pampero, a pescado recién frito y a tetas operadas. Plata, mi hermano. Plata “everywhere”. Se me pasó el mal humor. El venezolano, como por cuestiones místicas, no conocidas, me demostró que se las arregla en el desastre. Risas. Chino y Nacho. El único angustiado, mi persona. De resto, las tipas, meneando la chapa; los hombres, tomando cerveza.</p>
<p>Me acordé de ese letrero del túnel: Venezuela, la patria de Bolívar. En concordancia con la historia, fue en la independencia donde nos inauguramos como “patriotas”. Ello, en el sentido de un pueblo que luchó por sus intereses. Pero, ¿a qué tipo de intereses nos referimos? ¿colectivos? ¿individuales? En el día del trabajador, Venezuela nos estaba invitando a no trabajar. A olvidarnos de nuestras penas. De la pena hacia lo ajeno. De esa cola de problemas que no avanzan. A celebrar la felicidad de tísico, a celebrar la abundancia en la arena; de nuestras recreaciones imaginarias.</p>
<p>Una Guaira de dos refranes, como pude comprender:</p>
<p>1) Pan para hoy, hambre para mañana.</p>
<p>2) No dejes para mañana lo que puedes [disfrutar] hoy.</p>
<p>Depende desde qué lado de la orilla quieras interpretarla.</p>
<p><strong>*El autor, quien es Historiador de la Universidad Central de Venezuela, y actualmente reside en Londres, Inglaterra, ha autorizado que sus crónicas sean publicadas en este sitio.</strong></p>
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		<title>Ébano y el mar</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/03/ebano-y-el-mar/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 29 Mar 2017 15:40:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Caribe]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Ficción]]></category>
		<category><![CDATA[Mar]]></category>
		<category><![CDATA[Mulata]]></category>
		<category><![CDATA[Turismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Julio César Blanco Siempre he temido el despertar, ese instante en el que la quietud reina y&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Julio César Blanco</strong></p>
<p>Siempre he temido el despertar, ese instante en el que la quietud reina y el cuerpo pesa tanto que apenas alcanza para mover un dedo o comenzar a abrir los ojos. Y en el momento en que comienza tan costosa tarea, adolecen mis expectativas por despertar realmente en un sueño o encontrarme aun atrapada en esta realidad. Pero no hay opción siempre que despierto sigo estando en la misma piel. La mayoría de las veces al lado de un hombre que apenas conozco.</p>
<p>Con la llegada del alba termina la jornada, agotadora como siempre, pero necesaria para pagar las cuentas y seguir viviendo. Desde el <strong>malecón</strong> que recorro cada amanecer, el olor del salitre y el rumor de las olas que adornan este pequeño pueblo me invitan a la playa. Y al contacto de mis pies sobre la arena mojada, retorno a la niñez protegida por la inocencia y el gozo de correr detrás de la ola que se vuelve y huir de la ola que llega. Ya no recuerdo claramente cuando comencé a hacer esto, y sin darme cuenta así fui llevando mi vida, agarrando y soltando, llegando para después marchar. Cada noche con cada hombre llegaba avasallante y fuerte como la ola, y luego del placer y el agotamiento, me retiraba en calma hacía el océano. El mismo océano que provee a este pequeño pueblo de lo necesario para existir.</p>
<p>Este lugar frecuentemente visitado por turistas es solo un lugar de paso. Todos vienen en búsqueda de la playa, el sol, la arena o alguna <strong>mulata</strong> con “<strong>sabor caribeño</strong>”. Pero nadie quiere permanecer más que un par de días. Y pienso que siempre perdemos algo cuando vienen, y ganamos tan poco cuando regresan. Nos hemos acostumbrado a vivir de esa manera, del vaivén de algunos cuantos.</p>
<p>Aunque hoy estoy agotada y quizás ya no regrese.</p>
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