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	<title>Marian Martínez Perdomo &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Marian Martínez Perdomo &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>Atardecer de domingo</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2019/02/atardecer-de-domingo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 12 Feb 2019 14:52:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Nostalgia]]></category>
		<category><![CDATA[Pasión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo En esas noches todo dolía. Los recuerdos, las previsiones de futuro, los hechos del&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo</strong></p>



<p>En esas noches todo dolía. Los recuerdos, las previsiones de futuro, los hechos del presente. El tic tac de los relojes nos golpeaba la cien como un martillo. Toda la sal del mar se agolpaba en nuestra boca, había que tragar grueso y era fácil, muy fácil, querer desembarcar. ¿A dónde se trasladaron los sueños en medio de ese lodazal? ¿En qué momento se hicieron tan esquivos? Entonces, aparecías tú, madre, padre, hijo, esposa, hermano, amigo, novio, amante, vecino, primo… y devolvías la vida con una mirada, con una palabra, con un abrazo que detenía el martillo, aplazaba los recuerdos, bajaba la ansiedad de futuro y traía al presente, por momentos, la paz del que se sienta a mirar el atardecer los domingos.</p>
<p>&nbsp;</p>






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		<title>Humedad</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/10/humedad/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 Oct 2018 14:42:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Collage]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Erotismo]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Pasión]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo Afuera llueve, llueve como si quisieran enfriarnos. Dentro estamos tú y yo, solos. Clavas&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo</strong></p>
<p>Afuera llueve, llueve como si quisieran enfriarnos. Dentro estamos tú y yo, solos. Clavas tu mirada en mí y yo me sonrojo. Así te quedas por un rato, sin hablar, mientras mi entrepierna se humedece. Te acercas. Tanto que siento tu respiración en mi cara. Mis latidos, aunque parezca imposible, se aceleran más. El calor que emana de tu cuerpo se mezcla con el del mío. Entonces sucede lo que durante muchas noches imaginé cuando jugaba con mis dedos a poseerte. Uno, dos, tres, cuatro y cinco. Como si fuese un piano cada uno de tus dedos se posan sobre mi hombro. Afuera estalla un trueno. Dentro estamos tú y yo, solos. Sigo frente a ti, quiero creer que soy la misma de hace minutos, pero no es así. Reclamo poseerte, sin embargo el poder de tu mirada me detiene. Mis ojos muestran el fuego de una chimenea que solo existe en mi interior. De mi sexo parece emanar la lluvia que cae afuera indetenible. Me torturas. No cedes. No hablas. Estás tan cerca que siento cómo bajo tu pantalón un bárbaro lucha por salir a conquistarme. No aguanto más y me pegó a tu boca. Respondes con la misma sed, esa que solo saciará nuestra saliva. Afuera estalla un rayo. Dentro estamos tú y yo, juntos.</p>
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		<title>Así palpitan las calles de Caracas (Parte I)</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/09/asi-palpitan-las-calles-de-caracas-parte-i/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 30 Sep 2018 01:23:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Calles]]></category>
		<category><![CDATA[Caracas]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[crisis económica]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo Cada calle de Caracas late con una frecuencia distinta. Sus avenidas, esquinas y autopistas&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo<br />
</strong></p>
<p>Cada calle de Caracas late con una frecuencia distinta. Sus avenidas, esquinas y autopistas son solo pasadizos para la mayoría de las personas que se trasladan de un lugar a otro. En ellos hay que protegerse en mayor medida cuando el sol se esconde y los bombillos de los postes (que todavía sirven) se encienden.</p>
<p>Para otros, por diversas circunstancias de vida, el asfalto, las aceras, los rincones de las estaciones del Metro de Caracas, los puentes o las esquinas de las plazas se convierten en su casa. Desde lejos ellos se ven como sombras, bultos cuyos detalles no se perciben en la oscuridad. Son, como me escribiría luego uno de ellos, “hijos de la calle”.</p>
<p><strong>La preparación</strong></p>
<p>Faltan solo minutos para las 9:00 pm del jueves 23 de marzo. En una esquina de San Martín un grupo de voluntarios dirigidos por Francisco Soares, presidente de la Organización No Gubernamental (ONG) Regala una Sonrisa, afina los últimos preparativos para ir, sin más pretensiones, a tender una mano y ofrecer comida y ropa a las personas en situación de calle. Si las palabras lo permiten algunas de ellas aceptarán subir a un autobús para ir a un centro de atención.</p>
<p>Antes de partir formamos un círculo. Los integrantes de la ONG explican a quienes asistimos por primera vez algunas consideraciones a tener en cuenta. Una de ellas es no abordar a las personas todos a la vez ni de manera abrupta. Luego, habla el pastor del centro al que llegarán los que decidan aceptar la oportunidad de dejar la calle. Pronuncia unas palabras a través de las cuales pide a Dios convertirnos en vehículos de su voluntad, luego nos invita a cerrar los ojos para dar gracias. Se escuchan a lo lejos unos disparos. La ciudad nos recuerda sus peligros.</p>
<p><strong>Alí, el lector. Diablo, su amigo</strong></p>
<p>El autobús empieza la marcha. Lo escolta una patrulla. Recorre unos metros y ahí está Alí, acostado en una acera. Parece estar durmiendo. Varios voluntarios se acercan y le hablan. Él se despierta, se sienta posando su espalda sobre la pared. Cuenta que no ha comido nada porque está mal del estómago y, por eso, prefiere dormir. Es delgado, cabello canoso.</p>
<p><em>“Ayer vi una propaganda del evangelio cambia”.</em> Desde entonces pensó en ir  a un centro, salir de la calle. “<em>Dios se adelantó antes de que me arrepintiera</em>”. Sube al autobús después de tomar su bolso y un periódico de esos que reparten las instituciones religiosas, quizá el mismo donde leyó el mensaje.</p>
<p>Diablo, un poco temeroso, le sigue y asciende. Es su perro, su amigo desde hace un año. El nombre responde al color pardo que tenían sus ojos cuando lo vio. <em>“Come más que el dueño”.</em>  Antes también estaba Revoltoso, pero se ensartó en una rueda de un jeep, el vehículo se movilizó y quedó malherido. No podía controlar cuándo hacer sus necesidades, entonces Alí tuvo que prohibirle que durmiera sobre él. Una noche, Revoltoso lo hizo. Al amanecer estaba muerto. <strong>¿Lloraste? </strong><em>“Lloré una semana”. </em></p>
<p>Alí va sentado en el primer puesto de la fila derecha del autobús. <strong>¿Hace cuánto tiempo estás en la calle?, </strong>pregunta alguien. <em>“Mejor no hablemos de eso”</em>.  El espacio se convierte en una reunión de amigos. De pronto, en algún momento de la conversación, él pronuncia la palabra <em>“irrisorio”.  </em>Entonces, detecté a un gran lector.  <strong>“¿Te gusta leer? </strong>“<em>Sí, de todo</em>”.</p>
<p>Los minutos pasan. Habla de su viaje a Suecia, lo ordenado de ese país. De la terquedad del ser humano, el “no querer entender”. Quizá ese sea su modo de llamar lo que lo llevaba a estar en la calle. Más adelante, con el dolor que aflora con ese tipo recuerdos, Alí le contó a una compañera que su mujer y su hija fallecieron en un accidente.</p>
<p>El malestar en el estómago no le permitía comer. Era el resultado de ingerir todas las noches unas hamburguesas que se ganaba ayudando a unos amigos. <em>“Tanto pan”.</em> En algún tiempo trabajó en una panadería. Lo hacía después de bañarse y asearse. También vivió unos días con un conocido, pero debía ceñirse a sus reglas. De amigos Alí no habla mucho, prefiere estar solo porque en la calle algunos son violentos.</p>
<p>Después de unas horas se anima a comer. Al rato, le dan ganas de vomitar. Lo intenta en vano. <strong>¿Tienes ganas de ir al baño<em>?</em></strong><em> “No, es dolor en la boca del estómago”.</em>  Alí cierra los ojos mientras seguimos el recorrido. Aparenta dormirse a ratos, así como hacia en la calle para olvidar el dolor. A veces pronuncia un chiste, sonríe y piensa algo que no sabré. Es paciente. Llegamos al centro y con ese mismo carácter espera que todos se ubiquen para él hacerlo luego. No tiene prisa, aprendió a esperar. Le doy un abrazo como si lo conociera desde hace años. Alí responde con una muestra de cariño aunque no esté acostumbrado.</p>
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		<title>El último vuelo</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/09/el-ultimo-vuelo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 15 Sep 2018 17:35:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Guerra]]></category>
		<category><![CDATA[Infancia]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo Antes de que el polvo cubriera su casa, Alice amaba los aviones. Se acostaba&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo</strong></p>
<p>Antes de que el polvo cubriera su casa, Alice amaba los aviones. Se acostaba sobre la grama del patio de su escuela a verlos pasar, cosa que no ocurría muy seguido. Todo transcurría con normalidad y Alice vivía su infancia como cualquier pequeño lo hace, entre juegos, dulces y una familia que la esperaba a la hora del almuerzo.</p>
<p>Ahora Alice tiene los ojos rojos de tanto llorar, lo hace continuamente por el dolor y por la alergia que le causa la suciedad que arropó su ciudad. Si mira a la derecha hay un montón de escombros e infraestructuras maltrechas, con columnas tercas que se niegan a morir o con unas ventanas rotas que ya no protegen del frío, ni del sol, ni de los malos. Si decide virar a la izquierda el escenario es el mismo, incluso le parece peor pues allá, a lo lejos, se ven las cenizas en las que se convirtió su escuela.</p>
<p>Del principio del ocaso ella no recuerda nada. No se lo advirtieron, nadie le avisó. El último instante lleno de colores que persiste en su memoria es el de aquel día en que jugó bajo la lluvia con su mejor amiga. Esa tarde sentía que era la niña más feliz del mundo, mientras las gotas frías del cielo caían en su cuerpo y ella danzaba de un charco a otro.</p>
<p>Cuando los aviones empezaron a inundar el cielo, su cotidianidad se trastocó. Su padre ya casi no hablaba y su madre, que le preparaba los platos más suculentos para alegrarle las noches, pasaba el día mirando por la ventana, resguardando alimentos y enseres en unas maletas a las que ya no les cabía más.</p>
<p>Alice aún siente la impresión de aquella mañana gris cuando salió de su casa rumbo a la escuela y vio la hilera de vecinos que marchaban a pie. Eran como hormigas que transportan hojas para una cueva. Quiso preguntar pero no pudo, porque al mirarlos no los reconoció: estaban ojerosos, llenos de arrugas, viejos, cansados, vacíos.</p>
<p>&#8220;¡Boom!, ¡Boom!&#8221; fue el sonido que empezó a amenizar aquellas noches más oscuras en las que juntos los tres en la cama intentaban en vano conciliar el sueño. La escuela cerró sus puertas y sus padres, día y noche, se enfrascaban en una discusión sobre si era conveniente partir. ¿A dónde? No lo sabían.</p>
<p>Y por tanto postergar la decisión, fue la vida la que dio el primer paso. En una noche más sombría que las anteriores, tras un largo silencio de más de tres horas, el cielo se iluminó con tantos aviones. Pudo ser una buena noticia, pero hay largos silencios que preceden la dura caída en un abismo. Ráfagas de disparos y bombas empezaron a caer y, entre un temblor y otro, Alice se desvaneció. En parte, por el pavor de no saber porqué las luces en el cielo ya no la hacían feliz y, en mayor medida, por el polvo que le pintó el cuerpo de blanco, invadió sus pulmones y le impidió respirar.</p>
<p>Al despertar estaba en el suelo, con una casa que se redujo a escombros sobre su cuerpo. De papá y mamá no supo más. No oía. Desde la posición en la que estaba solo veía piedras grises, una sobre otra, y a lo lejos una densa cortina de humo que se elevaba sobre lo que hasta hace unas horas era su ciudad. Tenía sed, tenía miedo, le dolían los brazos, las piernas y el corazón. Se sentía como aquel día en el que por no hacer caso se perdió en el mercado y paralizada por el temor gritó en busca de su madre.</p>
<p>Esta vez no podía gritar, hasta respirar era difícil, incluso más que resolver los problemas de matemática que tanto la atormentaban. Antes de adormecerse nuevamente, en su carita pintada de blanco se abrieron paso unas lágrimas que limpiaron el polvo y cayeron al suelo.</p>
<p>Ahora Alice tiene los ojos rojos de tanto llorar. Está en una cama de un hospital móvil al que llegó sin saber cómo ni cuándo. Quiere un abrazo de mamá, quiere oír a papá. Nadie sabe de ellos. Tiene frío, tiene calor, tiene hambre, tiene dolor, tiene sed, tiene muchas cosas menos una que la hará palidecer cuando levante la sábana que la cubre. Luego, ella se trasladará a esa mañana en la escuela en que acostada sobre la grama veía el cielo y pensará en lo difícil que será brincar de charco en charco. Entonces, deseará con furia que los aviones desaparezcan.</p>
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		<item>
		<title>La fiesta</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/08/la-fiesta/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[wmseisgrados]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 12 Aug 2018 18:29:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Collage]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Erotismo]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Parejas]]></category>
		<category><![CDATA[Pasión]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo Aquella noche todo era música, baile, alcohol y, en mi cabeza, poesía. Tú estabas&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo</strong></p>
<p>Aquella noche todo era música, baile, alcohol y, en mi cabeza, poesía. Tú estabas allí, sentado desde un ángulo en el que observabas cómo el vestido se ajustaba a mi cintura. No te conocía, pero tus ojos me decían que querías ser un súper hombre para mirar cada centímetro de la piel que mi ropa cubría. Cuando ambos nos miramos no hubo chispa. Solo sonreí.</p>
<p>Después de varios minutos, te acercaste y con un gesto me invitaste a entrar juntos en una espiral de adrenalina. No hablamos. Bailamos. Una y otra vez. Todos los ritmos. Toda la noche. De pronto, ocurrió el cortocircuito. El sudor fue el combustible y nuestro primer beso la chispa. Todo se movió dentro de mí cuanto tu lengua invadió mi boca. La primera vez fue accidental, la segunda tímida, la tercera, la cuarta y la quinta fueron voraces. Ya no había pista, ni baile, ni personas. Solo nosotros, solo nuestras lenguas y una infinita sed.</p>
<p>Un calor asfixiante colmó el salón. El fuego se extendía por cada uno de mis poros y me obligaba a volver a ti en busca de más. Cada tanto, tomaba uno de tus labios entre mis dientes y les daba un ligero mordisco para incitarte a ir más allá. Antes de que el sol se posará sobre la ciudad, un mar de lava nos expulsó del salón directo a aquella cama a la que volvimos un sinnúmero de ocasiones. En ella más de una vez recordamos que estábamos vivos, que a pesar de la distancia no podían separarnos. En esa cama, una y otra vez, comprobamos que hay incendios que no pueden extinguirse.</p>
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		<title>La lectura: una llave mágica</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/04/la-lectura-una-llave-magica/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 22 Apr 2018 13:24:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Día Internacional del Libro 2018]]></category>
		<category><![CDATA[Educación]]></category>
		<category><![CDATA[Lectura]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Unesco]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Aún en un mundo plagado de desarrollos tecnológicos la desigualdad en el acceso a diversas herramientas corre y&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4 id="aun-en-un-mundo-plagado-de-desarrollos-tecnologicos-la-desigualdad-en-el-acceso-a-diversas-herramientas-corre-y-se-extiende"><span style="color: #6e4d8b;">Aún en un mundo plagado de desarrollos tecnológicos la desigualdad en el acceso a diversas herramientas corre y se extiende</span></h4>
<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo</strong></p>
<p>¿Cómo saber si se debe halar o empujar una puerta?, ¿A dónde irá ese bus que pasa por la calle de enfrente?, ¿Qué contiene ese producto que sostiene en sus manos?, ¿Qué dicen los periódicos? Para obtener todas estas respuestas con autonomía solo hay una vía: la lectura.</p>
<p>Y a ese mundo que ofrece un sinfín de experiencias lo ideal es entrar sin prejuicios. Leer, como se ha dicho muchas veces, permite viajar a través de la imaginación, conocer lugares, personajes, universos indescifrables&#8230; Pero hay algo más elemental: leer ayuda a sobrevivir y salva. Sí, salva del estafador, del manipulador, del dominante, del verdugo y, en el mejor de los casos, de la violencia.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>En 2017, el Instituto de Estadística de la Unesco advirtió que 617 millones de niños y adolescentes no recibían los conocimientos mínimos en lectura y matemática.</strong> Un gran porcentaje de ellos estaba escolarizado, lo cual plantea la interrogante de qué se está enseñando en las escuelas.</p>
<p>Las cifras llaman a la reflexión. Aún en un mundo plagado de desarrollos tecnológicos la desigualdad en el acceso a diversas herramientas corre y se extiende. Muchas serán las puertas que esos niños no sabrán halar o empujar. Una de ellas quizás sea la del desarrollo.</p>
<p>El año pasado, <strong>la agencia Nop World presentó los resultados de un estudio sobre los países más lectores del mundo. Los asiáticos lideraron la lista.</strong> En primer lugar se ubicó la India con una población lectora que invertía 10.7 horas semanales en este hábito, le siguió Tailandia con 9.4 horas y de tercera China con 8. Venezuela mostró el mejor resultado de América Latina al ubicarse de 13 con 6.4 horas y Argentina se situó de 17.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-5246" src="http://www.seisgrados.com.ve/wp-content/uploads/2018/04/LIBRO-PELUCHE.jpg" alt="" width="1024" height="1024" srcset="https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/04/LIBRO-PELUCHE.jpg 1024w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/04/LIBRO-PELUCHE-150x150.jpg 150w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/04/LIBRO-PELUCHE-300x300.jpg 300w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/04/LIBRO-PELUCHE-768x768.jpg 768w, https://www.seisgradosblog.com/wp-content/uploads/2018/04/LIBRO-PELUCHE-600x600.jpg 600w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></p>
<p>Varios países adelantan proyectos para promover la lectura, incluidas ferias del libro, pero eso no es suficiente mientras la pobreza siga obstruyendo el acceso oportuno a ello.</p>
<p>La Unesco concluyó en 2015 que los dispositivos móviles pueden ayudar a las personas a desarrollar, mantener y mejorar sus capacidades de lectoescritura. Esta nueva arista se traduce en oportunidades para quienes la adquisición de libros era un problema. Sin embargo, no basta la herramienta, también se requiere de motivación.</p>
<p>Leer un cuento a un niño puede significar un cambio y enseñarle las letras y fonemas otro paso más. Imagine que él pequeño está en una cueva, sumido en la oscuridad, y las letras que aprenda a descifrar son los escalones que lo ayudarán a llegar hasta la luz, crecer y avanzar.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Migajas</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/04/migajas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[wmseisgrados]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 06 Apr 2018 15:45:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Bulevar de Sabana Grande]]></category>
		<category><![CDATA[Caracas]]></category>
		<category><![CDATA[Crónica]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Migajas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo Él hurgaba entre los adoquines mientras los otros pasaban indiferentes de un lado a&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo</strong></p>
<p>Él hurgaba entre los adoquines mientras los otros pasaban indiferentes de un lado a otro. Tenía una cucharita en la mano que introducía entre las piedras del bulevar de Sabana Grande. Su edad no debía pasar de los 26 años. Su físico era la muestra de las bondades que la vida le ha negado. La mayoría de los que pasaban iban o venían del trabajo, él solo quería comerse las migajas de helado.</p>
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		<title>Ojos achinados</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2018/02/ojos-achinados/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 06 Feb 2018 15:41:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Inocencia]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Prostitución]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo Estaba de rodillas frente al hombre cuando la policía llegó a buscarlos bajo el&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo</strong></p>
<p>Estaba de rodillas frente al hombre cuando la policía llegó a buscarlos bajo el puente. No se sorprendió. No sintió pena, no se arrepintió. Sus curvas aun no estaban bien definidas, incluso las señas de su desarrollo apenas se evidenciaban en dos bultitos que mostraba en el pecho. Su tez era morena, su cabello a la altura de los hombros se veía descuidado. En sus ojos achinados no quedaban rastros de la inocencia que un día tuvo.</p>
<p>Antes de estar de rodillas frente al hombre e intentar bajarle el pantalón, ella se le insinuó a un transeúnte que pasaba a esa hora por la plaza. “Si me das diez mil bolívares te lo mamo”, dijo con la frescura de un vendedor de café. El hombre, menor que ese que horas después aceptó la propuesta, se paralizó ante el ofrecimiento. A los segundos, respondió a la pequeña con un grupo de improperios.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>Se alejó de ella, pero siguió atento a lo que hacía. Fue por esa razón que vio cuando el otro hombre le sonrió y caminó junto a ella hacia el puente. Ese otro señor, que más tarde estaría de manos atadas en un comando de policía, tenía más de 60 años, cabello canoso y manos plagadas de arrugas. Como la mayoría de los buenos hombres, acababa de salir del trabajo cuando pasó por la plaza y los ojos achinados lo miraron.</p>
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		<title>Minicuento: Valentía</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/05/minicuento-valentia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 May 2017 16:51:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Amor]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Marian Martínez Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Mariposas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marian Martínez Perdomo La mayor de ojos claros se sentó al lado de la de ojos color&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Marian Martínez Perdomo</strong></p>
<p>La mayor de ojos claros se sentó al lado de la de ojos color café. Estuvieron durante un rato observando el ir y venir de las mariposas. Eran muchas y se multiplicaban como rayos de sol. A lo lejos se oían las olas cuando golpeaban las piedras. Desde hace siete días, las dos acumulaban ganas de tocarse, de mirarse a la cara y probar la saliva de la otra. Permanecieron sentadas, sin voltear a mirarse,  sin decir &#8220;te necesito&#8221;, sin decir &#8220;te quiero&#8221;.</p>
<p>El ruido de la playa empezó a convertirse en una consigna, un llamado a intentarlo. Los ojos claros pusieron su foco en su lado derecho, pero vieron el otro rostro impávido. No encontraron la señal que buscaron por tantos días. Toda la valentía que se agolpó en ese pequeño gesto se fue abajo ante esos ojos oscuros que no reaccionaron. El sonido se desvaneció.</p>
<p>Un puente intransitable se interpuso entre ambas. El avance de los segundos se hizo insoportable. La de ojos claros no aguantó mas, se levantó de un salto, no dijo adiós ni hasta pronto, sólo se marchó. La otra se quedó allí sin voltear a mirar. Transcurrió un minuto. Sus ojos oscuros se humedecieron. “¿Por qué no pudimos tocarnos?&#8221;, se preguntó.</p>
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