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	<title>Migración &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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	<title>Migración &#8211; Seis Grados &#8211; Experiencias que nos conectan</title>
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		<title>País bermejo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 04 Jun 2017 15:32:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Crisis]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Migración]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Igor García En aquella nación lloviznaba tenuemente, al punto de que sus habitantes no percibían que las&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Igor García</strong></p>
<p>En aquella nación lloviznaba tenuemente, al punto de que sus habitantes no percibían que las tejas de sus casas habían intensificado su color y que los blancos se tornaban pálidos. Tampoco notaban que aspiraban aquel matiz impreso en el aire que se unía a su sangre en los pulmones. Mucho menos se daban cuenta de que todo cambiaba. Los seres no se abrazaban como antes; por el contrario, se rechazaban cuando se topaban en los autobuses, en el metro, en la calle, en los trabajos, en los organismos públicos. Era común calificar al otro de “igualado”, de “niche”, de “alpargatúo” y a no mirarlos siquiera cuando se le acercaban a pedir una limosna, un momento de atención o una sonrisa.</p>
<p>Durante años esa garúa impregnó las paredes, las aceras, las ventanas y los caminos y aquello que se inició como un rocío, ahora caía como lluvia, al punto de que la gente sintió sobre su cuerpo una humedad extraña que inducía a muchos a la violencia y a mantenerse alertas ante un sospechado peligro. Los ciudadanos cuestionaron a Dios y se alejaron de las iglesias; cuestionaron el conocimiento y obviaron los libros, detestaron los méritos que otorgan la experiencia y el trabajo y se refugiaron en edificios  pintados de color bermejo.</p>
<p>Con el tiempo, todo se hizo distinto. En aquel país la paz huyó por sus fronteras. Muchos trataron de guardarla como palabra en sus bocas y se usaron para acumular el dinero que el temor hacía esconder en almacenes y rincones. Las familias se desmembraron. Muchos viajaron al infinito atrapados en la violencia y otros, los más jóvenes, buscaban en los aviones la esperanza que sus padres habían perdido con sus riquezas súbitas del pasado.</p>
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<p>La nación avanzaba por campos mustios. Sus árboles no florecían como antaño; perdieron el colorido y los troncos secos fueron los únicos adornos de los desiertos golpeados por la calina. Como nunca antes, los niños empolvaban sus pies descalzos atravesando caminos, las mujeres clamaban por leche y medicinas para sus pequeños y los ancianos morían por la ausencia de atención.</p>
<p>Aquello que se inició como un rocío imperceptible, había impregnado todo. De los rincones menos esperados surgían los hombres bermejos atizando a hermano contra hermano por la obtención de mendrugos de pan. Las armas sustituyeron al martillo y al arado; los cargos públicos a los títulos y al honor, y los ineficientes tomaron para sí la conducción de la nueva sociedad en decrepitud, a sus tribunales y a sus libertades.</p>
<p>Más allá de los  límites patrios, los seres miraban como la nube roja abrazaba palmo a palmo el territorio. Hablaban y callaban, miraban y se escondían. “Pobrecitos”, decían y luego repudiaban a quienes llegaban a sus predios para realizar los trabajos que una vez fueron de ellos.</p>
<p>Durante años los pobladores de aquellas tierras bermejas vieron crecer las colas para la compra de alimentos y después se abstuvieron de obtenerlos, porque lo ganado en el trabajo no alcanzaba para adquirirlos. A ese país se le vio el costillar, el abdomen hundido y la pálida piel del hambre. Su sangre negra y viscosa se quedó dormida en el subsuelo y la otra, la roja, se esparció en asesinatos por las calles, en los pisos y las  paredes de las salas de torturas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>Pero un día como cualquier otro, con la salida del sol, se escuchó un clamor cayendo desde el cielo. Parecía un aguacero de gritos diciendo “<em>ya no más” “ya no más”</em>, mientras avanzaban hacia los hombres bermejos armados de fusiles. Al principio cayeron algunos en hechos aislados, pero los gritos continuaron y el ruido de los disparos se fue apagando. Los rojos corrieron buscando a los vestidos de verde oliva y éstos rompieron filas al ver a hermanos, madres, hijos, amigos y allegados que avanzaban portando una gran balanza.</p>
<p>Ese día llovió a carretadas, también el otro y el otro y el siguiente. Los árboles volvieron a tener sus verdes naturales, las flores mostraron los matices brillantes, luciendo mucho más que en cualquier tiempo. Continuó el agua limpiando los techos, las aceras y ningún edificio mostró fotos con puños izquierdos amenazantes. Ahora se presentaban dibujos de niños con sus sueños.</p>
<p>La gente se olvidó de sus odios. Todos y cada uno obedecía a la necesidad de trabajar para la comunidad, de ayudar al compañero en la carga, en distribuir y dar comida y de llevar la medicina al enfermo. Las escuelas crecían como verdolaga y con ellas los maestros, llegados de todas partes. Unos enseñaban las ciencias de la siembra para que el alimento no faltara nunca más; otros las ciencias y las matemáticas para lo nuevo; otros, la moral y la ética para que no se dieran más los robos a los tesoros públicos, otros hablaban sobre la dignidad del hombre, sobre la igualdad y la poesía.</p>
<p>Todos ellos, independientemente de su lugar de trabajo, inculcaban el conocimiento y el amor a la libertad. A la verdadera, a la que no tiene intereses ocultos detrás de grupos con banderas de colores o de intereses económicos.</p>
<p>Poco a poco y palmo a palmo, el rojo que semeja sangre se fue en círculos concéntricos hacia el infinito, de la misma manera como una piedra al caer despeja en pequeñas olas el agua que choca.</p>
<p>El recuerdo quedó como una lección para la historia que no debía repetirse</p>
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		<title>¿El patriotismo es una virtud?</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/05/patriotismo-una-virtud/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 29 May 2017 17:42:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Ciudadano del mundo]]></category>
		<category><![CDATA[Ciudadanos del mundo]]></category>
		<category><![CDATA[Eilyn Diaz Romero]]></category>
		<category><![CDATA[Migración]]></category>
		<category><![CDATA[Nación]]></category>
		<category><![CDATA[Patria]]></category>
		<category><![CDATA[Patriotismo]]></category>
		<category><![CDATA[Virtud]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Eilyn Diaz Romero Es difícil hablar de patria, patriotismo y virtud sin estar sesgado por todo aquello&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Eilyn Diaz Romero</strong></p>
<p>Es difícil hablar de patria, patriotismo y virtud sin estar sesgado por todo aquello que hemos experimentado-enseñado-aprendido-aprehendido a lo largo de nuestros años. Patriotismo no es una virtud en sí misma, es una idea impuesta, es un sentir que a través de la patria y sus símbolos se nos ha impuesto como indispensable, incluso desde el catolicismo lo explican como una virtud con el mandamiento de honrar a Padre y Madre. Para mí el patriotismo visto de ese modo es servil a los gobiernos e instituciones por carecer de reflexividad y solo llevarnos de lo emotivo.</p>
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<p>No me convence la idea de que patriotismo como virtud es el amor al “otro”, porque ese “otro”, ese vecino entonces tendría -necesariamente- que ser patriota de mi nación, porque ese concepto anula al “otro” que no pertenece a esa categoría. Es en ese caso individualista -característico del ser humano-.</p>
<p>En tiempo de “globalización”, donde nos hacemos llamar: “ciudadanos del mundo” si realmente pudiéramos serlo en toda la extensión del término (sin necesidad de visas y pasaportes, de tiempo determinado y permitido, así como de actividades qué hacer en tal o cual parte) seríamos más como nómadas, que según lo plantea Joaquín Blanco Ande en su texto Patriotismo y nacionalismo, eran sujetos que  “no tenían conciencia de adscripción a una patria concreta, pues se movían con un sentido aterritorial; se cierra entonces los panoramas de convivencia”.</p>
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<p>No se ha de negar que escuchar una canción determinada, ver los colores de la bandera del país en el que se nace y por el que se crean afectos, ver-escuchar-conocer de los padecimientos de ese lugar no dejan de alegrar o arrugar el corazón-alma, pues eso es “lo correcto” y lo enseñado.</p>
<p>Patriotismo entonces es la suma de cosas materiales e inmateriales, de la historia, de lo deseado y planificado (sobre todo lo primero) que nos aprisiona-sesga en determinados momentos llevados por los sentimientos -la pasión sobre todo para nuestro caso latinoamericano-. Patriotismo en un sentido exige fidelidad y esta misma por amor ciego ignora de razones entendida como virtud.</p>
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		<title>Sí, soy veneca</title>
		<link>https://www.seisgradosblog.com/2017/01/si-soy-veneca/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[MCM]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 29 Jan 2017 17:34:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Colombia]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Frontera]]></category>
		<category><![CDATA[Migración]]></category>
		<category><![CDATA[Venezuela]]></category>
		<category><![CDATA[Xenofobia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Cristina Martínez En el año 2008 hubo inundaciones en Caracas. En ese entonces yo trabajaba en el&#8230;</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Cristina Martínez<br />
</strong></p>
<p><strong>E</strong>n el año 2008 hubo inundaciones en Caracas. En ese entonces yo trabajaba en el Ministerio de Vivienda. Algunos funcionarios fuimos enviados a prestar apoyo a los afectados, quienes fueron trasladados a unos edificios dentro del Fuerte Tiuna. Durante varias semanas cumplí mis ocho horas laborales viendo cómo aquellas familias trataban de aliviar el dolor de sus pérdidas.</p>
<p>Entre las víctimas de la inundación había personas de nacionalidad colombiana. Recién llegados al refugio fueron atendidos con el mismo trato amable y acogedor que se les daba a los nacionales. Recibían todos los enseres básicos y sus hijos asistían a una sala improvisada –pero amplia– donde dos o tres voluntarios los animaban a leer cuentos, ver teatro o jugar.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>Después de que se realizara un censo, el sentido de solidaridad se diluyó. La jefa encargada de aquella loable tarea, al enterarse de que un porcentaje de los afectados eran extranjeros indocumentados (también cuatro haitianos figuraban en la lista), dijo que llamaría al Saime para que los deportara. Lo dijo tan alto en una reunión que al final no tuvo que materializar sus intenciones. Los mismos refugiados indocumentados, a tempranas horas del día siguiente, abandonaron el sitio sin previo aviso. Yo también lo abandoné. Renuncié al Ministerio.</p>
<p>Recientemente el vicepresidente colombiano Germán Vargas Lleras no contuvo –en acto público mediante– el desprecio que le produce la migración de venezolanos en su país. “Esto no es para los venecos”, dijo refiriéndose a un programa social de casas gratuitas. “Esto es para la población desplazada (…) no vayan a dejar meter aquí a los venecos, no, por nada del mundo, esto no es para los venecos”, solicitó el mandatario a los pobladores de un municipio llamado Tibú.</p>
<p>En el Sur es Vargas Lleras quien atiza contra los venezolanos. En el Norte Trump contra los mexicanos. Y así vamos. Dirigentes de países del Tercer Mundo y del primero coinciden en sacar sus banderas para humillar al forastero. Veo en Vargas Lleras, con diferencia de poder y de clase, a la mujer del Ministerio que quería contactar al Saime. ¿Cosas cómo estas es lo que llaman democracia?, ¿progreso?, ¿civilización?</p>
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<p>Explica el periodista Víctor Hugo Majano, que el término veneco aplica a colombianos con mucho tiempo establecidos en Venezuela o a hijos de colombianos que tienen nacionalidad venezolana. Es una forma acortada de venezolano-colombiano. Es despectivo pues intenta descalificar el carácter colombiano de la persona aludida”.</p>
<p>Ahora noto que soy perfectamente veneca: colombiana, con muchos años viviendo en Caracas, hija de colombianos nacionalizados en Venezuela. Como arepas en el desayuno y en las fiestas bailo vallenato. Esa mezcla es lo que soy. Esa me representa. Decía Lezama Lima: “cada palabra tiene preludios, huellas de dedos anteriores, cada una trae su desgaste”. Entonces, de las palabras ofensivas podemos ser carne atenuante. Con las palabras hirientes también podemos reiventarnos.</p>
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